Erik Satie, músico y visionario
En el primer centenario de la muerte del excéntrico compositor francés

Retrato del músico Erik Satie. / FdV
Durante los años de transición entre los siglos XIX y XX París fue el espacio en el que tuvieron su asiento los mejores creadores de las vanguardias artísticas. Lo hicieron desde la precariedad de una bohemia romántica y osada enfrentada a los presupuestos de un academicismo blindado por todos los poderes. La lucha la iniciaron los pintores impresionistas, que abandonaron los bosques de Barbizon para llenar sus cuadros con las escenas urbanas de las grandes ciudades, y la continuaron los experimentos del dadaísmo y el surrealismo, cuya ambición abarcaba todos los campos del arte, desde la pintura a la poesía, desde el teatro a la literatura, desde la música al naciente cinematógrafo. Las calles de París fueron tomadas por los caballetes de los pintores impresionistas, por grupos de teatro experimental que voceaban sus espectáculos a los transeúntes y por músicos ambulantes que en cada esquina lanzaban al aire sonidos inéditos que los viandantes acogían con escepticismo cuando no con rechazo.
Eric Alfred Leslie Satie nació en Honfleur, en Normandía, en 1866 y sus padres se trasladaron a París cuando tenía cuatro años. Durante las estancias en el pueblo con sus abuelos recibía clases de un músico de la localidad que le enseñó a tocar el piano, pero cuando en París quiso continuar estudios en el conservatorio fue rechazado «por falta de talento». Así que durante años tuvo que ganarse la vida como pianista en cabarets de variedades, tocando los clásicos del género para el que también componía nuevos temas. En Le Chat Noir conoció al poeta romántico Patrice Contamine y al músico Claude Debussy, al que consiguió alejar del culto a Wagner. Debussy fue plenamente consciente del enorme talento musical de aquel pianista que animaba alegremente las noches de la bohemia parisina a pesar de su carácter huraño y solitario. Sólo se le conoció una relación amorosa en toda su vida, la que tuvo en 1893 con la pintora Suzanne Valadon, autora de su retrato más conocido.

Retrato de Erik Satie realizado por Suzanne Valadon. / FdV
Convencido de sus cualidades musicales, decidió entrar en el conservatorio cuando ya tenía más de 40 años y había compuesto varias piezas cuya autoría ocultaba en seudónimos hasta que se decidió a firmar con su nombre, Erik Satie, que escribía con una k. Aquellas obras influyeron en un joven Maurice Ravel, que fue uno de sus grandes admiradores. Erik Satie publicaba también artículos sobre música en la revista americana Vanity Fair. Profundo lector de los místicos, compuso piezas para la Iglesia Metropolitana del Cristo Guía, que él mismo había fundado y de la que era único acólito, entre las que destaca La Misa de los Pobres. Por diferencias con las jerarquías de otras iglesias que le llamaban al orden, abandonó la confesión y abominó de sus creencias religiosas, a las que no volvió hasta los últimos años de su vida. Agotados sus recursos, vivió en una habitación minúscula de París antes de trasladarse a Arcueil, a diez kilómetros, una distancia que recorría a pie cuando tenía que ir a la capital. Nunca se supo por qué durante estas caminatas llevaba siempre un martillo en la mano. En Arcueil se afilió al Partido Radical (socialista) y más tarde al PCF, al que permaneció fiel hasta la muerte. Su hermano Conrad lo ayudó a salir de la precariedad económica hasta que pudo valerse cuando comenzó a vender las piezas para piano que había compuesto en el cabaret, en cuyas partituras escribía textos humorísticos.
Los Jeunes Ravêlites, admiradores de Ravel, comenzaron a reivindicar aquellas primeras obras de Satie cuando a él ya no le decían nada. Estaba más interesado en dar a conocer trabajos más recientes, que habían llamado la atención del pintor Roland Manuel y del escritor Jean Cocteau. Manuel ilustró sus escritos Memorias de un amnésico y Cuadernos de un mamífero, y Cocteau escribió una adaptación del Sueño de una noche de verano de Shakespeare para que Satie le pusiese música. Picasso diseñó el vestuario, y los ballets rusos de Diaghilev la estrenaron en 1917. Con Diaghilev y Cocteau estrenó también Parade, el primer ballet cubista de la historia, acogido en su día con tantos aplausos como insultos.
Dadaístas y surrealistas
Las relaciones más enriquecedoras para Erik Satie vinieron de la mano de los dadaístas y de los surrealistas, haciendo equilibrios para no decantarse por unos u otros cuando las diferencias entre las dos vanguardias provocaron enfrentamientos en los que sus seguidores llegaban a las manos. Fueron los años en los que trabajó con Tristan Tzara, Francis Picabia, André Bretón, Marcel Duchamp, Man Ray y colaboró con sus escritos en la revista dadaísta 391. En esos años compuso Piezas en forma de pera, Embriones desecados, el ballet Relâche y la banda sonora de la película Entreacto de René Clair. Para el teatro escribió La trampa de medusa, donde mezclaba la estética del dadaísmo con textos alusivos a la lucha de clases. Tuvo que recomponer totalmente el original después de perderlo, olvidado en un taxi. Entre sus innovaciones destacaban los textos que escribía «para no ser leídos» con los que buscaba acercar a la gente el contenido de su música, como Vexations o la Gymnopédie Nº 1, una pieza minimalista para tocar 840 veces seguidas, que recoge la melancolía que lo invadió cuando fue abandonado por Suzanne. Esa misma pieza que ustedes habrán escuchado tantas veces sin saber que es de Satie.
Erik Satie murió el 1 de julio de 1925, hace un siglo. Durante los 27 años que vivió en Arcueil nadie había entrado en la habitación de su casa. Entre las paredes desconchadas de aquel cuarto sus amigos se encontraron con muebles cubiertos de polvo y telarañas, una colección de cien paraguas, los trajes de terciopelo verde que vistió durante los últimos diez años, el retrato que le hiciera Suzanne Valadon, dibujos, textos… y un gran número de partituras con composiciones inéditas, muchas incompletas. En una de las paredes había pintado las teclas de un piano.
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