Comercio local
Una saga de relojeros de Vigo se queda sin cuerda ocho décadas y tres generaciones después
La joyería-relojería Penín afronta las últimas semanas abierta por la jubilación del nieto del fundador de la empresa y la falta de relevo en la familia

Marta G. Brea

Tic tac, tic tac. La joyería-Relojería Penín recibe a los clientes con un sonido de fondo que evoca a otra época. La de aquellos relojes de pared «que molestaban al vecino y que ahora ya no se llevan», precisa desde detrás del mostrador Antonio Penín tras pedir unos minutos de margen para finalizar uno de los incontables trabajos de reparación que ha realizado en el taller de su negocio durante el último medio siglo, encargos que están llegando a su fin.
El 30 de junio, su empresa bajará la persiana para siempre, casi ocho décadas después de que su abuelo, Gumersindo Penín, pusiese en marcha en 1948 un taller en Porriño y 55 años después de que la joyería abriese sus puertas en el número 48 de la rúa Pizarro bajo la batuta de su padre, Braulio Penín, que sigue visitando el negocio prácticamente a diario «para echar una mano», al igual que su madre, Carmen Fernández.

Antonio Penín, realizando una reparación en el taller de su negocio. / Marta G. Brea
Sin embargo, con 66 años cumplidos, Antonio mira ya a su próxima jubilación y, a diferencia de lo que ocurrió con él, ninguno de sus tres hijos ha querido seguir sus pasos como joyero y relojero, lo que aboca a este negocio familiar, como muchos otros, a decir adiós al no poder ceder el testigo. ¿Da pena? «Bueno, sí y no, porque cada uno debe hacer lo que le gusta y yo nunca les presioné», reconoce Antonio, recordando que para él, las joyas y, especialmente, los relojes, fueron una vocación.
«Yo siempre lo tuve claro, venía de cuna. Cuando salía del colegio venía y cogía despertadores, los desmontaba, yo nací en el negocio y nunca pensé en hacer otra cosa», recuerda sobre sus inicios en plena Transición siendo moldeado por su padre, «porque él me enseño el oficio», pero también formándose continuamente dada la evolución de los productos con los que ha tenido que trabajar, primero con relojes mecánicos o de cuerda y después ya con todos los electrónicos. «En cualquier oficio, si no te renuevas estás condenado», proclama.
Medio siglo da para mucho (episodios de bonanza económica, graves crisis e incluso una pandemia), pero el balance para Antonio no puede ser más positivo. «Siempre tuvimos trabajo, especialmente de reparación porque eso nunca baja, sí que en crisis puedes vender menos, pero nunca pensé en dejarlo porque aquí nunca estuvimos con las manos cruzadas», explica el representante de la tercera generación de esta histórica saga de joyeros, que también ha estado muy implicado siempre con el gremio, presidiendo desde hace años la asociación provincial. Lanza, eso sí, un aviso para el futuro.

Antonio, con su padre Braulio y su madre Carmen. / Marta G. Brea
«La relojería, para el que esté interesado en el oficio, va a tener mucha salida y trabajo porque quedan muy pocas», afirma Antonio, cuya jubilación mermará la ya escasa oferta de talleres propios de reparación en Vigo. «Quedamos muy pocos», asegura con una clara pasión sobre la labor que ha desempeñado durante prácticamente toda su vida. En unas semanas, tras tantos años controlando el tiempo de los demás, Antonio Penín será dueño de su propio tiempo y prevé celebrarlo con conocidos y amigos porque la ocasión lo merece, al detenerse la cuerda del negocio de su vida.
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