NEGOCIOS DE VIGO CON HISTORIA
Iturmendi, una ferretería con más de 80 años que vendió las primeras lavadoras de Vigo
El negocio fue fundado por dos vascos, Iturbe y Mendía, en la Rúa do Progreso en 1945. Años más tarde, tomó las riendas Marcial Alonso, cuyo hijo Rubén se mantiene ahora al frente

Edgar Melchor
Por las puertas de la Ferretería Iturmendi salieron las primeras lavadoras de Vigo. El negocio lo fundaron en 1945 dos vascos, Iturbe y Mendía —de ahí el nombre—, en la esquina entre Eduardo Iglesias y Progreso, y desde entonces se desplazó a otros dos locales en esta última calle. Actualmente se emplaza en el número 18 y a su cargo está Rubén Alonso, un ingeniero de minas hijo de un posterior dueño del establecimiento, Marcial Alonso Hermida. «No nos podemos quejar, estamos sobreviviendo bien», relata a FARO.
«Iturmendi nació con un enfoque de autoservicio, que de aquellas no se sabía lo que era: hacían sus propios blísteres, ponían sus tornillitos con sus bisagras y los grapaban, y fue así como empezó todo», explica Rubén. En esta ferretería «se vendieron las primeras lavadoras y los pequeños electrodomésticos que comenzaron a aparecer en Vigo», añade.

Iturbe y Mendía, en los inicios de la Ferretería Iturmendi, rodeados de lavadoras y demás electrodomésticos. / Cedida
Rubén Alonso estudió Ingeniería de Minas y ejerció su profesión durante cinco años. «La empresa en la que estaba cerró en el 2010-2011 y fue por aquella época cuando empecé a escribir unos libros y, paralelamente, a trabajar aquí a media jornada», recuerda. Al cabo de un tiempo, su padre, Marcial, decidió jubilarse y él tomó las riendas. «Era el momento: o me ponía al frente o lo dejaba morir, y era una pena porque siempre me gustó esto, aunque me había preparado para otra cosa», abunda.

Marcial Alonso Hermida, padre de Rubén, en una imagen de diciembre del 2014. / ADRIÁN IRAGO
El personal y un gran ‘stock’, las claves del éxito
Este mes de junio, Iturmendi cumple 81 años, toda una vida al servicio de una multitud de vigueses que continúan atravesando sus grandes y acristaladas puertas. Desde que se levanta su persiana temprano por la mañana, se observa un incesante trajín de clientes de todo tipo: «Vienen desde los niños a por el motorcito eléctrico para el circuito del cole hasta sus abuelos, y desde el que quiere dos tornillos hasta el que desea reformar un habitáculo de su casa».
Para dar abasto con semejante demanda, Rubén cuenta con la ayuda de otros cuatro empleados en el mostrador y una persona de la limpieza. Una de las claves del éxito de Iturmendi es, de hecho, su «personal», admite el propio dueño: «Llevan muchos años aquí, no rotamos».

Primer local de Iturmendi, en la esquina entre las calles Eduardo Iglesias y Progreso. / Cedida
Al hilo, agrega: «Hay usuarios que tienen un problema en casa, pero no saben qué necesitan, te vienen y te preguntan por “el chisme para la cosa”, y en la tienda conocemos esa forma de hablar porque nos lo dicen muchas veces, y vemos la mejor opción». Al trato cercano se le suma como factor diferencial «un ‘stock’ muy grande» de productos, lo que permite que «mucha gente salga servida y no tenga que esperar al envío de internet».
«Viene un público más perdido debido a la IA»
Cuestionado sobre si la inteligencia artificial (IA) ha creado un perfil de cliente más instruido, Rubén lo tiene claro. «No; viene un público más perdido: cree que tiene la solución porque la ha visto en ChatGPT, pero es muy compleja, pues en realidad se trata, por ejemplo, de un problema que se puede arreglar con un tornillo o con un adhesivo; la IA ofrece soluciones que a veces no son rentables ni monetaria ni temporalmente».
A pesar del efecto de la pandemia y el bum de las compras ‘online’, Iturmendi aguanta férreamente cada embestida. «Nos estamos defendiendo bien con el paso del tiempo; aunque el volumen que se mueve en general en el sector es menor, cada vez quedan menos ferreterías, y nosotros no hemos bajado en ventas, estamos manteniéndonos», asevera su propietario.
Precisamente durante la época del covid y también en el apagón, la ferretería se erigió como un establecimiento «de primera necesidad», remarca Rubén. «Durante la pandemia estábamos dos personas atendiendo desde la puerta y realizábamos muchos viajes, hacíamos muchísimos pasos, era una locura; y en el día del apagón, volvió a pasar algo parecido, en esa jornada se vendió lo mismo que en tres días», rememora.

Dos empleados de la ferretería atienden a una mujer, en la misma entrada del local, durante la pandemia de covid. / Ricardo Grobas
Todo un futuro por delante
A Rubén todavía le resta un amplio horizonte en la Rúa do Progreso, pero, por lo pronto, sus hijos ya saben cómo moverse por los numerosos pasillos de Iturmendi. «Tengo dos, de 8 y 11 años, que están en la etapa de que unas veces quieren ser como papá y otras, todo lo contrario», cuenta con una sonrisa en la boca.
«Les gusta venir a la tienda y jugar con la máquina de poner etiquetas, hacen como que marcan algo, pero vienen poquito, ya estoy yo aquí demasiadas horas robándoles tiempo a ellos, porque, eso sí, un negocio de estas características es muy esclavo, requiere mucho sacrificio, mucha dedicación; hay días en los que puedo echar aquí hasta la medianoche», sentencia.
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