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ADIÓS A UN HISTÓRICO DEL PERIODISMO GALLEGO

La estela de una ciudad en el tiempo

Fernando Franco en 2018.

Fernando Franco en 2018.

Pedro Feijoo

Pedro Feijoo

Me entero con dolor del fallecimiento de Fernando Franco y, egoístamente, pienso al instante en lo mucho que todos perdemos más allá de la pérdida personal.

Porque, por una parte, con el adiós de Franco se apagan un poco más las luces de una vieja escuela, las de la redacción de aquel FARO que conocí cuando yo aún no era más que un niño asomándose por primera vez a este mundo de letras e historias. Con el debido respeto, admiración y, por supuesto, cariño que todos mis amigos de la casa saben que les tengo y les tendré siempre, la de Fernando era una forma de entender el periodismo que, en realidad, hoy ya casi no existe, y sus artículos eran para muchos de quienes lo leíamos —e, insisto, egoístamente también para mí— un ancla que nos mantenía conectados con una época en la que, de algún modo, todavía éramos felices.

Pero es que, además, nunca olvidaremos lo mucho que Fernando hizo siempre por contarnos el día a día de un Vigo que, de alguna manera, no era visible a todos aunque siempre estaba ahí, justo delante de nosotros mismos. Porque, de algún modo, si Vigo fuera un barco, la mirada de Fernando Franco sería la estela que su navegación deja en el mar de la historia. Porque, desde que llegó a la ciudad, su voz estuvo ahí siempre, dejando constancia de la ciudad y su paisaje, su vida, su memoria.

Allá donde esté, que alguien le haga saber que, esta noche, todos los huérfanos de aquella felicidad que hoy deja atrás engancharemos la resaca pasada con la resaca venidera mientras brindamos con los labios pegajosos a la salud de su última juerga. Gracias por tanto, Fernando.

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