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Pablo sufrió un ictus con 38 años y padece espasticidad: «Es como si el músculo fuera por libre. Cuando le da la gana, se activa»

Recibe tratamiento con toxina botulínica en el hospital Meixoeiro de Vigo

Pide cuidar la sanidad pública «entre todos»

Pablo sufrió un ictus con 38 años

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Pedro Mina

Pablo Domínguez está convencido de que fue una combinación del estrés de su trabajo, la práctica de deporte «a lo loco» y el «agobio» de una mala separación, lo que hizo que su cuerpo le dijera: «Hasta aquí». Sufrió un ictus el 15 de mayo de 2015, con 38 años.

Le dejó una hemiplejía, que le paraliza el lado izquierdo del cuerpo, y espasticidad en el brazo y la pierna, que le mantiene las extremidades agarrotadas. «Es como si el músculo fuera por libre. Cuando le da la gana, se activa», describe para explicar lo que él siente con la espasticidad. El dolor es «muy fuerte», «como si te metieran corriente», cuenta este vecino de Pazos de Borbén.

Está peor al despertarse, tras horas en la cama en las que siente como si los músculos se acortaran y se fuera «encogiendo». A veces, el dolor le despierta por las noches. Le afecta mucho el frío y las emociones: la crispación, los nervios, la pena, la alegría... «Cuanto más me altero, más me agarroto».

Tiene una incapacidad «absoluta» y se apoya mucho en su mujer y sus hijos. «Sin la familia no sería nada». Le ayudan a comer, a asearse... Adriana es su otro bastón.

Probó las inyecciones de fenol y la radiofrecuencia con bloqueos y ahora está con la toxina botulínica, participando en uno de los ensayos clínicos en los que participa el Servicio de Rehabilitación del Chuvi. Está muy agradecido a la sanidad pública. «Es un bien que tenmmismo y abusamos de ella sin ser conscientes; tenemos que cuidarla entre todos», reclama.

Con el tratamiento, él busca relajar el brazo para que no duela y las pierna, para poder caminar. En resumen, «mejorar la calidad de vida». Se ha adaptado bien a su nueva realidad. En parte, siente que el ictus le «liberó» y está «contento» con la tranquilidad que vive ahora, sin móvil, leyendo en su casa. «No me puedo quejar».

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