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ADIÓS A UN HISTÓRICO DEL PERIODISMO GALLEGO

El eco de tus manos

Discurso de la hija de Fernando Franco, en honor a su padre durante su sepelio en Vigo, el 18 de marzo de 2026

Xisela y Fernando Franco en Salamanca en 2025.

Xisela y Fernando Franco en Salamanca en 2025. / Cedida

Xisela Franco

Vigo

Cuando muere un padre, y te toca ser hija de alguien tan querido en esta ciudad, el duelo personal se solapa con la pena colectiva; y en lo más íntimo se abre una fractura que parece anunciar que ya nada volverá a ser igual ni yo volveré a ser la misma. Sabía que se acercaba el momento, estaba enfermo y antes o después llegaría la despedida. Creía estar, de algún modo, preparada. Pero como mi padre era una persona extraordinaria, a pesar del diagnóstico médico, sorteaba con normalidad cada barrera y nos convencía, a su manera, de que por ahora vencería a ese inquilino inesperado que le sobrevino hace ya dos años y que en verdad era letal.

Ya sé que, en este mismo momento, caen bombas en guerras injustas que matan a gente inocente, que hay madres y padres que pierden a sus hijos más jóvenes que ellos, vidas que se arrancan antes de poder ser vividas. Sé que hay grandes injusticias y que el mundo atraviesa una situación de tensión geopolítica verdaderamente peligrosa. Pero tu muerte, papá, es la circunstancia personal que hoy me asola; es el salto al abismo que cierra el ciclo de tu vida en esta línea del tiempo. Y tu partida para mí, es ese precipicio que marca el momento en que ya no podré abrazarte, si no es a través del eco de tu voz o la ausencia de tus manos. Esas manos tan bonitas («oh, beautiful hands», te decía una novia americana) que zurcían letras generosas, y que dejaron el «Mira Vigo» del lunes, del martes, y del miércoles, ya escritos, que adelantaste desde el mismo hospital con la voluntad de no fallar a la gente ni a tu deber como periodista en lo que decías sería un rutinario ingreso hospitalario.

Qué ausencia va a quedar en el Casco Vello sin Fernando Franco. Y qué vamos a hacer nosotros. Muchos poetas han vinculado el amor a la muerte, y hoy siento que el amor profundo duele porque es sostener la finitud del otro. Pienso, primero, en Lupe, tu mujer, que te ha cuidado tanto y de la que estabas tan enamorado. Pienso en tus nietos Valentina, Duarte y Maia, que han tenido la fortuna de tenerte como abuelo, en mi hermano Iñaqui del que estabas tan orgulloso, pienso en tu hermana Maria José y en Ramón, en tus sobrinos Javi y Rafa, pienso en tu yerno Alfonso que tanto te gustaba para acompañar en la vida a tu hija, cuya conversación en casa hace pocos días te dio para escribir la columna del domingo sobre educación. Pienso en mi madre, Mara, que es la madre de tus hijos, con quien has mantenido una amistad de medio siglo. Pienso en tu familia americana, emigrantes en Nueva York, pero también en la de Astorga y Santander (de donde eran tus padres Valentín y Chusa). Pienso en tu familia salmantina, en Julia -tu cuñada y médico personal-, y toda la tropa de hermanos de Lupe, y en sus hijos, que hoy están todos aquí, que compartieron contigo esta última etapa de su vida, y eran ahora tu familia de Salamanca, esa tierra a donde te llevó el amor y donde tu alma decidió dejar el cuerpo.

También pienso hoy en tus amigos, claro, que son una forma de familia y que también te van a echar mucho de menos.

Fuiste maestro de la palabra periodística sin querer serlo, escritura sin alardeos, ágil, con vitalismo exuberante, con oficio y humildad, con inteligencia y elegancia, con desbordante humanidad, y con humor, que era una virtud que también te definía. Periodista de calle, de la noche, de la mañana, periodista con ese estilo literario tan tuyo, con esa inusual capacidad para empatizar y entender cada contexto. Decías en una entrevista: «me pasé el tiempo viviendo con intensidad y diversidad y siendo intermediario por mi trabajo de las vidas de los demás, de pensadores, de gilipollas, de políticos, economistas, científicos, escritores».

También fuiste intermediario de la gente común, de a pie, de los pobres, de los yonquis y marginados, a lo largo de las miles de entrevistas, columnas y secciones que publicaste desde aquellas primeras «Cartas de un filósofo rancio» con veintipocos en FARO, pasando por «La ley de la calle,» el «Mira Vigo», las más de 200 «Memorias», muchas veces de personas anónimas con biografías singulares que te ocupaste de contar y dignificar. Eras el veterano de FARO, el veterano del diario decano. Hay tantos artículos poderosos que se podrían llenar varios tomos que abordaran la evolución de tu columnismo a lo largo de cincuenta años de periodismo corriendo por tus venas.

Habría que hacerte una calle, papá, cerca de la Plaza de la Constitución. O habría que hacerte un grafiti popero, o una escultura de bronce, como la del vendedor de periódicos Manuel Castro, en tu caso con un bolígrafo apuntando al cielo y un gin tonic en otra la mano.

La palabra es creadora, la palabra invoca, la palabra denuncia, la palabra nos transforma, la palabra nos asiste cuando estamos tristes y nos aclara el alma cuando estamos confusos. La palabra proyecta una luz que salta el espacio y el tiempo. Por eso escribimos, por eso leemos. Es verdad que a veces nos quedamos sin palabras, o se nos atragantan por culpa de la tristeza, o las palabras se convierten en silencio, en lágrimas que brotan sin querer de nuestros ojos.

Como hoy, papá, que faltas tú con tu arsenal de recursos reconfortantes en tu fiesta de despedida. Tengo el impulso de llamarte para ver por qué diantres hoy no estás hablando aquí con nosotros, por qué no nos consuelas con tu capacidad de hacernos tomar distancia y no dramatizar. Querría llamarte para proponerte un posible Mira Vigo con algunos datos, nombres, y así de paso discutir contigo sobre la guerra, o la industria farmacéutica o armamentística.

Por último, papá, confesar que, tras todas estas muestras de afecto verdadero, más que dolor lo que yo siento con tu pérdida es gratitud, un profundo agradecimiento, que es quizás la forma en que el amor sobrevive a la muerte. La gratitud era en tu caso una manera de estar en el mundo, consciente de tu privilegio. La vida es un tris tras, y nos mostraste que había que vivirla con intensidad, locamente, pero también o sobre todo con sabiduría y agradecimiento. La mejor manera de despedirte, lo sabemos todos los que estamos aquí, es celebrarte, cantarte y dignificar tu memoria.

Te queremos, Fer, vuela libre hacia la luz; pero de vez en cuando vuelve y haznos una señal que nos reconforte…

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