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No se muerdan la lengua frente a los totalitarios

Darío Villanueva desmonta con rigor, bonhomía y cabreo el plomo ideológico censorio de la corrección política

No se muerdan la lengua frente a los totalitarios

A últimos de los 80 del XX, un joven profesor universitario (hoy catedrático) acababa de dar un curso en cierta universidad de los Estados Unidos y volvía aterrorizado. Me dijo que no sabíamos aún la que se nos venía encima; que se había implantado en los campus de allá un modo de pensar y actuar “políticamente correcto” que, como todo, íbamos a copiar acá, en esta provincia del imperio. Me puso un ejemplo: por mucho que se tengan como papel de lija, humedecerse los labios frotándolos uno contra otro en presencia de alguien ya no es posible. Ni pensar en aliviar su sequedad con la lengua. Expulsado. No vuelves a dar una clase. Se considera una invitación agresiva a tener sexo. Creí que exageraba hasta que, poco tiempo después, una editorial de Connecticut me pidió una colaboración sobre “El aire de un crimen” para la obra conjunta “Juan Benet: a reappraisal of his fiction”. La envié por correo (érase una vez un tiempo sin internet) y por correo me contestó un coordinador no solo conminándome a que eliminase de mi trabajo el resumen del argumento de la novela sino riñéndome por haberlo incluido, pues parecía mentira que yo todavía no supiese que la función del crítico y del estudioso nunca jamás ya habría de ser informar sino deconstruir. Cómo actuar, cómo pensar: lo políticamente correcto ─la neoinquisición─ estaba entre nosotros y sigue estándolo.

¿Esa forma posmoderna de la censura que es la corrección política surgió por generación espontánea o bien hubo semillas ideológicas que lo propiciaron? ¿Cuál fue el origen del todo vale, del pensamiento débil, del todo es opinable, del no hay ninguna verdad, de la ciencia es relativa, de los movimientos “post-” o “pos-”, de la era de las minorías prestas a ofenderse ante cualquier nimiedad? A responder con rigor y copiosa bibliografía (por temas: populismo, sexismo, posverdad…) y excelente castellano y altas dosis de bonhomía (y cabreo cuando procede) y mucho sentido común se aplica este libro −sin duda una de las cumbres de este año− de Darío Villanueva, catedrático en Santiago de Compostela, exrector de aquella universidad y exdirector de la Real Academia Española, y presidente del tribunal que juzgó mi tesis doctoral precisamente en los años en que se extendía el plomo ideológico censorio del que venimos hablando.

No es este un libro de lingüística (no solo) o de literatura. Su resumen podría ser el siguiente: la “teoría francesa” (a la que siempre preferí llamar logomaquia) de los Derrida, Foucault, Deleuze & Cía. conoce en los campus universitarios de Estados Unidos de los años 70 del XX el éxito arrollador que Europa le había negado. Con antecedentes en Marcuse (y su “tolerancia represiva”, menudo oxímoron), Heidegger y Nietzsche triunfó allí y se hizo viral un ataque demoledor contra lo que fue y significó la Ilustración: contra la razón y la lógica −con lo que tal postura significa en el terreno social, político, y de la explotación− en favor del pensamiento líquido y la inteligencia emocional en vez de racional. Se implantó no solo el reino de la estupidez, sino que se expulsó del nuevo paraíso a quien no actuase a sus órdenes: el profesor de Princeton Antonio Calvo se suicidó −como aclaró el gran escritor Ricardo Piglia, su compañero docente− a raíz de un incidente con un alumno muy vago al que espetó: “¡A ver si te pones a estudiar y dejas de tocarte los cojones!”. Calvo no fue despedido y condenado al total ostracismo (hoy llamado “cancelación”) por malos modos… sino por “acoso sexual verbal”. El castigo, la nueva hoguera para quien no piense igual que esos floripondios y cristalinas, es la muerte civil, el ser tachado como “ex illis”: “de esos”, como racista, sexista, homófoba y fascista.

Darío Villanueva ya no se muerde la lengua a sus 70 años: “Yo soy viejo, no de la tercera edad”. Tras un luminoso Preámbulo (“Quien avisa…”), va desarrollando en sucesivos capítulos qué es la corrección política, cómo nos mordemos la lengua, que son la posverdad, los bulos y patrañas −es decir, el apocalipsis de la realidad−, qué es la galaxia “post-”, la verdad de las distopías y un epílogo (“…no es traidor”). Aprendemos así que no es una nueva inquisición la que nos trajeron aquellos polvos: es el lodo de la inquisición de siempre, aunque travestida ahora bajo la apariencia de la libertad. No la ejerce una institución en concreto, un alguien palpable: es una nebulosa, un “ente existente, pero gaseoso”, una sociedad civil formada por un grupo ofendidito, una tendencia, un género… que se consideran autoridad para decir lo que se puede y no hacer. Para tachar a Enyd Blyton de sexista, y racista a Mark Twain. Para tratar de imponer una “Calendaria”, cual hizo la Universidad de Granada en 2017: enera, febrera… (Por cierto, Stalin estaría en contra: lean la pág. 123). Para entronizar “la indocumentación horra de conocimiento” y proponer el palabro “huérfilo” aplicable al padre que pierde a un hijo. Para abrazar las pulsiones emotivas y no la razón. Para aplaudir el sesgo de confirmación, esa “tendencia a favorecer, buscar, interpretar y recordar la información que confirma las propias creencias rechazando las posibilidades alternativas”. Para fomentar una escuela de “espacios seguros”, donde solo se cuide el estado emocional del alumnado (nada de libertad de cátedra), se quiebre la racionalidad, en favor de una mentalidad y personalidad infantil. Para dar paso al negacionismo, a la posmodernidad líquida, al poder de los idiotas (o de los necios: unos 300 millones, según Umberto Eco: p. 44), a Trump y demás familia. Según Doris Lessing, esta corrección política y su posverdad constituyen “la más poderosa tiranía mental”.

El libro de Darío Villanueva recoge el credo de la corrección política, en oportunas mayúsculas: “No digas ESTO; no digas esto DE ESTA MANERA; no digas esto EN ESTE CONTEXTO; TÚ no digas esto; y, por último, no digas esto HACIENDO ESO”. Frente a esos policías del pensamiento, nunca morderse la lengua, salvo y tan solo por pudor o cortesía.

Darío Villanueva Espasa, 380 páginas.

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