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César Fernández convive con el párkinson en San Roque: «Veo la vida a otra velocidad. Soy feliz»

César es un ex policía portuario, melómano, guitarrista clásico y escritor aficionado, que llevaba una vida en presto hasta que el párkinson le hizo bajar a adagio. Y eso le ha permitido descubrir la belleza del barrio y de los vecinos que le rodean. Ha publicado el libro de relatos «Vidas para lelas» con el que quiere agradecer a su entorno lo que hace por él

César Fernández, en la zona de San Roque.

Marta G. Brea

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La enfermedad de Parkinson que a César Fernández le diagnosticaron hace ocho años le priva del 50% de su movilidad. Lo más limitante para este hombre de 65 años son los espasmos de horas de duración que le dan, sobre todo, a partir de las 8 de la tarde. «Me quedo rígido, sudo, no puedo hablar, no puedo caminar», describe este ex policía portuario, que tocaba en un grupo y corría diez kilómetros día sí, día no. Así que aprovecha las mañanas para salir a pasear por su barrio de San Roque. «Caminas mucho más despacito, pero también ves la vida más despacito y eso tiene sus ventajas», subraya y asegura: «Soy una persona feliz. Con todo lo que tengo, me considero un afortunado».

En el recorrido por la calle Faisán, Las Palmeras y la finca de San Roque, a su paso adagio, esta primavera descubrió que se escuchan los pájaros y salen «un montón de flores hermosas por el camino», de las que no se percataba cuando su tempo era el presto. «No me daba cuenta de que estaba tirando la vida por la borda; ni siquiera me paraba a saludar a los vecinos», recuerda y lamenta que en esta sociedad «vamos a una velocidad insana y los tiempos nos marcan y nos destrozan».

Ahora los niños se paran a su altura, se quedan mirando «a un señor con bastón, medio encorvado», y él les cuenta que es Ygor, el ayudante de Frankestein. Se cruza con «muchas personas mayores encantadoras» que se preocupan por cómo se ha levantado hoy. «La gente de San Roque ya me conoce porque pido ayuda a todo el mundo, para cruzar la calle, para subir, para bajar... Me han traído a casa cantidad de veces, de quedarme bloqueadas las piernas, de no poder seguir caminando; me han recogido en sus portales cuando llueve...», detalla y le pone «un diez» al barrio en el que lleva viviendo 28 años, pero que no se ha parado a observar hasta que llegó la enfermedad. «La gente es maravillosa y, en mi edificio, todos se preocupan por mí».

Escritor

A ellos, a su mujer, a su hijo y otros familiares, a sus amigos y a sus finados, en agradecimiento, les ha escritoVidas para lelas, editado por Toxo Soutos, en la Colección Nume. «Yo soy la gente que me ayuda todos los días, como Alberto, que sin conocerme de nada, me ayudó a bajar las escaleras, se preocupó, me fue a buscar agua para tomar la pastilla...», pone como ejemplo y asegura que «esas personas las hay a montones; el pueblo ayuda, es solidario». Lo que pretende con este libro de relatos «variado y corto», con un 20% de base autobiográfica bien camuflada, es «que se distraigan y lo pasen bien». «Y, si no sirve, al contenedor de reciclado».

César se buscó la vida con distintos trabajos hasta que, a los 21 años, entró por oposición en la Autoridad Portuaria, donde fue desde personal de mantenimiento hasta policía portuario. «Cuando ya estaba enfermo y, para que no se me viera la cara de papón y asustara a los usuarios, me pusieron de administrativo», cuenta sobre la adaptación de su puesto hasta su incapacidad total. «Y ahora estoy viviendo como un marqués», explica, haciendo gala del humor negro con el que salpica toda la conversación. «Estoy como una regadera, pero lo disimulo bastante bien. Mi humor me salva el pescuezo, pero los vecinos ya saben todos mis chistes y me dicen 'Cuéntaselo a otro', 'Aguanta tu enfermedad como un hombre'», relata el que, en su día, fue guionista de humor en Radio 80. «Hay que reír siempre, no queda otra», defiende.

«Este artista de la nómina durante 41 años» tiene también inquietudes creativas. La música, en todas sus vertientes, fue su pasión «toda la vida». Empezó a tocar la guitarra clásica de oído. «Como empezábamos todos cuando no había internet ni nada». Luego, con algo de formación, ayuda de profesionales y suerte, alcanzó «un nivel aceptable para tocar en grupos o como solista». Integró el grupo Aldraba. El párkinson no le frena... del todo. «La memoria la he perdido y no leo las partituras con la misma facilidad, pero sigo tocando porque es importante para no perder psicomotricidad en las manos y practicar lo de hacer dos cosas a la vez, que a veces es difícil para personas con párkinson», cuenta. «Todos los días lo intento». Antes, lo hacía una hora al día, pero desde «un porrazo» en la calle, se marea y lo ha tenido que reducir a 15 minutos.

Algo le decía que el reloj iba en su contra. Así que ha grabado dos discos —uno de guitarra acústica y otro de guitarra clásica— y, además de este libro, ha escrito a cuatro manos, con Andrea Suárez Baquero, el poemario Emovere. «Yo sabía que estaba tocando fondo y que tenía que apurar porque no había tiempo».

Cirugía

Este martes ha recibido una llamada del Hospital Álvaro Cunqueiro con una buena noticia: le citan para una resonancia, el último paso antes de la operación de estimulación cerebral profunda, que no cura la enfermedad, pero mejora el control motor cuando los medicamentos ya no bastan. «Te abren la quijotera, te ponen unos fusibles ahí y te quitan los LPs de The Beatles y el serrín todo», traduce César, que es consciente de que «en algunos casos funciona bien y en otros, no». «Pero no tienes alternativa, es una enfermedad degenerativa y vas directo a lo que vas».

Destaca que él y otros muchos como él, consiguen «estar vivos, hablar y caminar» gracias a la Asociación Parkinson Vigo, con sus servicios de logopedia y fisioterapia. «Llego a rastras y, como con una varita mágica, salgo nuevo», agradece. Por ello, hace un llamamiento a las administraciones para que ayuden a esta ONG que hace una labor encomiable en «unas instalaciones raquíticas y unas condiciones deplorables».

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