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IN MEMORIAM

Fernando Franco, una rama del olivo

Desde la izquierda, Bieito Ledo, Fernando Franco, JulioPicatoste y Alberto González-Garcés, en Club FARO el pasado diciembre.

Desde la izquierda, Bieito Ledo, Fernando Franco, JulioPicatoste y Alberto González-Garcés, en Club FARO el pasado diciembre. / José Lores

Alberto Barciela

Alberto Barciela

El 23-F es el cumpleaños de Laxeiro. Sigue siéndolo muchos años después de tantos inconvenientes tiempos, por su ausencia y por los avatares. Nos salvan la cultura y la amistad; esa que el pasado febrero nos permitió acercarnos al Museo de Arte Contemporáneo de Vigo a un grupo de amigos del artista, editores, comisarios de arte, escritores y periodistas. Fue una convocatoria para celebrar la entrega del Premio Laxeiro a Ana Alfaya, y allí, entre las paredes del MARCO, se congregó la esencia de nuestra intelectualidad

Estaban presentes el escritor y editor Bieito Ledo, el historiador y crítico de arte Antón Castro, el pintor Antón Pulido, el fotógrafo Carlos Rodríguez, el escultor Silverio Rivas, el galerista Beny Fernández y el polifacético Xavier Magalhaes. Todos ellos formaban esa instantánea de una generación vibrante, acompañados por figuras como Javier Buján, Anxo Lorenzo, Miguel Fernández Cid, el escritor Francisco Castro, o representantes institucionales como Gorka Gómez Díaz, Elena Espinosa y el alcalde Abel Caballero. La foto del primer grupo, capturada para la posteridad, reflejaba la cohesión de una ciudad que se reconoce en sus referentes plásticos y humanos.

El día siguiente, 24 de febrero— se convirtió en un intercambio de complicidades sobre esa misma fotografía del acto. «¿Esa foto era para mi sección? A ver si vamos a repetirnos», me soltó con esa mezcla de celo profesional y retranca cariñosa. Fernando, siempre atento y entrañable, terminó por completar en mi memoria la identidad de alguien que se había extraviado en las brumas del momento. Él era así: el encargado de que nadie quedase fuera del encuadre de la historia de Vigo, el hombre que custodiaba la foto de una generación en la que él estuvo inscrito con letras de imprenta completa.

La noticia de su partida llega ahora con el frío seco de Salamanca, pero golpea en el corazón húmedo del Casco Vello donde nació en 1951. Con él se nos va un diccionario andante de la identidad olívica, el vínculo más entrañable con el Vigo de los barrios y popular, también con la alta sociedad. Fernando no solo escribía la crónica de la ciudad; la respiraba con una elegancia sencilla, bajando al asfalto para dar voz a quienes a menudo son invisibles. Bien lo definió el mismo al decir que «el periodismo de proximidad es el único que nos permite reconocernos en el espejo de los otros sin miedo a la verdad».

Su comunicación de cercanía, marcada por una perspicacia y un humor finísimos, convirtió secciones como «Mira Vigo» o «Sálvese Quien Pueda» en la memoria viva de nuestra sociedad durante tres décadas. Fernando entendía la ciudad como un organismo vivo, una idea que entronca con la visión del poeta Carlos Oroza cuando afirmaba que «Vigo es el nombre de una luz que nos habita y nos nombra en cada esquina del tiempo».

Fernando luchó contra la enfermedad con un valor admirable y una dignidad que no admitía quejas. Fue el portaestandarte del Cristo de la Victoria y, sobre todo, un referente ético en una forma de entender el oficio: con humildad y una sonrisa perenne. Si Laxeiro nos salvaba con su trazo, Fernando nos salvaba con su palabra, impidiendo que el olvido oxidase los nombres de quienes construyen la ciudad día a día. Hoy el olivo del Paseo de Alfonso parece más solo, pero su rastro permanece en la luz de esta ciudad que él supo narrar como pocos, quizás sea ya la rama más joven de ese árbol de todos.

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