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El matrimonio Benjamin

Entre la vida cotidiana y las convicciones intelectuales de Walter y Dora

El matrimonio Benjamin

En las décadas de 1950 y 1960 se decía que detrás de todo gran hombre había una gran mujer, al tiempo que se narraban las hazañas del hombre y de la mujer se sabía sólo su nombre, en el mejor de los casos. Las investigaciones feministas han ido recuperando la vida y obra de estas mujeres, dejando constancia de sus capacidades intelectuales y mostrando cómo sus hombres, arropados por el pensamiento dominante, no dudaron en sacrificar la valía de ellas en aras del trabajo masculino.

Este es el caso de Dora Sophie Pollack, nacida Kellner, esposa de Walter Benjamin y madre de su único hijo. Dora se ocupó de toda la intendencia cotidiana y de la economía familiar para que Benjamin se pudiera dedicar exclusivamente a estudiar y escribir. Puso a disposición de éste su dote, le acompañó y le permitió varios escarceos extramatrimoniales, el más sonado con Asja Lacis. Aún después del divorcio, Dora siguió ayudándole y preocupándose por su bienestar.

Tanto Dora como Walter procedían de familias judías acomodadas, que sufrieron el creciente antisemitismo de la época y las tensiones del naciente sionismo. Dora, nacida en Viena en 1890, cursó estudios universitarios y participó de las corrientes intelectuales que circulaban por Viena y Berlín en las primeras décadas del siglo XX. En dichos círculos se conocieron Dora y Walter, y a pesar de que ella vio con claridad que se trataba de “un hombre genial, pero complicado y muy egocéntrico”, se unió a él en 1916.

Los años siguientes constituyen un peregrinar en busca de lugares más afines a su economía y donde Walter se pudiera restablecer de sus diversos reveses de salud. Su vida discurre entre artistas e intelectuales, hasta que su precaria economía obligó a Dora a trabajar para la agencia United Telegraph de Berlín. Para acomodar su sueldo a la inflación galopante, Dora se aplicó a traducir por las noches y llegó a ejercer de pinche de cocina, lo que le sería de gran utilidad cuando, en su exilio, viva como gerente de hotel en San Remo primero y en Londres después.

El talento de Dora florece cuando Walter se aburre de ella y decide viajar solo, apoyado en sus sucesivos amores. Dora tiene tiempo para sí misma, para pensar, escribir y hacer proyectos. Trabaja para la radio y viaja a Londres, a Nueva York y por los países del este de Europa para observar el modo de vida y escribir una serie de artículos sobre el tema. Escribe para las revistas más importantes de la República de Weimar y llega a redactora jefe de una de ellas. Empezó a escribir relatos literarios y publicó una novela, “Gas contra gas”, en 1930. Así se convirtió “desde 1928 en una autora muy solicitada por una de las publicaciones literarias más importantes”, Literarische Welt, en donde también publicaban Thomas Mann, Robert Musil y Stefan Zweig, entre otros nombres conocidos.

A pesar de que Dora demostró sobradamente su valía como periodista, traductora y escritora de relatos breves cuajados de humor e ironía, apenas es mencionada en los libros sobre Benjamin; “él es el sabio erudito, que necesitaba silencio y recogimiento” para pensar, mientras que ella “que aliviaba todos los rigores de su vida” es un estorbo y sólo recibió reconocimientos puntuales e insultos varios.

Entre 1927 y 1933, tanto Dora como Walter trabajaron para la radio. Benjamin, que en 1936 publicará el influyente texto “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”, comprende la importancia política del nuevo medio de comunicación y escribe y locuta un centenar de textos para Radio Berlín y Radio Fránkfurt. Lecia Rosenthal nos recuerda en su edición de “Radio Benjamin” (2014) que el pensador opinaba que si bien en la radio “lo único que queda es la voz, hay una sustracción con una ganancia: esta voz la oirán miles de niños simultáneamente”.

El Berlín demónico recoge una veintena de las emisiones que Walter Benjamin escribió para transmitir a la juventud la importancia de conocer el pasado y los hitos de la cultura europea a fin de entender el mundo en que habían de debatirse y evitar así ser manipulados. En el texto que da título al libro, Benjamin habla del escritor E.T.A. Hoffmann (1776-1822), a quien considera “el padre de la novela berlinesa” porque, para concebir sus relatos, repletos de espectros y fantasmas, se inspira en la materialidad de la ciudad: “el objeto principal de sus observaciones era Berlín, la ciudad y las personas que en ella vivían: sus vestiduras, sus gestos y el ritmo de los movimientos”.

Benjamin lleva a cabo una verdadera gesta literaria pues se comunica con fluidez, en una perfecta estructuración del contenido, para concatenar temas culturales icónicos, como Caspar Hauser, el Doctor Fausto o Cagliostro, con sucesos históricos como la destrucción de Pompeya y Herculano o el terremoto de Lisboa, a la vez que describe el desarrollo del Berlín que habitan sus oyentes. Con razón escribe Dora a Gershom Scholem en 1929 que “Walter es todo cabeza”, un pensador profundo y original, saboteado por la errada política de su tiempo.

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