Horacio, el alumno inesperado de Estética en Vigo: «Con 63 años y siendo hombre, era una cosa medio rara»
Este argentino terminó una FP de Estética y Bienestar para trabajar junto a su mujer en el negocio familiar que ambos regentan en Redondela

Horacio con algunas de sus compañeras de FP. / Cedida
Cuando Horacio Eduardo Pérez Barreto llegó a Redondela desde Argentina, hace siete años, no imaginaba que acabaría entrando en una cabina de estética ni que, con más de 60 años, volvería a sentarse en un aula para cursar una FP. Venía con su mujer, María Alejandra, y con sus hijos mellizos, que entonces tenían ocho años y hoy ya tienen quince, dispuesto a empezar una nueva etapa laboral en Galicia. Pero la realidad fue más complicada de lo que esperaba.
«Yo iba, presentaba los currículums y todo, pero en algún momento me explicaron que a la edad que yo tenía no estaban tomando gente», recuerda Horacio, que había trabajado en el sector de seguros en su país natal. Así que comenzó a colaborar en el negocio que su mujer acababa de poner en marcha en la villa, Trisquel Estética, un centro que en noviembre cumplirá seis años abierto.

Horacio y su mujer María Alejandra. / Cedida
Al principio, su papel estaba lejos de los tratamientos. Horacio se ocupaba de la parte administrativa, de tomar citas, de la caja, de los cobros y de la venta de productos. Pero poco a poco el trabajo fue creciendo, empezaron las relaciones con laboratorios y el día a día del centro exigía más conocimientos. También hacía falta otra persona en cabina. Fue entonces cuando decidió matricularse en un ciclo superior de Estética y Bienestar en el IES de Teis.
«La intención al principio era hacer un par de módulos que me permitieran trabajar», explica. Pero lo que iba a ser una formación puntual terminó convirtiéndose en un camino de cuatro años. El ciclo completo dura dos, aunque él lo fue cursando por módulos, compaginándolo con el negocio familiar. Este año, finalmente, lo terminó.
Su caso no pasó desapercibido. No solo por su edad, sino también por ser hombre en un ámbito mayoritariamente femenino. «Una cosa medio rara, por decirlo de alguna manera», admite con humor. «No hay muchos hombres que se dediquen a la parte de estética. En el 98% de los casos son mujeres, salvo algunos masajistas, pero son masajistas, no hombres que hacen estética». En el instituto, cuenta, siempre había «uno o dos varones nada más» y este curso cree que ha sido el único hombre que promocionó en su especialidad.

Horacio junto a sus jóvenes compañeros de clase. / Cedida
«La acogida fue excelente»
La diferencia de edad tampoco fue un obstáculo. Horacio, que en noviembre cumplirá 64 años, era mayor que la mayoría de sus profesoras y, por supuesto, que buena parte de sus compañeras. Aun así, asegura que la acogida fue excelente. «Todo el mundo me trató muy bien. La verdad es que es difícil, porque hay que adaptarse a que un hombre trabaje con ellas, y nadie tuvo ningún problema», afirma.
De las materias del ciclo, sus preferidas fueron las teóricas: cosmetología, procesos y dermoestética. Entre las prácticas, se queda con los tratamientos, el drenaje linfático y los masajes. Lo que más le costó fue la depilación. «Yo no tengo práctica en eso. Es muy raro un hombre depilando», reconoce. Sus compañeras le ayudaron a sacar adelante esa parte de la formación.

Horacio, arriba a la derecha, con profesores y compañeros. / Cedida
Ahora, en Trisquel Estética, Horacio ya aplica buena parte de lo aprendido. Desde hace un par de años realiza masajes, pero a partir de ahora ampliará su trabajo con tratamientos estéticos, reductores, radiofrecuencia y técnicas vinculadas al ámbito hidrotermal, con algas y peloides. «Me ha servido muchísimo y lo voy a aplicar todo», asegura.
Nada en su trayectoria anterior apuntaba a este giro profesional. En Argentina trabajaba en el sector de los seguros y también en gestiones relacionadas con transferencias de vehículos. La estética llegó primero por necesidad, pero acabó convirtiéndose en una vocación inesperada. «Si no me hubiese gustado, no hubiese entrado nunca en cabina. Habría buscado la forma de manejar la parte administrativa», reconoce. Pero sucedió lo contrario: «Me fui enamorando de a poquito».

Horacio, aplicando un tratamiento en su centro de estética. / Cedida
Lo que más le engancha, dice, es la relación directa con las personas. «A mí me llega mucho el hecho de que la gente se sienta bien, que obtenga bienestar y que cuando salga te lo diga y lo reconozca», explica. «Es un trabajo muy raro el hacer sentir bien a otros. Uno puede vender productos, pero trabajar con la gente, que la gente se relaje y después se sienta bien y te lo diga, la verdad que es muy gratificante».
Horacio habla de Galicia con una gratitud que desarma. A su edad, y siendo extranjero, pudo acceder a una escuela pública, cursar un ciclo de FP de grado superior y graduarse, una oportunidad que confiesa que nunca ha dado por sentada. «Que una persona pueda volver a estudiar en cualquier etapa de la vida y encontrar en la educación pública una puerta abierta, me parece una cosa maravillosa», resume, agradecido por haber vivido esa posibilidad en Galicia.
«Que una persona pueda volver a estudiar en cualquier etapa de la vida y encontrar en la educación pública una puerta abierta, me parece una cosa maravillosa»

Horacio, con su banda de graduado. / Cedida
La elección de Redondela tampoco fue casual. Su padre era de la villa y esa raíz familiar pesó en la decisión de instalarse allí. «Mi padre era de Redondela, por eso vinimos. Tengo familia aquí», cuenta. Y resume su historia con una frase que une la emigración de ida y vuelta entre Galicia y Argentina: «Yo digo siempre que vine a cerrar el círculo que él abrió. Él se fue para Argentina y yo vine para aquí».
Siete años después de aquel regreso, Horacio se siente feliz en Redondela, integrado en el negocio familiar y con una nueva profesión entre manos. Técnico superior en Estética y Bienestar, emigrante argentino y vecino de la villa, ha encontrado en la cabina un lugar inesperado desde el que trabajar por el bienestar de otros. «Siempre uno se queja de las cosas malas, pero hay que reconocer las buenas. Me parece una cosa maravillosa que alguien pueda estudiar a cualquier edad y en una escuela pública».
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