BATALLA JUDICIAL POR AIKE
La lucha de Justine para hacer justicia por su caballo: «Teníamos una conexión especial. Era mi vida»
Una jueza de Vigo condena a un centro ecuestre de Nigrán a pagar una indemnización de 11.000 euros por la negligencia que derivó en la muerte del frisón Aike
La sentencia reconoce el «daño moral» causado por el fallecimiento del animal, que guardaba «fuertes vínculos» con su dueña y sus dos hijos pequeños

Justine, a lomos de su caballo Aike, que se encargó de criar y que cuidó hasta que el animal falleció en 2022. / Cedida

«Era mi vida» Esta frase resume el poderoso vínculo que existía entre Justine y su caballo. Originaria de Inglaterra, esta mujer está afincada en Galicia desde hace algo más de seis años por motivos laborales. Junto a su familia, con ella se vino Aike, un caballo de pura raza frisón que había comprado a un criador holandés cuando el animal solo tenía cinco meses y que se encargó de criar, adiestrar y domar. «Era un caballo especial. Imponente por su tamaño, fuerza y belleza pero a la vez tierno y manso. Teníamos una gran conexión», describe. Habla en pasado porque el equino falleció en 2022, cuando tenía 14 años. Una muerte que centra una sentencia que acaba de emitir una magistrada de Vigo y en la que condena al Centro Ecuestre Rías Baixas S.L. de Nigrán a pagar una indemnización de 11.000 euros por la «falta de diligencia» y «negligencia» que derivó en la pérdida del animal.
Toda la vida de Justine ha girado en torno a los caballos. Con una afición que le inculcaron prácticamente desde que nació, recuerda que su madre le compró el primero que tuvo en propiedad cuando era adolescente. En 2008 adquirió a un criador de Holanda a Aike. Eligió a un frisón por la «nobleza» que caracteriza a esta raza a la que se ve con habitualidad en exhibiciones ecuestres.
El animal estuvo con ella en su Inglaterra natal, después en otra larga etapa que vivió en Bruselas y desde 2020 en Galicia. «Elegí vivir en Nigrán porque allí encontré el centro ecuestre que consideré que se adecuaba bien al caballo. Me dio muy buena sensación: las cuadras eran grandes y tenía amplios prados para que pudiese estar durante el día en libertad. Eso es algo que valoro mucho», cuenta.
Justine resalta que adaptó su carrera profesional y su estilo de vida para poder conservar al equino. «Nuestras vidas giraban en torno a él. Íbamos a mudarnos a Nueva Zelanda, pero elegimos España para poder seguir teniéndolo. Lo digo para recalcar la importancia que tenía para nosotros», detalla.

Aike era un caballo frisón, una raza que se caracteriza por su gran nobleza. / Cedida
«Aike está un poco triste y débil. No quiere su comida»
Todo fue bien hasta junio de 2022. Un lunes por la mañana recibió un mensaje de WhatsApp del responsable del centro, en el que el caballo estaba en virtud de un contrato de pupilaje, al que recurren habitualmente los propietarios que carecen de instalaciones propias para un animal de estas características y que suele incluir servicios de estabulación (alojamiento en cuadras), alimentación y cuidado para equinos. «Hola Justine. Aike está un poco triste y débil. No quiere su comida», fue el contenido del wassap que el hombre concretamente le escribió aquel lunes 26 de junio a las 09.37 horas.
La mujer avisó de inmediato a un veterinario y se trasladó allí con sus dos hijos pequeños, un niño que entonces tenía 4 años y una niña de solo unos meses. Al llegar ya observó que su caballo estaba «muy mal».
«Bajé hasta el prado y vi que la cabeza le colgaba hasta el suelo, tenía babas y los labios flácidos. Estaba sin fuerzas y lleno de moscas. Eso significa que ya no tenía energía para mover la cola, porque un caballo sano es lo primero que hace para sacárselas de encima», afirma.

