Pintura y escultura
La élite del arte gallego se exhibe en Vigo: estas son las diez «joyas» de la Colección Municipal de Arte Galega
La exposición reúne una selección de 69 obras clave en el arte gallego desde los años 40 hasta el siglo XX. En ella, se pueden observar las creaciones de artistas tan potentes como Lugrís, Nogueira, Granell, Laxeiro o Moldes, entre otras figuras destacadas
La Colección Municipal de Arte Galega (CMAG) de Vigo abrió sus puertas al público por primera vez el pasado viernes. La exposición reúne una selección de las 69 obras más significativas del arte gallego desde los años 40 hasta finales del siglo XX, entre las que destacan pinturas, esculturas y una vidriera. Las creaciones, exhibidas en la primera planta de la Casa das Artes, fueron seleccionadas entre casi mil ejemplares.
«Son las obras maestras de algunos de los autores gallegos más relevantes de este periodo, son las mejores», destacó el comisario de la exposición José Ballesta. El también director del Museo Municipal Quiñones de León explicó que la muestra se encuentra colocada de manera cronológica.
Urbano Lugrís es uno de los principales protagonistas. Destaca su cuadro O cuarto do vello mariño (1946), impregnado de melancolía, donde la colocación de los objetos no es casual y cada uno de ellos tiene un sentido. Se trata de una propuesta fantasiosa con proporciones irreales. Una propuesta estética que en su época fue bastante repudiada y a hoy en día es considerada una de las mejores obras del momento. Como particularidad, se aprecia una vajilla en la que el artista dibujó sus iniciales y un cuadro con vistas del puerto de Vigo. Además, el craquelado es intencionado porque el autor quería que pareciera una pintura flamenca antigua. Según se ha transmitido a lo largo de los años, lo consiguió añadiendo orina al óleo.
Camilo Nogueira, nacido en Lavadores, es uno de los grandes escultores de Galicia. Consideraba que su mejor obra era Natureza. Cuenta la historia que Nogueira encontró una raíz de acacia y le fue dando forma, construyendo personajes que se encadenan alrededor de una serpiente. La escultura, de principios de los años 40, tiene gran reclamo entre los peregrinos.
Otro de los cuadros que se roba las miradas del público es Cabalo surrealista, pintado por Eugenio F. Granell (1946). El poeta, escritor y músico coruñés huye del país en la posguerra rumbo a República Dominicana, donde despierta su vena de pintor. La obra pertenece a su primera época. En ella se observan dos influencias bien distintas: la del caballo del Guernica y el colorido caribeño, dando lugar a una criatura salvaje llena de fantasía. El Concello de Vigo está en proceso de comprar la obra.
Laxeiro es otro pintor que se ve obligado a abandonar la comunidad. Viaja a Buenos Aires, donde recibe el encargo de pintar una romería. Así surge A barca Espacial (1961), que hace alusión a la nave de la locura y a la pintura medieval en una línea expresionista y caricaturesca mediante la creación de seres irracionales. Se cree que el personaje que aparece tocando el violín es el propio artista, animando al resto.
Aunque a los tres años marchó de Vigo, José Frau siempre se consideró un autor gallego. Es uno de los renovadores del paisaje. Lo configura mentalmente y lo lleva a la tela a través de grumos en diferentes capas con una vibración cromática muy intensa. Prueba de ello es Escurece (1970).
Néboa, de Tino Grandío (1962), es pura abstracción. Una gran variedad de grises se mueven con libertad de tonos y formas. Por su parte, la obra Xogando na praia de Mario F. Granell (1973) entra en la época de los años 70, marcada por una reinterpretación de la figura y la influencia del británico Francis Bacon. El coruñés, hermano de Eugenio F. Granell, pasó por una situación límite en la que llegó a estar en la cárcel y, posteriormente, emigra a Venezuela, donde alcanza su plenitud artística.
En los años 80 llega la democracia. El país experimenta una efusión donde reinan la libertad y el optimismo. Ello se refleja en una explosión del color y de las formas. Es la época a la que se remontan las exposiciones de la Praza da Princesa, un hito cultural en la ciudad olívica que sucedió cuando una serie de artistas empieza a exponer sus creaciones al aire libre y a presentar al público nuevas formas. De esas reuniones surge Atlántica, de la que Manuel Moldes fue uno de los fundadores. Destaca su obra O avó Gran Dida no sillón (1983) en la que se aprecia a una criatura inmensa dibujada a gran escala.
Otro artista que empieza con Atlántica es Francisco Leiro. Posteriormente, viaja a Nueva York y trabaja en la galería Marloborough. Su obra Carroña (1987) pertenece a esa etapa. Es un cadáver sacrificado extendido sobre un altar. Aunque después se centró solo en el uso de madera, la escultura incorpora granito.
La exposición se cierra con una sala en la que se muestran obras realizadas por artistas en los años 80, pero que triunfarían en los 90. Ejemplo de ello es Talismanta, de Berta Cáccamo (1989). Se trata de un textil sobre el que la pintora interviene y crea un talismán. Mediante el uso de un material pobre, la autora consigue una una obra de arte.
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