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RELEVO EN LOS FOGONES

El histórico restaurante de Canido que busca un nuevo delantal: mesa puesta para el próximo relevo

No buscan solo un relevo, sino alguien que cuide un legado. La jubilación de Tere obliga a los propietarios de Canto da Area a encontrar un nuevo responsable que mantenga la esencia de uno de los establecimientos más emblemáticos de Canido, con más de 30 años de historia

Meli López, propietaria del restaurante Canto da Area, en Canido.

Jose Lores

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Vigo

El restaurante Canto da Area, uno de los establecimientos más emblemáticos de Canido, vuelve a repetir la misma historia que hace quince años. Tras la jubilación de su actual responsable, Tere, el negocio busca una persona que tome las riendas de un popular local que desde 1994 ha ido creciendo hasta adquirir un significativo reconocimiento.

La historia del restaurante comenzó hace más de treinta años, cuando Meli López y Nardo Araújo decidieron apostar por un sueño. Él era navegante y ella funcionaria de la Administración del Estado. Una indemnización laboral les permitió dar el paso. «No teníamos mucha idea, pero nos salió muy bien. Hemos tenido siempre muy buena gente y muy buenos empleados de los que hemos aprendido mucho», valora Meli.

La propietaria del local recuerda que los comienzos fueron difíciles y el esfuerzo estaba a la orden del día. Mientras el negocio daba sus primeros pasos, Meli compatibilizaba su trabajo en la Agencia Tributaria con el restaurante gracias a una reducción de jornada. «Mi marido me decía que dejara el trabajo, pero yo no quería por si algún día llegaba alguna minifaldera», recuerda entre risas.

Vigo. Propietaria del restaurante Canto da area que se jubilan

Meli López junto al cartel original del local instalado en 1994. / Jose Lores / FDV

La dedicación caracterizó a aquella primera etapa. «Los dos primeros años no cerrábamos ni un solo día, trabajábamos desde primera hora de la mañana hasta la noche. Después, ya nos permitimos el lujo de cerrar los domingos», asegura. Con el paso del tiempo, el establecimiento fue creciendo e incluso ampliaron el local con una segunda planta que albergó un «comedor espectacular». Sin embargo, cuando llegó el momento de la jubilación de Nardo, ese espacio se convirtió en vivienda, donde hoy reside la familia.

La cocina fue uno de los grandes reclamos del restaurante. Las perdices alcanzaron fama propia. «Nuestro proveedor decía que vendíamos nosotros más perdices que toda Galicia junta», expresa Meli. Tampoco faltó nunca el marisco fresco, en la búsqueda del mejor producto posible.

Hace quince años llegó el primer relevo. El negocio quedó en manos de una persona que lo conocía muy bien: Teresa, la cocinera. «A mí me vendieron la moto y yo quería comprar un coche. Me dijeron que viniera a trabajar y a los días me dijeron que era para quedarme con el restaurante», bromea —o no tanto— la actual inquilina.

El menú del éxito

Aunque mantuvo la esencia del local, la receta de trabajo era distinta. Mientras los fundadores habían apostado principalmente por un servicio de carta, Tere reforzó el menú del día, convirtiéndolo en una de las señas de identidad del establecimiento. «Todos los días hay gente esperando en la puerta para entrar a comer, incluso en invierno», destaca.

Ahora, también ha llegado su momento de despedirse de la hostelería. Afirma que seguirá yendo a visitar a Meli y a su familia, pero tiene claro que se quiere jubilar y cerrar esta etapa, a la que pondrá fin el próximo 30 de agosto.

Los propietarios ya han recibido varias propuestas para hacerse con el negocio, pero la decisión todavía no está tomada. Tienen claras las cualidades que tiene que tener la próxima persona inquilina, que se va a encontrar con «todo el trabajo hecho»: «ser honrada, cogerlo con cariño y que no abuse de los precios». El deseo de Meli —y de Tere— es que el restaurante conserve su identidad, manteniendo el nombre actual, en referencia al antiguo límite de la arena con el Mar de Toralla, y que «quien llegue lo cuide con el mismo cariño con el que lo hemos hecho nosotros, porque aquí está nuestra vida», tal y como concluye López.

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