Jubilación
El hasta luego de Antonio Ocampo en la unidad de VIH: «Me voy contento y satisfecho. Lo que hemos conseguido ha sido gracias al trabajo de todos, del equipo»
Pasar de un rechazo social de los pacientes de VIH a poder llevar una vida normal son realidades muy dispares. Dos situaciones en las que Antonio Ocampo ha sido crucial para reducir la primera y conseguir la segunda en la ciudad de Vigo: «El 90% de los pacientes eran usuarios de drogas por vía parenteral en aquella época»

Carolina Pérez
Vigo convive con el VIH. No por ser una ciudad distinta, sino por estar en el mundo. Puede que esta afirmación sea un tanto complicada de digerir. Con todo, no se debe a lo «peligrosa» o «contagiosa» que pueda ser esta enfermedad, es por el estigma y autoestigma que el virus implica. De eso sabe mucho el doctor Antonio Ocampo.
Médico especialista en VIH, vivió en su experiencia como profesional de la salud el inicio de esta enfermedad. Ocampo lidió con todas las características intrínsecas que implicaba: de pacientes usuarios de drogas, hasta hombres que mantenían sexo con hombres que no se aceptaban. Hoy, a tres meses de jubilarse, cuenta su experiencia en los más de treinta años que lleva dedicándose en cuerpo y alma al estudio y tratamiento de pacientes que conviven con el virus.
«Yo soy médico por herencia familiar», explica Ocampo. Procedente de Redondela, este doctor —uno de verdad, de los que tienen el doctorado en medicina— viene de una familia republicana de médicos desde hace más de 100 años. «Mi abuelo era el médico de los pobres. Ayudaba a curar a todo el mundo sin pedirles dinero», afirma.
Ya de pequeño jugaba con material médico. De esta forma, fue como Antonio llega en 1975 a la facultad de Medicina en Santiago, una ciudad en la que residirá durante 6 años, que se convertirán en los inicios de una carrera brillante dentro del mundo de la medicina. Con todo, de sus cuatro hermanos, fueron él y su hermano Ángel los que siguieron el camino familiar. Uña y carne desde pequeños, estos dos hermanos son un ejemplo del verdadero significado de la medicina.
«Yo soy médico por herencia familiar»
Después de pasar por una mili en el servicio de psiquiatría y por unas urgencias en el Hospital Xeral de Vigo, Antonio llega al VIH sin recursos – la enfermedad acaba de aparecer y había muy pocos fármacos– pero con muchas ganas de aprender y de ayudar a las personas que se habían contagiado.
El médico describe esa sala de espera cómo una auténtica jungla: «Allí, había gente bebiendo, fumando, etc. La primera vez que entré, de hecho, me tropecé con una litrona de cerveza». Este pequeño detalle le hizo ganarse la complicidad de uno de los pacientes, una sonrisa que le dio ganas de ser resiliente en ese nuevo servicio que no parecía sencillo.
«Teníamos pacientes con cargas emocionales diferentes. Había gente con cuentas pendientes con la justicia, algunos se habían fugado y otros eran adictos a la heroína. Aún así, pocas veces se ponían agresivos y nos amenazaban, unas discusiones que muchas veces acababan en perdón e incluso un ramo de flores como disculpa», afirma Ocampo, cuando en el inicio de la enfermedad el 90% de las personas que contraían el VIH eran adictas a drogas, sobre todo por vía parenteral.
Cuando estos pacientes llegaban tenían una esperanza de vida baja. No había recursos y al principio tenían un solo fármaco. Tampoco había casi conocimiento sobre el tema: «Fuimos aprendiendo a través de cursillos, revistas científicas que publicaban algunos artículos. Adquirimos conocimiento sobre la marcha. Había ganas sin medios», prosigue.
De esas ganas salieron grandes logros: «Todo lo conseguimos juntos. Nunca hablo en singular. Cada parte del personal del hospital que trabajaba en la unidad fue necesario para alcanzar todos los propósitos del servicio», afirma el doctor. Así, de tomarse más de 25 pastillas al día se pasó a una mayor eficacia de los fármacos y una disminución de la posología y de los efectos adversos.
«Todo lo conseguimos juntos. Nunca hablo en singular. Cada parte del personal del hospital que trabajaba en la unidad fue necesario para alcanzar todos los propósitos del servicio»
A su vez la sociedad también fue avanzando. Aparecieron ONG como Érguete, madres contra la droga con las que Antonio tiene una profunda relación, y la sociedad se fue movilizando para poner en boca de todos la verdad sobre las personas que convivían con el VIH. Estas cuestiones ayudaron a dar voz a la enfermedad. Con todo, el estigma - otra parte fundamental del virus - sigue lejos de erradicarse. Según Ocampo, aún queda mucho por hacer: «El peor estigma es el que uno se pone así mismo. Al final este es la propia opinión negativa que tienes sobre ti, por hacer algo que socialmente está considerado como negativo. Como médicos, es nuestra labor ayudar al paciente a sentirse comprendido y aceptar su condición. Convivir con el VIH no es nada malo, es simplemente una situación que la vida te pone por delante, una nueva forma de vida que implica un tratamiento».
Vigo, gracias a todo el equipo, se ha convertido en uno de los hospitales que está en primera línea de investigación sobre VIH. Se ha conseguido desde el servicio una mayor aceptación, una bajada de la mortalidad, el hecho de que el 90-95% de los pacientes estén en tratamiento y que desde 1997 la tasa de transmisión vertical del VIH —contagiar el virus de madres a bebés— sea nula. Es uno de los pocos hospitales que trabaja de manera cooperativa con el servicio de cirugía de displasia anal y que tiene una consulta específica para pacientes que conviven con el VIH.

Vigo. Antonio Ocampo, médico del Álvaro Cunqueiro especialista en VIH / Jose Lores / FDV
A escasos meses de jubilarse, Antonio Ocampo se va despidiendo de sus pacientes: «Son muchos años junto a ellos. Muchos de los adioses terminan en un abrazo o con lágrimas en los ojos. La medicina es un parte fundamental de mi vida, y en este servicio llevo más de 30 años. Siempre les doy las gracias. He aprendido yo más de ellos que ellos de mi», afirma Ocampo.
Ahora cuando termine su etapa en el hospital —«cerrar el ciclo», como él afirma—, tiene pensado estar más con sus nietos y amigos. A lo mejor se mete en alguna ONG o en alguna junta directiva de una sociedad. Tiene pensado ir al gimnasio, estudiar algo de historia, volver a la pesca y leer: «Pero no libros de medicina», apunta entre risas.
Está convencido de que los próximos profesionales que vengan a la unidad serán excepcionales: «Después de que Celia y yo nos hayamos ido, esto seguirá igual. Aunque ya no estemos los que iniciamos todo, los próximos que vengan tan solo tienen que ser ellos mismos. Estoy convencido que el conocimiento ya lo tienen de sobra», declara Ocampo. Siendo un médico muy querido por sus pacientes, no pretenden que lo imiten, tan solo que sean empáticos y que proporcionen bienestar.
Indetectable es igual a intransmisible. Ahora queda que la consideración social de estos pacientes vaya mejorando, una labor que Antonio Ocampo lleva haciendo desde la primera vez que llegó a aquella sala de espera donde se tropezó con una litrona de cerveza. El resto ya es historia.
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