MANO DE PÁGINA
Elogio de la mansedumbre
Julio Llamazares reedita el poemario ‘La lentitud de los bueyes’, su primer libro, donde fija sus claves como futuro narrador y prosista

El escritor Julio Llamazares. / Jaime Galindo
Antonio Puente
«Todo es tan lento como el pasar de un buey sobre la nieve». Esa imagen del primer fragmento del poema/poemario La lentitud de los bueyes (1979), su primer libro, podría servir de introito a la abundante obra en prosa de Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955), en que las lindes del narrador, el ensayista, el cronista, el guionista y el testigo viajero son indisociables del poeta inicial. Ese trasvase se aprecia ahora en la inmejorable edición de Nórdica, con elocuentes ilustraciones de Leticia Ruifernández, tan contundentes y brumosas como las imágenes de los versos.
Casi medio siglo después (cuando se cruzan las fechas del final de la década de los 70, en su publicación, con el estreno de los 70 años del autor), se ve que son su granero literario. E, incluso, el sustento de su propia «conciencia», como subraya en el prólogo. «Yo soy esos bueyes que caminan con pesadez hacia la nada y que para mí son la imagen de la humanidad que se fue de este mundo con ellos y como la que se irá cuando yo no esté ya en él sin dejar sus pisadas en la nieve más que unos fugacísimos instantes temblorosos», explica desde la edad, ya como un asumido caso atípico de urbanita con irredenta memoria rural, además de portador de una timidez campanuda, disimulada con su apasionado escepticismo y perplejidad; «hay que vivir con ilusión, pero sin esperanza», me dijo en una entrevista, para El Independiente, tras aparecer La lluvia amarilla (1988).
Es probable que la nostalgia sea un sentimiento más propio de la juventud, cuando las pérdidas se agudizan, en medio del muchísimo más tiempo de incertidumbre por delante. Aquí se observa esa intensidad, en el embrión de una de las principales fijaciones de Llamazares: la articulación de la memoria y el olvido. Cuenta que ha escrito el poemario frente al mar de Gijón, donde residía, pero (al igual que la urbe en madrileña no contará en sus primeras narraciones) el mar no aparece por ninguna parte, para no interferir en la fija recuperación de sus orígenes campestres.
Resarcimiento
No es mal resarcimiento para alguien que, con mucha menos agua, acababa de perder, en su adolescencia, su pueblo natal, engullido por un embalse. Al poeta le queda, entonces, el pretexto de esa estampa originaria tan escindida: entre la pesada mole de los bueyes, con sus duras pezuñas, y el «vaho», lo «vaporoso», lo «fugacísimo» de su pisada, sobre una nieve que también se extinguirá. (Memoria de la nieve, de 1982, fue su segundo y último poemario).
Esto es: lo borroso del origen terminará por coincidir con lo borrado del final, o viceversa. («No tuvieron otro dios que su existencia ni otra memoria que el olvido», dirá de sus ancestros). De ahí, ese balanceo irreductible de su ritmo, entre la necesidad de autoafirmación y lo sinuoso y telúrico de un entorno que florece y se basta a sí mismo. «En el origen fue el silencio… el único momento memorable», afirma. Así, se reivindica y también se relativiza la memoria (humana), toda vez que «en el recuerdo está el origen de la autodestrucción», y, como en un tratamiento homeopático, se receta «la mansedumbre que sustenta el olvido». Aquí y allá, nos recuerda, «la soledad necesita del olvido»; «soledad sin olvido es agua muerta, o leña seca»…
Con el mismo funambulismo del paso del buey sobre la nieve, se entierra la pezuña grave, en un aldabonazo: «Llega un momento en que la duda no sirve de moneda», pero, de vuelta a lo sinuoso y sutil, se acepta que «mi voz será como un paréntesis de dudas». Lejos de la ansiedad y la prisa de perpetuarnos como «cazadores furtivos en los bosques del tiempo», se apuesta aquí por la lentitud y la dubitación, y, en definitiva, por la más empática mansedumbre. A fin de cuentas, «de todos es sabido que el tiempo no posee otra grandeza que su propia mansedumbre».
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