Turismo
De ciudad de paso a marca turística: Vigo también se lleva en la maleta
Durante años, Vigo fue vista como una ciudad de trabajo, puerto y fábricas, más que como un destino de vacaciones. Hoy, esa imagen ha cambiado: la Navidad abrió una puerta que después reforzaron las playas, el Casco Vello, las Cíes, la gastronomía y una iconografía urbana cada vez más reconocible. El resultado se nota en la calle y también en los escaparates: Vigo ya vende como marca propia

Turistas texanos con sus recuerdos de Vigo. / Alba Villar
A mediados de los años noventa, Vigo ostentaba con orgullo el título de motor económico de Galicia, pero apenas encontraba hueco en la agenda vacacional. Quien viajaba entonces a la comunidad por turismo solía poner rumbo a Santiago y su Catedral, a las playas de Sanxenxo o a Baiona. Vigo era, como mucho, una parada funcional para trámites, reuniones de negocios o una base cómoda desde la que visitar las Islas Cíes.
Tres décadas después, la imagen de la urbe olívica ha crecido mucho más allá de las fábricas, el puerto y la pesca. Vigo se ha consolidado en el imaginario colectivo como un destino turístico por derecho propio, capaz de atraer visitantes durante las cuatro estaciones del año.
El cambio se percibe con claridad detrás de los mostradores del comercio local. «Aquel punto de partida fue, sin duda, la irrupción de la Navidad. La gente venía atraída por las luces, pero durante el día descubría que también había playas, un Casco Vello bonito y buenas comunicaciones. Vieron que era un sitio que también se podía aprovechar para el verano», explica Óscar Sendón, comerciante vigués.
Los iconos de Vigo
Ese auge ha transformado también el tipo de recuerdos que los visitantes buscan llevarse en la maleta. En establecimientos como Morriña Shop, su responsable, Pablo Otero, ha vivido en primera persona el cambio en la demanda. «Antes no se hacía nada de merchandising de Vigo. Se vendían cosas de Santiago, del Camino o trisqueles. Hoy prácticamente la mitad de la tienda son diseños de Vigo, porque la ciudad ya vende como marca propia; la gente pide recuerdos de aquí», destaca.

Souvenirs de la tienda Morriña. / Alba Villar
En esa carrera por construir una iconografía turística propia, los símbolos urbanos más céntricos se llevan la palma. «Lo que más vende, sin duda, es la palabra Vigo, porque el viajero se quiere llevar algo que pueda reconocer en su lugar de origen. Después también se venden imágenes de los lugares más cercanos para los turistas, como el Sireno, por donde se mueve todo el flujo peatonal, o incluso O Castro», señala Otero.
A esos iconos se suman motivos con capacidad de conectar con públicos muy distintos: Julio Verne, el pulpo, la gastronomía o el propio imaginario marinero de la ciudad. También el Dinoseto, que abrió camino antes del boom navideño, conserva su tirón. «Sigue sacando sonrisas y vendiendo a día de hoy», apunta el comerciante.
No todos los símbolos urbanos funcionan igual entre los visitantes. Hay referencias muy reconocibles para los vigueses que, sin embargo, no llegan con la misma fuerza al turista. «El monumento de los caballos, en la plaza de España, al no estar en un sitio de paso, la gente no lo ve mucho. Los rederos, aunque estén algo más céntricos, tampoco los conocen tanto, porque los turistas se mueven principalmente por el Casco Vello», explica Otero.
Traspasando fronteras
El mayor reflejo de la popularidad de Vigo se nota también fuera de la ciudad. Turistas llegados de Texas aseguran que el nombre de la urbe olívica ya empieza a sonar al otro lado del Atlántico. «Les he comprado un par de camisetas de Vigo a nuestros hijos. Cuando tienes 20 años quieres lucir cool e ir a la moda, y ellos querían tener algo que fuera de Vigo, no de España», explican.
También pesa la repercusión internacional alcanzada por la Navidad viguesa. «La Navidad de Vigo es conocidísima allá en Texas. El alcalde de Vigo ha hecho una revolución increíble. Siempre que me preguntan cómo es la Navidad, les digo que tienen que venir», añade una visitante.
Vigo ha pasado así de ser una ciudad de paso a convertirse en una ciudad que se busca, se visita y se recuerda. Ya no es solo el lugar desde el que embarcar hacia las Cíes ni el gran motor industrial del sur de Galicia. Ahora también es una marca reconocible, una postal urbana y un nombre que los turistas quieren llevarse escrito en una camiseta, una taza o una bolsa. La ciudad que durante años miró más al trabajo que al escaparate ha aprendido a venderse sin dejar de ser ella misma.
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