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Emprendimiento

Puntadas contra el cierre: profesionales extranjeros revitalizan talleres de costura en riesgo de desaparición en Vigo

Desde un botón descosido hasta una prenda hecha a medida, la costura ha acompañado durante generaciones la vida cotidiana de las familias. Hoy, con muchos talleres tradicionales abocados al cierre por falta de relevo, nuevos profesionales, muchos emigrantes, toman la aguja para mantener vivo un oficio artesanal que se resiste a perder su sitio en los barrios

Nemesio Rincón, propietario de Mimos.

Nemesio Rincón, propietario de Mimos. / Carolina Cachafeiro

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Durante décadas, los talleres de costura y arreglos formaron parte del paisaje habitual de barrios y familias. Eran negocios de proximidad, casi de confianza, a los que acudir para ajustar un bajo, remendar una prenda o encargar un trabajo a medida. Sin embargo, el paso del tiempo, la jubilación de muchos propietarios y la escasez de nuevas manos dispuestas a continuar el oficio han puesto en riesgo su supervivencia. Frente a esa realidad, aún hay profesionales que apuestan por mantener vivo un trabajo artesanal que parecía condenado a desaparecer. En muchos casos son emigrantes latinos, pero también chinos.

Nemesio Rincón, de 44 años, tomó el relevo de una tienda de arreglos de ropa y tintorería situada en la calle Escultor Nogueira, que había cerrado tras la jubilación de su propietaria y la negativa de la familia a hacerse cargo del negocio. De origen colombiano, Nemesio tenía ya un negocio de confección en Colombia y lleva tres años en Vigo. Desde el primer momento se decantó por abrir este comercio, en parte porque, según explica, «muchas personas lo han descuidado».

Para él, coser no es solo una profesión, sino también una pasión. «A mí me hace muy feliz, llevo media vida en esto», comenta. Nemesio empezó a coser desde muy joven por tradición familiar: «Mi madre cosía». Además, se formó con un costurero y completó su aprendizaje en el Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA), en Colombia. Para él, la costura no se limita a arreglar ropa, sino que es «una rama del trabajo en la que uno puede implementar muchas cosas». Por eso anima a quienes tengan dudas a lanzarse y seguir dando continuidad a este tipo de negocios.

Otro caso que ilustra esta realidad es el de Margarita Montenegro, de 47 años, que lleva solo nueve meses al frente de su tienda de confección y arreglos de ropa, ubicada en la calle Jenaro de la Fuente. Margarita también comenzó a coser en su país natal, Perú. «He cosido toda mi vida, desde los 18 años», explica. Allí arreglaba ropa y confeccionaba prendas de niño y de mujer en una fábrica dirigida por ella misma, además de vender ropa al por mayor.

Margarita Montenegro, dueña del loca Hilarte

Margarita Montenegro, dueña de Hilarte. / Carolina Cachafeiro

Al hablar del futuro de la profesión, Margarita mira hacia los más jóvenes. «Hay mucha gente joven que todavía no sabe lo que es esto. Es un oficio bueno. Tengo 47 años y sigo con esto», señala. Con estas palabras, invita a la juventud a interesarse por un trabajo que requiere paciencia, precisión y muchas horas de aprendizaje, pero que todavía conserva espacio en la vida diaria.

Por eso, aunque haya quien dé por hecho que la costura acabará desapareciendo, siempre quedarán profesionales y amantes de la confección dispuestos a defender este oficio ancestral. Entre cierres, jubilaciones y falta de relevo, todavía hay quienes siguen abriendo la puerta del taller cada mañana para demostrar que, puntada a puntada, la costura aún tiene futuro.

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