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Entrevista | Aitor Arregi Director de Maspalomas

«Que las personas de la tercera edad tengan sexo sigue siendo un tabú»

Aitor Arregi es director, junto a José Mari Goenaga, de «Maspalomas». Este viernes visitó a los alumnos de la ESAD y les habló de la industria del cine. Horas más tarde presentó la proyección de su filme en el MARCO. Fue el colofón de Rueda Academia de Cine

Aitor Arregi, director de cine vasco.

Aitor Arregi, director de cine vasco. / Marta G. Brea

Patricia Casteleiro

Patricia Casteleiro

Vigo

Maspalomas es una de las películas españolas más destacadas de los últimos tiempos. La nominaron a todo tipo de premios y el protagonista, José Ramón Soroiz, arrasó con todos los de mejor interprete. La historia sigue a Vicente, un hombre de la tercera edad que llegó tarde a la vida LGBT+. Cuando a sus 76 años estaba en Canarias disfrutando del sol y el deseo sufre una indisposición que lo obliga a volver a San Sebastián. Allí se reencuentra con su hija, con la que mantiene una relación difícil, e inicia su recuperación en una residencia en la que vuelve al armario. Es una trama que se despliega y abre debates como la vejez queer, el sexo en los mayores o la autoaceptación.

—En Maspalomas, aparece un personaje queer más complejo de lo que acostumbramos. Vicente tiene muchos matices y es incluso antipático. ¿Cómo se construyó?

Es una historia que nos trae José Mari Goenaga, mi socio. Quería hacer una película sobre un hombre gay de más de 70 años que, por circunstancias, acaba en una residencia y vuelve a meterse en el armario. Es algo que ocurre: muchas personas mayores LGTBI, ante entornos hostiles o falta de preparación, vuelven a ocultarse. Vemos al protoganista viviendo una especie de adolescencia tardía: sale, hace cruising, está de fiesta con su amigo Ramón. De repente tiene un problema de salud y su hija —con la que no hablaba desde hace 25 años— lo lleva a una residencia en Donosti. Ahí aparece todo: una carga emocional enorme, homofobia interiorizada, conflictos con su pasado. Es un personaje lleno de nudos psicológicos. Está enfadado con la vida, atrapado en una situación que le aterroriza. Eso lo convierte en alguien incómodo y eso nos interesaba.

—También abordan el deseo en la vejez, un tema poco común

Sin duda. Es uno de los temas centrales. El sexo en la tercera edad sigue siendo un tabú. La película junta dos tabúes: el sexo homosexual en un contexto no estrictamente de nicho y el sexo en personas mayores. Existe la creencia de que en la vejez el deseo desaparece, y no siempre es así. Vicente, además, es un personaje que «llega tarde» a muchas cosas, algo que también ha sido común en parte del colectivo.

—Hay una escena del regreso a Euskadi en la que va a su bar de siempre y lo encuentra vacío ¿Habla de la fuga de las disidencias a la capital?

Puede leerse así, aunque hay otra idea. Hoy las relaciones están muy mediadas por aplicaciones. Hay más libertad, pero también ha cambiado la forma de relacionarse. Existe una nostalgia de los espacios físicos, de los bares. En San Sebastián, por ejemplo, en los años 80 había muchos locales de ambiente. Eso se ha ido perdiendo. En ciudades grandes como Madrid aún resiste, pero en otras zonas es más evidente.

El director Aitor Arregi, durante su charla en la ESAD.

El director Aitor Arregi, durante su charla en la ESAD. / Marta G. Brea

—Autoras como Alana S. Portero critican que carguen sus obras con la etiqueta LGBT+ para hacerlas más pequeñas. ¿Es algo que les preocupa?, ¿temen ser de nicho?

No. Nos preocupaba más que la gente no conectara, que pensaran «una película sobre un señor gay de 76 años en una residencia, qué aburrido». Ese era el miedo. Pero no el nicho. Queríamos llegar a público.

—¿Trabajaron con coordinadora de intimidad?

Sí, y menos mal. Nos costó mucho trabajar estas escenas con el actor principal. Es un actor mayor, muy conocido en el País Vasco, pero acostumbrado a papeles más blancos. Las coordinadoras, Tabata y Lucía, fueron clave: hablaron con nosotros, con él, tendieron puentes. Ensayamos las escenas previamente y eso le dio mucha tranquilidad. Fue fundamental para que todo funcionara en el rodaje.

—El personaje de la psicóloga de la residencia anima al protagonista a no salir del armario, ¿hay odio disfrazado de ayuda y simpatía?

Sí. En la película se habla del riesgo de retroceder como sociedad. De cómo derechos que parecían consolidados pueden ponerse en cuestión. Y también de una violencia más sutil: cuando alguien te dice «igual es mejor que no lo digas», aunque lo haga con buena intención. Eso también es violencia, aunque sea invisible. Tenemos que revisar esos comportamientos. No basta con pensar que todo está conseguido.

—La vejez de Vicente es más compleja que la de una persona heteronormativa

A mucha gente mayor gay que entra en residencias le pasa que, ante el ambiente hostil que perciben, la incomprensión o la falta de preparación de algunos profesionales, vuelven a ocultar quiénes son. Estamos hablando de una generación de personas que hoy tienen entre sesenta y ochenta años, que crecieron en una época en la que la homosexualidad no estaba aceptada socialmente. Durante décadas, expresar una identidad sexual distinta a la heterosexualidad no era una opción real. Eso marca profundamente a los personajes de la película y explica muchas de las contradicciones y conflictos que arrastran.

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