Reencuentro
Atlántica vuelve a casa por Guillermo Monroy
Menchu Lamas, Ánxel Huete y Antón Patiño vuelven a sentarse juntos, 40 años después del final de Atlántica, en la casa-museo de Román Pereiro. La figura de Guillermo Monroy, fallecido con solo 28 años, sirve de hilo conductor para recordar al artista, discutir sobre pintura y reconstruir los orígenes de un movimiento que cambió la plástica gallega

Pedro Fernández
Atlántica vuelve a reunirse. En un edificio antiguo de la plaza de la Constitución, Román Pereiro abre las puertas de su casa. Lo hace con el propósito de volver a juntar a algunos de los principales impulsores de aquella iniciativa, en un espacio que es casi un museo y que está repleto de obras de las grandes figuras de la Galicia artística de los años ochenta, entre ellas las de sus propios invitados.
Este médico vigués fue el gran aglutinador de lo que terminaría convirtiéndose en Atlántica, un episodio decisivo de la plástica gallega impulsado por Guillermo Monroy, Menchu Lamas, Ánxel Huete y Antón Patiño.
La reunión comienza con el propósito de rendir homenaje a Guillermo Monroy. El artista, natural de Navia, en Vigo, falleció con solo 28 años en un accidente de tráfico. Ahora, 44 años después de su muerte y cuatro décadas después del final de Atlántica, sus compañeros vuelven a sentarse juntos para hablar de aquella «alegría de vivir» que tanto lo caracterizaba.
«Pintaba rápido. Sus obras eran espontáneas y frescas», afirma Menchu Lamas, la primera que se anima a intervenir.
Ánxel Huete cuestiona enseguida la relación que en ocasiones se ha establecido entre la obra de Monroy y la de Matisse. «Yo nunca vi esa relación. Para mí, la pintura de Guillermo era otra cosa. Había velocidad, espontaneidad, pero nada de Matisse».
Antón Patiño recoge el hilo: «Desde mi punto de vista, había más expresionismo que ninguna otra vanguardia. Aun así, Guillermo era un idealista; puede que eso sea lo único que hay de Matisse en su obra».
La muerte prematura de Monroy dejó a Galicia sin un artista que podría haber desempeñado un papel clave en su historia. Todos coinciden en que tenía «mucho potencial» y que era «un creador nato». Sobre lo que podría haber llegado a ser no hay respuestas, pero Huete lo resume con claridad: «Murió demasiado pronto. Tenía toda la vida por delante, era brillante y poseía unas capacidades artísticas que todavía le quedaban por explorar».
Sentados unos frente a otros, la conversación va tomando forma de tertulia. Hace tiempo que no se ven y los sentimientos están a flor de piel. Se encuentran en la casa de quien fue «el padre de Atlántica», Román Pereiro, o Mancho para ellos, que los apoyó desde el principio hasta el final de un proyecto que terminó convirtiéndose en mucho más que eso.
«Yo era un enamorado de Guillermo. Desde el primer momento en que vi su obra supe que estaba ante un artista de los pies a la cabeza. Además, nos unía una fuerte amistad», afirma Pereiro durante una conversación en la que va fijando recuerdos y certezas que ninguno de los presentes discute.
Aunque la excusa del encuentro es hablar de la figura de Guillermo Monroy —o «Guillermito», para la familia y los amigos—, las opiniones sobre Atlántica no tardan en salir a la luz. Desde el origen del nombre hasta la influencia que tuvo en sus obras el viaje que los cuatro realizaron juntos a Nueva York, afloran recuerdos y también discrepancias.
La presencia de Mancho los obliga a detenerse, pensar y volver sobre sus propias versiones. Como al comienzo de todo, Román Pereiro continúa siendo el aglutinador —o el mecenas, aunque no le guste demasiado esa denominación— que devuelve la conversación a la realidad de aquel momento.
Atlántica fue un punto de inflexión en el arte gallego. «Nosotros éramos arcaicos. Nuestro arte no estaba en el mismo punto que el del resto de Europa. Atlántica fue una iniciativa autogestionada que vino a proponer un cambio ante aquella realidad artística», sostiene Huete.
Durante la dictadura franquista, el país había sufrido un profundo parón cultural, marcado por la imposibilidad de desarrollarse libremente y por la persecución de las ideas contrarias al régimen. En un momento de efervescencia artística en Europa, España —y, con ella, Galicia— se había quedado sin los recursos y la libertad necesarios para avanzar.
La muerte de Franco trajo consigo una apertura al mundo. Artistas hasta entonces sometidos a las normas impuestas, o directamente obligados a huir de los grises por su actitud reivindicativa, empezaron a encontrar respuestas a preguntas que llevaban años formulándose. De aquel despertar nació Atlántica: la gran renovación de la plástica gallega de los años ochenta.
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