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Zelda o la tragedia de una relación tóxica

Se cumplen 125 años del nacimiento de la pareja del escritor Scott Fitzgerald

Zelda Sayre y F. Scott Fitzgerald, en 1919.

Zelda Sayre y F. Scott Fitzgerald, en 1919. / Bettmann

Francis Scott Fitzgerald se alistó voluntario en la Primera Guerra Mundial. En 1918 su destacamento estaba acantonado en un cuartel de Sheridan, en Alabama, esperando ser enviado a Europa, un traslado que nunca se produjo. En una calurosa noche del verano de aquel año, el club country de Montgomery, una pequeña localidad cercana, celebró el baile que los sábados convocaba a los jóvenes de la zona. Scott Fitzgerald acudió con varios compañeros, vestido con el elegante uniforme de teniente que se había hecho confeccionar en la prestigiosa sastrería Brooks Brothers. En aquel baile conoció a Zelda Sayre, 18 años recién cumplidos el 24 de julio. Era la menor de seis hermanos, hijos de un estricto juez de la corte suprema. A pesar de las reticencias de los padres de Zelda, que preferían un matrimonio con un rico heredero de la zona, se casaron dos años después en la catedral de San Patricio, en Nueva York, sin asistencia de las familias.

A Zelda, el calificativo que mejor le iba era el de flapper, mujer joven, bella, moderna y atrevida. Deportista, intrépida, rebelde y sedienta de libertad, era un estereotipo que chocaba con la mentalidad de aquella localidad sureña en la que vivía, racista y misógina, que creía que el nombre de una dama sólo debería aparecer impreso en tres ocasiones: en su nacimiento, en su boda y en su muerte. Zelda quería salir de aquel ambiente opresivo que condicionaba sus ambiciones y los deseos de ser admirada por sus dotes en lo que fuera, el ballet o la literatura.

Los primeros años del matrimonio fueron los más felices de las vidas del escritor y la flapper. Se amaban intensamente y vivían también con intensidad los placeres que la vida había puesto a su alcance. Scott Fitzgerald era un escritor de éxito. Sus novelas eran best sellers y sus relatos se publicaban, bien pagados, en los mejores periódicos de los Estados Unidos. El dinero les proporcionó una vida regalada de fastos y derroches que acentuó su afición a la bebida y los llevó al precipicio. Las fiestas que organizaban en sus residencias terminaban en bacanales alcohólicas en las que Zelda flirteaba con sus invitados, con los que llegaba a compartir habitación. Su tren de vida sobrepasaba sus posibilidades económicas. Los dos bebían mucho y sus caminos empezaron a separarse. En su novela Hermosos y malditos, una elegía a la destrucción de dos seres humanos que sucumben bajo la gran ilusión del dinero, Scott Fitzgerald ya hacía un balance desilusionado de la experiencia del matrimonio: «No hay tierra firme bajo nuestros pies».

Viaje a Europa

En 1921, con Zelda embarazada, quisieron salvar el matrimonio viajando a Europa, la meca de los escritores de la generación perdida. Volvieron a América para dar a luz a su hija Scottie en St. Paul pero Francia había ejercido su hechizo y los tres volvieron a la Riviera para quedarse una larga temporada: llevaron treinta maletas, la Enciclopedia Británica, siete mil dólares y la firme intención de escribir la novela que iba a consagrar a Scott Fitzgerald para la posteridad. Fue en Francia donde empezó El gran Gatsby. El matrimonio formado por el pintor Gerald Murphy y su esposa Sara los invitaba a sus fiestas, a las que acudían Picasso, Cole Porter, Hemingway y John Dos Passos, y parecían haber recuperado la estabilidad. Siguiendo la estela de su marido Zelda publicó su primera y única novela, El último vals. Scott Fitzgerald le reprochó haber tomado material de Suave es la noche, su nueva novela, aún inédita. Otra crisis amenazó de nuevo la estabilidad del matrimonio. El romance veraniego de Zelda con un oficial de aviación francés provocó los celos de Scott Fitzgerald al mismo tiempo que aparecían los primeros síntomas de los trastornos que iban a llevar a Zelda a varios intentos de suicidio y a largas estancias en sanatorios y clínicas siquiátricas en Europa y América hasta el fin de sus días. El famoso baile en solitario en La Colombe d’Or, el casino de Juan-Les-Pins, durante el que llegó a quitarse la ropa y a arrojar sus bragas negras a Scott Fitzgerald, alertó a todos de que algo no iba bien. Zelda dijo haberlo hecho después ver a su marido coqueteando con la bailarina Isadora Duncan.

Zelda Sayre, con Scott Fitzgerald y su hija Scottie, en París (1925).

Zelda Sayre, con Scott Fitzgerald y su hija Scottie, en París (1925). / FdV

Durante los últimos años de sus vidas Zelda y Scott Fitzgerald vivieron separados y únicamente se comunicaban con cartas que se escribían con frecuencia. Mientras Scott Fitzgerald intentaba retomar su carrera y sanear su economía como guionista en Hollywood, donde vivió varios romances, Zelda se refugió en Montgomery con su madre tratando de recuperar su equilibrio síquico. Las deudas ahogaban la economía familiar y el fracaso como guionista de Scott Fitzgerald sumió al escritor en una grave crisis que el alcohol empeoró. No llegó a terminar su última novela, El último magnate, inspirada en sus experiencias en Hollywood. Murió allí en 1940 a los 44 años. Zelda no quiso asistir a su entierro. Le sobrevivió ocho años y murió en un incendio en el hospital siquiátrico Highland de Asheville, donde estaba internada. Desde 1975, por iniciativa de su hija Scottie, descansan en una tumba común del cementerio de St. Mary.

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