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La buena, la fea y la mala

Los cómics escritos o dibujados por mujeres abundan cada vez más en las librerías especializadas con resultados tan variados como estimulantes

La buena, la fea y la mala

Posy Simmonds es una vieja conocida del lector español. La descubrimos hace veinte años en Gemma Bovery, una obra maestra publicada primero por entregas en prensa. Sorprendía por su peculiar formato y su inteligente y denso empleo de los textos. Esa ha sido una de las características de Simmonds, su saturación tipográfica, un ámbito en el que contaba con la ayuda de su marido, el diseñador Richard Hollis. Su segunda obra traducida por aquí, Tamara Drewe, volvió a demostrar su talento y llegó a ser adaptada al cine por Stephen Frears en 2010. Finalmente, en 2020 se publicó Cassandra Darke, que la coronaba como la mejor creadora de cómics del mundo, con Rutu Modam siguiéndola de cerca. Su trabajo es sofisticado e inteligente en lo literario y su dibujo se inserta en una larga tradición de humoristas de prensa, pero también tiene ramificaciones en el mundo de la ilustración editorial infantil, que ella ha transitado con regularidad. Se reconocen algunas de sus influencias y al mismo tiempo se comprueba que las ha asimilado y las destila en un grafismo ligero y desacomplejado, que salta del lápiz a la tinta sin pestañear y que alcanza su máxima expresión en la caracterización de sus siempre nutridas troupes de personajes.

Viñeta de Westvind.

La buena, la fea y la mala

Sus historias están ambientadas en el mundo de los intelectuales de clase media-alta. Gente pija que cita a los clásicos o que aspira a ver su primer libro publicado antes de que sea demasiado tarde. Su último trabajo no la aleja de esos universos. Más bien al contrario, se regodea con ellos. Hay una buena parte de burla mezclada con un disimulado respeto hacia esas constelaciones de autores, agentes, editores, lectores y libreros. Todos se odian y aman a partes iguales y lo mismo parece ocurrirle a la privilegiada observadora. Por un lado, se ríe sin reparos del pretencioso autor que se queja de las incomodidades de la fama, pero después nos muestra lo obsesivo que puede ser el proceso creativo. Como en la secuencia en la que un escritor apenas era consciente de lo que le rodeaba hasta que, justo al acostarse, se le ocurría cómo resolver aquel nudo de la trama que se le resistía. Quiero decir, Posy conoce y vive dentro de esos mundos, sabe bien lo que supone cerrar un argumento, entrelazar todos los pasajes. Pero también es capaz de mantener una distancia objetiva que le permite criticar las exageraciones y los falsos dramas de sus compañeros escritores. En ese sentido El mundillo literario se disfruta sin reparos. Porque notamos el respeto que subyace detrás de todas las chanzas. Esos libreros pequeños que echan pestes de las grandes multinacionales y luego acuden a ellas a comprar libros rebajados, esas asistentes de producción, siempre sexis y jóvenes, esos escritores pendientes de lo que los demás piensan de ellos... Mención aparte para el divertido doctor Derek y su enfermera, dibujados a la manera del tradicional cómic romántico, con sus líneas limpias y seductoras y que resuelven casos de autores desesperados, o el agente especial Rick Raker, que se ocupa de los creadores más complicados.

Al contrario que en sus anteriores obras, aquí no se trata de una novela gráfica completa y cerrada sino de gags de una página cuyo único nexo de unión es el tema, esa literatura que se concreta en atmósferas cercanas. Posy ya había adoptado la fórmula de la historia corta en trabajos anteriores, que lamentablemente no se han traducido. Que ahora se hayan animado a apostar por esta obra es una estupenda noticia. No se la pierdan porque la van a disfrutar.

No quiero olvidar en este apartado de “las buenas” a Laura Zuccheri. Es una extraordinaria dibujante a la que descubrimos en Julia y que ahora firma una de los episodios de Ken Parker, junto con Pasquale Frisenda. Sustituir a Milazzo no era tarea fácil y ellos salen muy bien parados. Una autora a la que conviene seguirle la pista.

Vaya por delante que se incluye este cómic en el apartado de “los feos” por razones estrictamente narrativas. Ni sé qué aspecto tiene la autora ni me desagrada estéticamente su propuesta. Se trata del clásico producto “moderno”, con buenas críticas aseguradas en los cenáculos más exquisitos. Se presenta retractilado así que es imposible echarle un vistazo al interior sin aflojar antes la mosca. De todas formas, ya sabemos cómo va a oler antes de abrirlo. Ese característico aroma embriagador de las impresiones con tintas planas sobre papel más grueso de lo habitual, el efluvio del auténtico cómic «indi», siempre más cercano a la serigrafía que al vulgar offset. En lo visual el producto juega con una gama de tonos reducidos y saturados en la que abundan los rosas pero que básicamente gira en torno a los primarios amarillo-rojo-azul. En cuanto al dibujo de Lale Westvind tiene la arrogancia de los malos dibujantes, esa actitud de “lo he hecho yo, así que vale”. Es algo relativamente habitual y en más de un caso puede provocar grandes alegrías en el lector, cuando detrás de esa seguridad hay un narrador con cosas que contar.

