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Sin hogarismo

Así es el día a día de un sintecho en Vigo a 30 grados: «Pego mi cuerpo a los muros, es lo más frío que tengo»

Juan García lleva décadas en la calle, enfrentándose a los sinsabores de la vida a la intemperie. En verano los efectos del calor ponen su salud al límite, provocando en él una agonía que solo pasa cuando cambia la estación

Juan García, quien no tiene hogar.

Juan García, quien no tiene hogar. / P.C.

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Patricia Casteleiro

Patricia Casteleiro

Vigo

Juan García nació sin suerte. Llegó a este mundo directo al barrio de Bichita, un agujero marginal en el que la heroína siempre acechaba a la vuelta de la esquina. Su inocencia se vio truncada cuando su madre se suicidó y su padre murió de cáncer. Todavía era menor de edad y acaba de quedarse solo en un hervidero de problemas: «Todo me vino grande», recuerda. Cobraba una pequeña pensión de orfandad de Barreras, pero era lo justo para sobrevivir.

Sus abuelos no tardaron en irse también. Tenían un edificio de tres plantas en el que había vivido Juan, sus progenitores y sus tíos. A nuestro protagonista le quedó una parte. Sin embargo, no había dinero que tapase la soledad con la que se despertaba y se iba a dormir. «Empecé a juntarme con gente más mayor que yo. No me enteraba de nada y se aprovechaban de mí», cuenta. Las malas compañías lo acompañaron en una travesía de consumo y mala vida. Se dio cuenta de que estaba enganchado en una ocasión en la que pensó que tenía gripe y en realidad era síndrome de abstinencia. En una de sus idas y venidas a otros mundos, sus tíos le hicieron firmar un papel y se quedó sin nada.

A lo largo de 30 años entró y salió de clínicas de rehabilitación, estuvo más o menos enganchado, pero casi siempre volvía a la calle. Es donde vive ahora, en Jacinto Benavente, en una especie de habitáculo tipo tienda de campaña. Los días son hostiles. Esta semana el mercurio va a superar en Vigo los 30 grados y a partir de las 12 se crea un efecto invernadero insoportable. El calor se conserva algunas noches toledanas y pone en riesgo su vida. «En la última ola de calor me dio una lipotimia. Me pego siempre al muro porque es donde se está más fresco, pero cuando me quise dar cuenta me estaba mareando, estaba perdiendo la consciencia», dice. «Si un día me pasa algo, no sé cuanto tardaría en encontrarme», añade.

El albergue de Vigo permite estancias de 15 días, un tiempo mínimo para una persona que vive permanentemente a la intemperie. «Algunos preferimos no ir porque hay muchos robos. Hay quien duerme con sus pertenencias debajo de la ropa, pero te arriesgas a quedarte sin nada», explica. Durante el invierno, los días de frío, las personas en situación de calle fueron llevadas a hostales y albergues, pero en el estío no ocurre lo mismo. Se hicieron reparticiones de agua que llegaron una mínima parte. Juan apunta que se desconocen los lugares en los que residen: «Muchos grupos están en lugares que no se conocen, lejos de la vía pública».

Hoy el calor no es lo único que le quita el sueño. Cree que padece el mismo cáncer que mató a su padre y a su abuelo porque tiene un bulto creciente. Está pendiente de los resultados y duerme pocas horas, de tres en tres, pensando en lo que le dirá su médico. «Soy un ser humano y no tengo derechos básicos. No puedo acceder a una vivienda, ni en mi situación», reflexiona.

Mientras divaga sobre la ausencia de ayudas, aparece en escena Carlos, otro compañero sin hogar cuya vida está a punto de cambiar. Fue la primera víctima de un delito de odio por aporofobia en Vigo, cuando en marzo de 2025 dormía en unas galerías y un grupo de jóvenes lo atacó, escupió e insultó. Las partes llegaron a un acuerdo y los atacantes aceptaron seis meses de cárcel y una multa. Ahora, acaban de aprobarle el Ingreso Mínimo Vital y está iniciando las gestiones para alquilar una habitación. Tras años en la calle, volverá a tener un techo.

Poco antes estuvo en la nave que se derrumbó y le costó la vida a un compañero. Vivía allí. Él se había caído del segundo piso al sufrir un ataque de epilepsia. «Todos los que residíamos allí no fuimos reubicados, nos dispersamos por donde pudimos», lamenta, y anhela un futuro en el que tener un techo no sea un factor de suerte: «Hay tantas otras naves en abandono que podrían ser albergues para nosotros».

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