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El hombre que no supo detenerse

Sus fracasos en España y Portugal, y sobre todo en Rusia, propiciaron la caída definitiva de Napoleón Bonaparte

Retrato de Napoleón Bonaparte.

Pocos personajes como Napoleón Bonaparte han merecido la atención dispensada a este militar francés elevado a la categoría de emperador, protagonista de una de las biografías más intensas de los siglos XVIII y XIX. Además de militar y estratega, Napoleón fue un político y estadista que dirigió los destinos de Francia durante unos años decisivos, elaboró un código de leyes que inspiró las legislaciones modernas y dejó a la posteridad una de las imágenes más polémicas y controvertidas de la Historia.

En marzo de 1796, un general de 26 años llamado Napoleón Bonaparte tomó el mando del ejército francés asentado en Italia. Eran unos miles de soldados andrajosos y sin pertrechos, abandonados a su suerte por el Directorio (el Gobierno de la Primera República francesa), a los que el general prometió gloria y riqueza si se sometían a su autoridad y a su disciplina. La actitud del Directorio, que había abandonado a aquella tropa superviviente de las batallas contra el ejército de Prusia y de las oleadas de deserciones que se produjeron durante las últimas campañas, había provocado un profundo malestar en los soldados, quienes aún creían en los ideales de aquella revolución que había formado un ejército popular que representaba por primera vez en la historia a toda la sociedad francesa, tanto por sus orígenes sociales como geográficos.

Napoleón había adquirido una fama merecida después de recuperar la fortaleza amotinada de Toulón en el otoño de 1793. Ahora, tan sólo unas semanas después de haber tomado el mando de aquel ejército recuperado de la indigencia, inició las campañas contra enemigos piamonteses y austriacos con una serie de victorias asombrosas que le proporcionaron fama y prestigio. En 1798 capitaneó una expedición contra Egipto para cortar el tráfico británico hacia la India, tomó Malta y Alejandría y en la Batalla de las Pirámides aplastó a un temible ejército de mamelucos integrado por cuatro veces más soldados que los suyos. El secreto del ascenso meteórico de Napoleón se debió a su ejército de reclutas entregados a la causa revolucionaria, al talento de sus oficiales y a la genialidad como maestro de unos novedosos sistemas tácticos que el joven general introdujo en el campo de batalla.

El regreso de un triunfal Napoleón Bonaparte a Francia, aclamado por el pueblo y apoyado por el ejército, le animó a encabezar el golpe de estado del 18 Brumario en noviembre de 1799, disolver el Directorio corrupto y proclamarse como Primer Cónsul para gobernar el país. Desde el poder político continuó con sus hazañas bélicas, consiguió expulsar al ejército de Prusia del norte de Italia y obligó a Inglaterra y Austria a firmar la paz. Estas nuevas victorias mitificaron su figura y le llevaron a su autocoronación como emperador en mayo de 1804, en una ceremonia celebrada en la catedral de Notre Dame de París en presencia del papa Pío VII.

En la campaña de 1805 Napoleón ocupó Viena y derrotó a los ejércitos aliados de Austria y Rusia en la batalla de Austerlitz. Este acontecimiento bélico inició la desintegración del sacro imperio romano-germánico, que mantenía su unión desde su formación en el siglo X. Pero Austerlitz supuso también el comienzo de la caída de Napoleón. La codicia estratégica, los resentimientos de las poblaciones locales de los territorios ocupados por Francia, las mejoras en los ejércitos enemigos y la oposición de Gran Bretaña, que en aquellos momentos era la potencia naval y comercial que dominaba el mundo, explican la decadencia de Napoleón.

Fallo estratégico

Dice el historiador John A. Lynn (“Historia de la guerra”. Geoffrey Parker Ed. Akal 2020) que “Napoleón fue víctima de un fatal fallo estratégico: no supo qué era suficiente ni cuándo debía detenerse”. En efecto, lo que provocó el definitivo declive napoleónico fueron sus fracasos en Portugal y España pero sobre todo en Rusia, a la que invadió en 1812 y en la que el ejército francés sufrió una de las mayores catástrofes de su historia. La victoria pírrica de Borodino y su entrada en una Moscú incendiada por sus pobladores antes de huir, no paliaron el rotundo fracaso de las tropas napoleónicas: de los 600.000 soldados con los que inició la campaña solo regresaron con vida 93.000.

De nuevo en París, Napoleón continuó su guerra contra los restos del antiguo imperio germánico, con victorias iniciales como la batalla de Dresde. Pero una nueva alianza de Alemania con Prusia, Rusia y Suecia terminó derrotando a las tropas napoleónicas en 1813 en la batalla de Leipzig. Esta derrota lo obligó a abdicar y a retirarse a la isla de Elba.

Animado por el ejército y por una parte considerable de la sociedad francesa, en desacuerdo con la restauración monárquica en la figura de Luis XVIII, el 1 de marzo de 1815 Napoleón se escapó de su exilio y volvió a Francia para recuperar el poder durante un periodo conocido como Los Cien Días, dispuesto a restablecer al país el prestigio y los territorios perdidos y a gobernar con una Constitución más democrática y liberal. Pero una nueva derrota, ahora en Waterloo en junio de ese mismo año, lo obligó a un retiro definitivo tras abdicar en su hijo Napoleón II. El destino quiso que otra isla (había nacido en la de Córcega), la de Santa Elena, acogiese su último confinamiento. Situada en el Atlántico, a más de 1800 kilómetros de la costa africana para evitar posibles tentaciones de regresar a Francia, Napoleón, víctima de un lento proceso de envenenamiento con arsénico, murió allí a los 51 años el 5 de mayo de 1821, hace ahora 200 años. Fue su última batalla.

Historia de la guerra, Geoffrey Parker (Ed.) Akal

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