ARQUITECTURA
El Vigo que erigió Gómez Román
Se cumplen 150 años del nacimiento en Vigo del creador de varias joyas de su patrimonio monumental e industrial, además de muchas piezas «cotidianas», y cuya trayectoria profesional estuvo muy ligada a su activismo político y cultural. Tres arquitectos vigueses ponen en valor su legado.
Varias joyas del Vigo monumental como los edificios de Correos, el Simeón o el del Banco Santander salieron de su escritorio, a igual que La Panificadora y otros elementos icónicos del patrimonio industrial e incluso el religioso. Pero Manuel Gómez Román ( julio de 1876, noviembre de 1964) también diseñó muchas piezas «cotidianas» que construyeron la ciudad que hoy habitamos y que, en algunos casos, conviven con nosotros casi en el anonimato. Un genial arquitecto que además tuvo una gran influencia en la vida cultural y política. Ambos legados permanecen vivos y merecedores de reconocimiento 150 años después de su nacimiento.
Junto a otros expertos, el arquitecto e historiador Jaime Garrido y José R. Iglesias Veiga, doctor en Historia del Arte y docente, contribuyeron a recopilar y reivindicar esta herencia durante años desde el Instituto de Estudios Vigueses (IEV). Pero la figura de Gómez Román no se agota. «Es un arquitecto a explorar. Con el paso del tiempo van apareciendo cosas y los medios digitales facilitan el acceso a más información», destaca José Luis Varela Alén.

El arquitecto vigués Manuel Gómez Román. / FDV
Gómez Román inició los estudios en Madrid siguiendo los pasos de su hermano Benito. Allí coincide con Antonio Palacios, pero abandona la carrera en el curso 1895/96 tras el desencuentro con uno de sus profesores. No retomaría los estudios hasta casi dos décadas después, animado, entre otros, por el propio Palacios, pero nunca dejó de proyectar y construir edificios que fueron firmados por su hermano y otros técnicos.
«Era muy viajero e incluso vive un tiempo en Buenos Aires. En esos primeros años, antes de retomar la carrera, ya realiza edificios asociados al lenguaje modernista que estaba de moda, al Art Nouveau. De esa época es el edificio Simeón, que era un proyecto de su hermano Benito pero que él modifica y hace suyo tras su muerte repentina, la Casa Mülder en As Avenidas, el monumento funerario a Concepción Arenal en Pereiró o la desaparecida Casa del Pueblo en García Barbón», detalla Varela Alén, también miembro del IEV.
Tras acabar sus estudios en 1916 y permanecer un tiempo en Madrid, regresa a la ciudad e inicia una segunda etapa influenciada «por el clasicismo monumental, cosmopolita y muy urbano de Palacios». Pertenecen a ella el edificio del Banco de Vigo (después Pastor y hoy Santander) de 1921, el de Correos en la plaza de Compostela (1922) o la remodelada sede del Celta en Príncipe (1921).

José Luis Varela Alén / ALBA VILLAR
Cumple 60 años en 1936 y, durante la posguerra, retoma su lenguaje más regionalista: «Los racionalismos y la arquitectura de vanguardia le cogen un poco tarde y se refugia en ese regionalismo gallego que estaba muy identificado con su postura política. Siempre fue muy activo y tuvo mucha participación y peso en la ciudad. Incluso se presentó a la Alcaldía y fue concejal».
Militante del Partido Galeguista, fue elegido secretario xeral en el 34 y mantuvo este compromiso durante la posguerra en la clandestinidad. Y, en el ámbito cultural, presidió varias sociedades como La Oliva y fue uno de los fundadores de la Fundación Penzol y la Editorial Galaxia, además de miembro de la Real Academia Galega.
Aunque la mayoría de su obra y la más influyente se concentra en Vigo, Gómez Román, del que se conservan muchos dibujos a tinta y perspectivas donde queda patente su enorme destreza, también llevó a cabo proyectos en otras ciudades gallegas como Santiago. «Desde su primera época, la burguesía le encargaba viviendas unifamiliares. Incluso diseñó una para el obispo Eijo y Garay en 1927 que ahora está totalmente irreconocible en O Castro, cerca de la parroquia de La Soledad», apunta.

La fábrica conservera de Alfageme. / JOSE LORES
También la familias Mirambell y Alfageme, cuya fábrica conservera diseñó en el 29, le encargaron sus panteones en Pereiró. Y de su última época, la más regionalista, es su proyecto para la capilla de A Guía (1951). Curiosamente, en el mismo lugar donde su amigo Palacios había diseñado el Templo Votivo de la Paz veinte años antes.
A pesar de su amistad, Gómez Román fue uno de los arquitectos que se opuso fuertemente al Plan Palacios aprobado por la corporación viguesa en 1934 y firmó un duro manifiesto junto con Jenaro de la Fuente y Manuel Gómez Román en las páginas de FARO. La prensa fue testigo del enfrentamiento y finalmente el proyecto de ordenamiento del porriñés acabaría siendo descartado ante el rechazo unánime generado.

Manifiesto firmado por Gómez Román y publicado en FARO contra el Plan Palacios. / FDV
Muy poco tiempo después, sería Gómez Román el que tendría que devolver al cajón su proyecto de ordenación del frente marítimo de Vigo con motivo de la frustrada Exposición Internacional de Pesca de 1935, para la que contemplaba un pabellón gallego de conservas, un acuario o edificios de aduanas.
El arquitecto moriría en 1964, «casi ciego como Palacios» y «dando el testigo de su generación, la más antigua, a una nueva oleada influenciada por la modernidad e integrada por profesionales como Pérez Bellas, Pernas, Llañez, Pérez Lorente o el propio Bar Bóo».

