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IN MEMORIAM

Genoveva «Vevita» Conde de Oya: una gallega que sirvió a España

Genoveva, «Vevita», Conde de Oya.

Genoveva, «Vevita», Conde de Oya. / Cedida

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Gonzalo Fournier Conde

Embajador de la Unión Europea en Honduras

El pasado seis de agosto falleció tras una larga enfermedad Genoveva «Vevita» Conde de Oya. Era gallega de nacimiento y corazón. Allí donde acompañó a su marido, Antonio J. Fournier Bermejo, embajador de España, también representaba con orgullo a Galicia.

Por parte paterna, era nieta de Fernando Conde Domínguez, alcalde de Vigo entre 1916 y 1918, quien impulsó la Cocina Económica, las Colonias Escolares y el Refugio de Niños Abandonados. Esta sensibilidad social de su abuelo libró a su padre de ser fusilado durante la Guerra Civil y le dio una vocación de servicio a los más necesitados que la acompañó toda su vida.

Por parte materna, era hija de la marquesa de Casas Novas, título nobiliario concedido por Alfonso XIII a Valentina Camacho Lastres por sus obras de beneficencia, una limeña, sobrina bisnieta de Simón Bolívar. El título pasó a Galicia a través de Alberto de Oya y Lastres, de familia de cónsules de Perú en Vigo. La providencia quiso que fuera en Lima donde su hijo pequeño iniciara su carrera diplomática como cónsul de España.

En Rabat, París, Bruselas, Túnez, Ottawa y La Haya, Genoveva Conde de Oya hizo cada día lo mismo que tantas parejas de diplomáticos: servir a España con dedicación, dignidad y discreción. Representó también a una generación de mujeres que, a su manera, hicieron la transición a la democracia, mezclando sus profundos valores tradicionales con sus deseos de libertad, modernidad y unidad.

En 1968, la revista Vogue de París encargó al fotógrafo Jeanloup Sieff un reportaje sobre ella; lo aceptó excepcionalmente, pero sin darle más recorrido a esa oportunidad.

Solo su familia y su comunidad católica le importaban.

En estos días de testimonios, lo que más conmueve es comprobar cómo, inspirada por su fe, dedicó su vida a intentar ser buena: buena hija, buena hermana, buena madre, buena esposa, buena amiga, buena española. Cariñosa, dulce y generosa, se alegraba de lo bueno y sentía como propias las penas ajenas. Era de esas personas que entienden la educación simplemente como el hecho de hacer sentir bien a los demás.

Murió como quería, en su casa, rodeada de sus hijos, sus hermanos y María del Rosario Ruiz Gutiérrez, quien la cuidó durante más de diez años como si fuera su propia madre —un ejemplo más de los muchos inmigrantes latinoamericanos que cuidan a nuestros mayores y que merecen todo nuestro reconocimiento.

Mi madre superó todas las expectativas médicas. Junto a mis hermanos, Marta, Antonio y Javier, nos preguntamos cómo se aferraba tanto a la vida. Creo que ella nos hubiera remitido a lo que dijo Tolstói en Guerra y paz: «Lo más difícil, pero esencial, es amar la vida, aunque uno sufra. La vida lo es todo. La vida es Dios. Amar la vida es amar a Dios».

Descansa en paz, madre.

Gracias por tu ejemplo.

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