Aquí se nos habla en la portada de “uno de los mejores cómics del siglo XXI”. Y algo más pequeño “una historia de superpoderes, un homenaje a todas las mujeres dispuestas a cambiar el mundo con sus manos”. Gerardo Vilches cierra el volumen con un sesudo epílogo y una larga entrevista con la autora viene encabezada por el título “Chamanismo eléctrico matrilineal”. Todo esto no nos coge por sorpresa ya que, como digo, la obra desembarca acompañada por un run-run de elogios y reflexiones sobre el empoderamiento femenino en viñetas. No es que al leerlo esperara encontrarme con la nueva Wonder Woman, me habría conformado con algo mínimamente comprensible. Repito, no es un problema estético, tolero el dibujo perfectamente, hasta puedo disfrutar con algunos de sus delirios gráficos. Lo que me estomaga es la absoluta falta de interés narrativo, que se sustituye por un aluvión de metáforas visuales incomprensibles, como si alguien le hubiera dado un ácido a Kirby y le hubiera pedido que dibujara a Big Barda. La heroína se pasea de una página a otra, moviendo mucho las manos, y van pasando cosas. Todo es plástico, elástico, fulgurante y muy enrollado. Pero, como suele ocurrir con estas propuestas tan visuales, carece absolutamente de ritmo. Así que a la décima página en que asistimos a alguna manifestación mágico-telúrica, no podemos evitar el bostezo. Y la cosa no mejora, solo se estira sádicamente hasta la extenuación.

Tiene un algo que recuerda las cerdadas de S. Clay Wilson. El famoso creador underground llenaba densamente sus páginas con personajes realizando eso que se suele llamar “actos innombrables”. Aquellas apoteosis de lujuria y violencia, que hoy escandalizarían a tantas licenciadas, divertían en una página o dos. Si se prolongaban más eran un pestiño. Esto de Grip tiene 170 páginas, calculen ustedes lo plasta que puede llegar a ser. ¿Mi consejo? Si quieren ver lo que es una mujer empoderada de verdad, relean la Wonder Woman del pobre George Perez. Lo disfrutarán.

A estas alturas es muy difícil que alguien le dispute a Christa Faust su título de “chica mala oficial del mundo del cómic”. Si con su anterior trabajo, Bad Mother, consiguió que nos fijáramos en ella, con éste confirma sus cualidades y la solidez de su propuesta narrativa. Vuelve acompañada de Deodato Jr. al dibujo, un creador que puede ser algo rígido pero que, con su estética de base fotográfica, asegura unas atmósferas que convienen y mucho a los guiones de Faust. Cualquiera que siga los tuits de la autora, comprobará que sus gustos son fuertes, ásperos y claros, con preferencia por los mundos pulp más canallas, las novelas picantes y esos universos en que los hombres son muy hombres y las mujeres muy mujeres. Para probar esto basta con leer este Redemption, protagonizado por dos durísimas lesbianas en un paisaje que complacería a Mad Max. Una suerte de lugar fronterizo muy punk donde siguen imperando las reglas morales del western más clásico.

El guion no pretende ser una pajarada superinnovadora. Al contrario, se ajusta a una narrativa arquetípica con una premisa a lo Solo ante el peligro o Shane. ¿Debe ese héroe que ha jurado no meterse en más follones romper su palabra y desafiar al todopoderoso villano, aunque eso le cueste la vida? Una buena parte del segundo acto se dedica a otro asunto muy conocido, como es la educación del aspirante, esa hija que busca una mentora que le permita ayudar a su madre. En este caso la mentora que no desea serlo fue la amante de la madre, con lo que todo se carga de intensidad emocional y sentimental, de manera muy inteligente. La heroína se parece mucho a la de Terminator y sabemos cual será su reacción desde el primer episodio. Pero nada de eso importa. Disfrutamos con las dudas y la renuncia de la protagonista a seguir el camino del héroe/heroína. Precisamente porque sabemos que va a cambiar de idea al final. Faust consigue que situaciones que estamos cansados de ver nos resulten frescas y entretenidas, describe muy bien a sus personajes y no pierde el tiempo con tonterías. Encuentra en Deodato al socio ideal, que aporta verdad y profundidad dramática al argumento, gracias a sus contrastados grafismos. No se dejen embaucar por el aspecto convencional de la escritura de Faust. Lo que hace es sofisticado y brillante, pero lo sirve con un envoltorio popular, como si de una “peli” de acción se tratase. Es más profundo que todo eso, un trabajo realmente complejo. No se lo pierdan.

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