Justine con Aike. / FdV
Un «síndrome abdominal agudo» irreversible
Su estado, efectivamente, era severo y de hecho el animal falleció aquel mismo día por la tarde, poco después de llegar al hospital veterinario de A Coruña al que fue trasladado de urgencia para ser sometido a una intervención quirúrgica: allí, según el informe médico, llegó con un «síndrome abdominal agudo» que provocó que se «desplomase súbitamente» cuando se le estaba haciendo la exploración y ecografía previa a la operación.
Intentaron reanimarlo y levantarlo, pero murió allí en el suelo minutos después. Justine vivió aquello como una «tragedia familiar». «Me quedé en shock. Aike me transmitía paz y calma, era un 'cacho de pan', tenía una conexión también muy buena con mis niños, con los que monté en ese caballo desde que eran bebés», refiere.
La sentencia emitida con fecha del pasado 5 de febrero por la magistrada de la plaza 16 de la Sección Civil del Tribunal de Instancia de Vigo desgrana a lo largo de sus 24 páginas los acontecimientos que derivaron en la muerte del caballo.
Aike falleció por las complicaciones derivadas de un cólico, un problema médico habitual en estos animales aunque severo si no se trata a tiempo, que llevaba muchas horas de evolución. Porque en realidad dicho cólico ya le había sobrevenido el día anterior a que su dueña fuese avisada, sin que en esa jornada previa fuese alertada de ningún problema.
Contravino las «obligaciones» del contrato de pupilaje
La jueza condena al centro ecuestre ya que la conducta de su administrador, V.H.C., «contravino las obligaciones que como depositario del caballo incumbían al centro en virtud del contrato de pupilaje contratado, aún con carácter de prestaciones accesorias, cual es la de dar aviso a la propietaria o, en su caso al veterinario, de cualquier circunstancia que pudiera afectar al bienestar de aquel, obligación reconocida por el propio demandado».
El hombre se excusó diciendo que ese día previo el caballo había sufrido un supuesto atragantamiento del que fue atendido y que estuvo pendiente de él, pero la jueza, al contrario, ve «falta de diligencia» y considera «injustificable» que no avisara ni a la dueña ni al veterinario de lo que él consideró un atragantamiento y que al día siguiente lunes, cuando ya informó a Justine de que su animal no estaba bien, siguiese sin decirle que la jornada anterior ya había estado mal.
Un «silencio» que no permitió advertir la «gravedad» del estado del equino alargando así un proceso de cólico que el demandado negaba, pero que a la vista del resultado de la necropsia, llevaría «al menos 24 horas de evolución».

La mujer, con el caballo cuando en 2008 lo compró en Holanda cuando solo tenía 5 meses. / Cedida
Los peritos manifestaron en el juicio que, de haber recibido atención veterinaria a tiempo, la probabilidad de que Aike se hubiese salvado habría sido «alta». La conducta del responsable del centro ecuestre, que estaba obligado a la guarda y cuidados del animal en atención al contrato suscrito, impidió esa asistencia «ajustada», por lo que, resume la jueza, fue «negligente» y «causante del resultado dañoso».
Una victoria «moral» al salir la verdad «a la luz»
En la demanda se reclamaban algo más de 35.000 euros de indemnización, pero la jueza rebaja la cuantía a 11.000: 7.500 por la valoración del caballo, que tenía una esperanza de vida de 25 años, y 3.500 por el daño moral causado. Justine contrató para este pleito a una abogada especializada en derecho deportivo y mundo equino y tuvo que pagar varias periciales, lo que le supuso un desembolso de 12.000 euros, superior a la indemnización que se ha fijado.
Pero ha decidido no recurrir la sentencia. «Ya he ganado moralmente, porque salió a la luz la verdad, y eso era lo que me importaba», afirma, señalando que fue a la vía judicial ante la actitud que le mostró responsable del centro y para que lo que le sucedió a Aike no le ocurra a más caballos: «Él solo se interesó en cubrir sus espaldas. Y ni reconoció que lo hizo mal ni me pidió perdón».
«Un cólico es fácil de tratar si se coge a tiempo. Perdimos la oportunidad de salvar a mi caballo», resume Justine, que lamenta el «sufrimiento» y las numerosas horas de dolor «insoportable» que padeció el animal antes de morir. Meses después compró un potro que a día de hoy sigue con la familia, pero que no ha logrado borrar de su memoria a Aike. «Lo echo mucho de menos. Su pérdida fue terrible y aún lo es», concluye.
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