Detalle del bajo cubierta de la casa para Saturnino García en la plaza de Compostela. / Alba Villar
De su prolífica obra, Varela Alén elige el inmueble para Saturnino García en la plaza de Compostela con García Olloqui (1912) y la mucho más modesta Casa de Labradores en la avenida de Ramón Nieto (1911): «Tenía obra estupenda en esta primera época. El edificio de la plaza de Compostela es muy elegante y me parece un ejercicio especial todo lo que es el ornamento y el bajo cubierta retranqueado con balcones y adornado con cabezas de león».
Salvador Fraga también se queda con esa etapa inicial, en concreto, con la Casa Mülder (1910), donde «confluyen dos líneas muy potentes, la urbanística y la arquitectónica». Respecto a la primera, destaca que es uno de los primeros edificios que se proyectan sobre el Ensanche diseñado por García Olloqui. «Vigo derriba las murallas, se ensancha e inventa el urbanismo en cuadrículas. Era una experiencia nueva. Y además es una manzana que da al mar y esto es clave para entender la sensibilidad del edificio», destaca.
«Es muy singular porque no es historicista ni regionalista, sino fresco y muy natural. Gómez Román era muy joven, aún no tenía la titulación, y se nota esa libertad. Se dedica a ser creativo por él mismo. También es consciente del desafío de estar ante un puerto, que es algo abierto, y ahí están las influencias europeas», señala.

Salvador Fraga. / MARTA G. BREA
Para Fraga es, sin duda, su obra más creativa frente a las más academicistas y regionalistas de su trayectoria. Y la relaciona además con todos esos edificios de la «arquitectura cotidiana» de Gómez Román en Vigo, muchos «anónimos» pero que «crean una ciudad bien hecha».
Sin embargo, es diferente a todas y «el único en el que los elementos decorativos, que los tiene, surgen de elementos utilitaristas»: «El Simeón, que es un prodigio, una belleza, tiene una enorme cantidad de decoración. Pero en la Casa Mülder emana de la propia naturalidad con la que fluye el edificio. Los miradores que sobresalen de la fachada en curva hacia la ría tienen una lógica utilitarista. Ablanda la esquina de la cuadrícula por la sensibilidad de estar al lado del mar y recoger la serenidad de una ría. La dobla como luego lo haría también Antonio Palacios en el frente del García Barbón. Y además no renuncia a colocar una puerta o un elemento vertical trazado. Y eso crea una complejidad técnica que es de donde sale la propia decoración del edificio».

Casa Mülder, en As Avenidas. / Alba Villar
«Jaime Garrido hablaba muy certeramente de que la estereotomía es prodigiosa. Hay mucha pericia técnica en esas piedras alabeadas», describe Fraga, que compara la maestría de Gómez Román con la de los carpinteros de ribera a la hora de ensamblar las maderas curvas de los cascos de los barcos.
También se refiere a la cúpula, «revestida de cerámicas para que brille porque quienes llegan a puerto buscan luces, referencias. No está diseñada para ver desde la ciudad, sino desde el mar».
«Para mí, la Casa Mülder es un edificio espejo de la ciudad, el que mejor refleja el carácter de Vigo, que es un poco ir por libre. No se parece a otras obras de Gómez Román. Tiene mucha magia porque aquí él va por libre, tiene una intuición abierta muy grande y también la técnica», resume Fraga.

Iria Sobrino. / JOSE LORES
Por su parte, Iria Sobrino pone en valor su «compromiso» con la sociedad. «No soy experta en la arquitectura monumental diseñada civil ni religiosa, pero sí querría resaltar algo que pocas veces se reivindica de esta figura: fue un hombre implicado con lo social desde sus inquietudes políticas. Incluso ejerció de arquitecto no oficial durante tiempo por discrepancias con la academia en Madrid, para posteriormente licenciarse años después. Estuvo implicado en la política municipal con aportaciones e iniciativas propias, pertenece al Partido Galeguista hasta la guerra, lo cual hace leer su arquitectura con un nuevo filtro. Si lo monumental en la ciudad es fundamental para ir comprendiendo nuestra huella y somos capaces, a su vez, de incorporar nuevas líneas e hitos con los años de reflexión, como lo industrial, no es menos importante que los arquitectos autores y defensores de muchos de estos hitos estén implicados en la sociedad de la que participan de una forma activa, respetuosa y discreta aunque valiente», reflexiona.
«La significación política o el posicionamiento con respecto a ideas sobre la ciudad y ser valiente a la hora de defender cosas que crees justas te puede valer menos encargos y creo que es algo a reivindicar en esta sociedad de hoy en día», añade Sobrino.

Edificio de La Panificadora. / Marta G. Brea
«Por coherencia propia», la arquitecta elige la Panificadora, la «catedral» laica de Vigo y de cuyo Plan de Usos es autora. Gómez Román diseña el germen que permite que crezca hasta el «objeto industrial complejo» que es a día de hoy y que aspira a convertirse en una «entidad urbana poderosa». «Me parece más difícil de conseguir la discreción, el ocupar tu lugar en el tejido, que la monumentalidad», opina.
«Me quedo con el origen del grandísimo futuro equipamiento que es La Panificadora, por su discreción y semilla de nuevo orden de agregación. Aunque con permiso de Alfageme, monumento industrial donde los haya como tejido y como espacio interior que espero pueda abrir sus puertas en toda su grandeza recuperada a través de una delicada rehabilitación. Alfageme es maravillosa, pero La Panificadora es semilla, algo continuable», compara.
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