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Ocio alternativo

Aumentan las asociaciones cannábicas en Vigo: hay cinco y tienen más de 500 socios

Se camuflan de cara al público tapando sus cristaleras y solo se puede acceder a través de la invitación de otros miembros

Un joven fumando una sustancia indeterminada.

Un joven fumando una sustancia indeterminada. / Pablo Hernández Gamarra

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Patricia Casteleiro

Patricia Casteleiro

Vigo

El fumador de marihuana no responde a un perfil. Quizá parezca un vicio adolescente, pero los más de 500 miembros que conforman las asociaciones de Vigo demuestran lo contrario. Cientos de personas de todo tipo y con edades que van desde los 23 hasta los 60 años se aproximan de vez en cuando a su club de confianza a echar un canuto.

Estos lugares, salpicados en el centro y en la periferia, están en plena ebullición. Algunos llevan funcionando más de una década y el último surgió este año, en una calle de la zona norte de la ciudad.

Se caracterizan principalmente por la clandestinidad. Son bajos comerciales camuflados, tapados con papel de pegar o similares para que no se deduzca lo que ocurre dentro. También hay casas que disimulan en barrios de viviendas y funcionan como pequeños clubs. No es sencillo encontrarlos, pero aun así no cualquiera puede entrar. Para formar parte es fundamental ser invitado por otro miembro. Sin aval no hay pase. Tampoco puede acudir alguien que nunca probó el THC, no el sitio para experimentar, sino para consumir de forma responsable.

Un socio, que no da su nombre para protegerse, explica que una vez allí hay que pagar una cuota mensual. «Son espacios sin ánimo de lucro. La idea es ir y fumar evitando que te multen por tenencia en la vía pública», indica. Allí hay una cantidad concreta que se reparte entre los asistentes para usar en el momento.

«No es solo consumir, también se hacen eventos como concursos de pintura», dice. La creatividad vuela dentro de las paredes. También en exteriores: «Si hace bueno salimos de excursión, vamos a los karts, por ejemplo. La gente acaba haciéndose amiga entre sí», apunta.

Un exmiembro que frecuentaba una de las casas habilitadas para el consumo, en este caso en el rural vigués, cuenta que en el espacio hay todo tipo de entretenimientos para pasar el rato, desde Play Stations, a juegos de mesa o una barra de bar, además de múltiples espacios para sentarse. «La frecuencia era personal, había gente que iba diariamente y otros una vez al mes. Pero lo normal era encontrarte entre 5 y 20 personas», señala.

Según los usuarios, en las listas de la más pequeña aparecen unos cien miembros: «Hay un tope. Otras son más piratas y cuando llegan al límite de personas rompen los papeles y siguen sumando», afirma uno de ellos.

¿Es legal?

Según explica Vanesa Oulego, representante en Vigo del SUP de la Policía Nacional, determinar la legalidad de estos espacios y sus costumbres no es sencillo. «En España no hay ley que las regule y se mueven en un terreno controvertido. Si realmente funcionan como un punto de distribución de droga o van más allá del consumo compartido, pueden estar cometiendo un delito contra la salud pública», dice. «No se pueden meter todas en el mismo saco».

Consumir cannabis no es un delito si es en privado. El problema está cuando se hace o se lleva en la vía pública. «Mucha gente cree que puedes llevar x gramos y no pasa nada, pero es un mito. No hay cantidad permitida por ley. Lo que se valora es el conjunto de circunstancias, cada caso es individual», añade.

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