Fernando Franco, llamada saliente

Adiós a Fernando Franco, cronista social de Vigo
Alberto Alonso, periodista
El domingo hablé con Fernando, y quedamos en que volveríamos a hablar. «El martes espero que me manden para casa», me dijo. A todos nos toca morir entre un ayer y un mañana. Hablamos de Vitín, poco, porque se le notaba muy cansado. Quería escribir algo «sobre lo de la camiseta de Madonna» y le dije que ya le contaría en cuanto estuviera de vuelta en casa: «No te lo vas a creer. Fuimos a ver el partido del Real Madrid en Balaídos y una reproducción enorme de su foto estaba colocada en el césped. A Vitín se le caía la baba». Mantuvo el tipo durante toda la conversación, como siempre, como si no pasara nada. Igual que el 31 de diciembre, cuando Belén y yo quedamos con Lupe y él en el café Novelty de la Plaza Mayor de Salamanca. Venía de darse una sesión de quimioterapia. Llegó con un abrigo de paño muy elegante, presumiendo del pelo que no se le había caído a pesar de la tralla que le estaban metiendo, y se pidió un godello. No pude abrazarle ese día porque el frío charro me había provocado un catarro y Lupe me dijo que había que tener cuidado.
Hace años, Fernando me contaba sus noches cuando llegábamos por la mañana a la redacción del Pope, que ya se llamaba Informe Gallego. En una ocasión me dijo que, sin saber muy bien por qué, se la había pasado a remojo en un jacuzzi de una habitación en el ático de un hotel... Sus conversaciones eran como sus crónicas, llenas de detalles y golpes de humor, ingeniosas y cuidadas. Fernando fue un marine de las Compañías de Operaciones Especiales del Ejército, pero sus anécdotas parecían las del buen soldado Švejk, como cuando le tocó hacer una de las guardias en el velatorio del caudillo: Franco y Franco. Nunca perdía la elegancia de un clásico que paseaba ese porte por los garitos más modernos y rompedores sin llamar la atención, permanentemente despistado. Por eso decía «Piqui» a todo el mundo, para no pasar el bochorno de mostrar que se había olvidado de un nombre, que era algo que le sucedía con frecuencia.
Conocer a Fernando, haber compartido vida con él, ha sido en mi caso el privilegio de un manzanillo que alterna con un maestro. Ayer mismo me dijo «hola chaval» y habría creído que no se acordaba de mi nombre si no fuera porque tuvo que aparecerle en el teléfono al recibir la llamada.
Fernando fue también el cronista de parte de mi vida. Escribió sobre mi boda, sobre el nacimiento de mi hijo, sobre los cumpleaños que celebrábamos en la casa de mis padres… por el único mérito de ser su amigo. Ayer, Fernando Franco, llamada saliente. 18:32. Cuatro minutos. ¡Qué poco hablamos!
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