ADIÓS A UN HISTÓRICO DEL PERIODISMO GALLEGO
Fer

Fernando Franco, junto a la estatua de Julio Verne en el Náutico de Vigo en 2018.
Hay lunes malos, lunes negros y luego está el lunes de ayer. Levantarse a primera hora, ver el móvil y encontrarte «Buenos días, cuando puedas, ¿me llamas?» De esas seis palabras nada bueno se podía esperar cuando te las envía el hijo de un compañero, de un amigo, que desde hacía tiempo libraba una heroica batalla por la vida.
Con el corazón encogido, devolví la llamada para preguntar lo que ya sabía. Y aun así el mazazo fue descomunal. Porque no hay dos palabras más antitéticas, irreconciliables, imposibles de colocar en una misma frase que Fernando y muerte. La noticia, cuyo titular estaba escrito desde hacía tiempo pero que nos resistíamos (él y yo) a imprimir, me descompuso. Porque hay personas que no deberían morirse nunca. Porque las necesitamos. Porque nos ayudan a vivir. Porque son oxígeno. Fer era una de ellas.
Desde que entré en FARO en 1991 para mí Fernando Franco era Fer. Y desde ese día, bueno, en realidad unos cuantos meses más tarde (porque becarios y recién llegados tardan meses en existir para la redacción) yo era para él Roger (pronunciado Royer). Treinta y cinco años después, él, teórico jubilado (nunca dejó de trabajar en FARO), y yo seguíamos siendo Fer y Roger.
En este tiempo habíamos construido una relación basada en el cariño, la admiración y el respeto. El joven e ignorante periodista que dio los primeros pasos bajo su ala protectora (me pasé años pegado a él, día y noche, que es mucho decir en aquellos tiempos) era ahora el director que ocasionalmente le hacía un comentario, un ruego o una sugerencia. «Qué difícil es ser tú; yo es que no valgo para mandar; no sabes a veces la pena que me das, Roger, siempre metido en líos, aguantando a los de arriba y a los de abajo», me dijo una vez que le hice una confidencia. Yo le respondí con un expresivo silencio. Cuando le recordé, meses más tarde, esa frase, me soltó: «¿pero yo te dije eso?». Esa amnesia, más ficticia que real, fue una compañera inseparable que le hizo mucho bien. «Pero tú no te preocupes, que la gente está contigo y lo estás haciendo muy bien», rápidamente añadió al quite, no fuese que el menda se viniese abajo. Y es que Fer era un maestro del ánimo. Si uno estaba bajo de sal (como suelen decir los cubanos), solo tenías que llamarle. Él nunca fallaba. Siempre veía la botella medio llena o, como cantan los Monty Python, el lado bueno de la vida. Releo sus guachaps y me emociono: solo encuentro mensajes cálidos, tiernos, preocupados.
Fer era (cuánto cuesta escribir en pasado) un ser libre, inteligente, sensible. Nacido para el bien, para proyectar amor, comprensión y optimismo. Generoso, refractario al conflicto y a la disputa. Nunca peleaba, prefería ceder. Y perdiendo un montón de veces, su vida está plena de victorias. Fer era un triunfador, porque vivir con una sonrisa permanente es la más grande de las victorias. Era un epicúreo, que exprimió hasta la última gota de los placeres de la vida. Fer era el padre de «chiki, rubia o piki», apelativos con los que solía dirigirse a las mujeres, convencido de que nunca iba a acertar con el nombre (hubo tantas mujeres en su vida profesional y vital que lo raro hubiera sido atinar).
Fer era un periodista reacio a dar malas noticias; para él, las noticias o eran buenas o eran material que dejaba para el resto. En un oficio tan esquinado como el nuestro (en donde egos, vanidades, rivalidades y puñaladas no escasean, y los elogios sinceros tampoco), él consiguió un aprecio unánime. Fer no tenía enemigos y si alguien se ha considerado enemigo de Fer que sepa que ha perdido el tiempo y las energías.
Hace unos días aprovechamos su última visita a Vigo para tomar un café. Quedamos a las nueve en su querido Casco Vello. Fue un encuentro breve porque, curiosamente, él (bendito jubilado) tenía cosas que hacer, gente a la que ver, llamadas que responder. Yo había despejado mi agenda para dedicarle todo el tiempo que quisiese; él la había llenado de compromisos, como si percibiese que el reloj de su vida estaba quedándose sin arena.
Charlamos un ratito de cosas banales, intrascendentes, como queriendo ingenuamente engañarnos. Pero Fer era plenamente consciente de lo que yo estaba viendo. El silencio cómplice, compartido, ese juego de miradas que lo dicen todo, era más que suficiente. Para qué poner palabras a lo evidente. Dejó su botella de agua intacta y salimos a la calle. Yo me ofrecí a acompañarlo.
Caminamos lentamente (su motor ya no daba para mucho) por el corazón de una ciudad que tanto amó y de la que tanto y tan bien escribió. Al cabo de unos metros, llegó el momento de la despedida. Quedamos en vernos pronto, conscientes de que no iba a ser así. Nos fundimos en un abrazo y, mirándole a unos ojos que luchaban por mantener un brillo que se apagaba, le dije: «Fer, te quiero». «Yo también, Roger», me contestó en un hilillo de voz.
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