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Falta de vocaciones

El último vigués en querer ser cura hizo la Selectividad hace ocho años: «El papa Francisco me dijo que tenía que ser divertido»

El último joven en acceder directamente desde la Selectividad a la carrera sacerdotal en la diócesis Tui-Vigo lo hizo en 2013

Juan González

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Patricia Casteleiro

Patricia Casteleiro

Vigo

Hace dos semanas miles de jóvenes se jugaban su futuro en la PAU, lo que antes era la Selectividad. Algunos acudían nerviosos a sacar nota, pero para otros era un mero trámite. En esta convocatoria, en el área que cubre la diócesis Tui-Vigo, no hubo ningún estudiante que al finalizar desease seguir el camino espiritual y, de hecho, no pasa desde hace casi una década.

El redondelano Juan González fue el último. Tiene 26 años y está a uno de convertirse en sacerdote. Por edad, ya debería haber acabado, pero antes estudió Magisterio. Lo hizo porque tenía dudas sobre su futuro. «Así podía darme un tiempo extra para esclarecer si Dios me estaba llamando o no», dice. «Me vino de maravilla hacer la carrera. El cuarto año ya me di cuenta de lo que quería después. Yo había seguido yendo a misa y colaborando en mi parroquia», añade.

Al asentar sus ideas buscó un director espiritual y en septiembre ya estaba en el Seminario. Antes que él, para encontrar a otros dos jóvenes interesados en ser sacerdotes en la diócesis, hay que remontarse a 2013 y 2012. En sendos años hubo un aspirante. Son los últimos en acceder directamente desde Selectividad. De hecho, González cuenta que en el Seminario Mayor son 15 alumnos de toda Galicia en todos los cursos.

Vincula el descenso de las vocaciones a una sociedad cada vez más individualista y menos acostumbrada a los compromisos de largo recorrido. Cree que la llamada al sacerdocio sigue existiendo entre algunos jóvenes, pero que muchos encuentran dificultades para dar un paso que podría condicionar toda su vida. «Hay gente que sabe que está siendo llamada, pero le cuesta tomar la decisión», explica. Para el de Redondela, la vocación sacerdotal exige una entrega total a los demás, un planteamiento que choca con algunas de las tendencias predominantes entre las nuevas generaciones.

Con todo, apunta que «aunque hay que hacer algunas renuncias, una vez que tomas la decisión, empiezas a ver todo de otra manera. Uno siempre se pone en lo peor de primeras». Recomienda no tener miedo y mirar escenas como la del Papa en Madrid, donde miles de jóvenes acudían a verle bajo la misma creencia.

Juan González junto al papa Francisco.

Juan González junto al papa Francisco. / Cedida

Pero, ¿cuáles son esas renuncias en realidad? Se lo piensa dos veces antes de contestar. «Principalmente, formar una familia, lo demás no cambia tanto», concluye. Rechaza de lleno la imagen del seminarista aislado del mundo. Asegura que mantiene el contacto con sus amistades de siempre, sale con ellas cuando tiene ocasión y disfruta de momentos de ocio como cualquier otro joven de su edad. «Seguimos quedando, tomando algo y haciendo planes», resume. Durante los años en los que cursó Magisterio, incluso trabajó una temporada en la planta de Stellantis, una experiencia que le permitió conocer también la realidad laboral fuera del ámbito eclesiástico.

Esa visión fue reforzada por el propio papa Francisco durante una audiencia con seminaristas celebrada el pasado año. González recuerda que el pontífice les insistió en que debían transmitir alegría y cercanía. «Nos dijo que el seminarista tenía que ser una persona alegre, divertida y que irradiara felicidad», señala. Una idea que, a su juicio, rompe con muchos de los prejuicios que todavía existen sobre quienes deciden dedicar su vida al sacerdocio.

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