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ADIÓS A UN HISTÓRICO DEL PERIODISMO GALLEGO

Hasta la próxima crónica, maestro

Fernando Franco, en una imagen de archivo

Fernando Franco, en una imagen de archivo / FdV

José Carneiro

José Carneiro

— «Carner, un minuto sin candado»

Sí, Fernando Franco y yo hablábamos en clave.

— «Hoy F2 izda., retrato vertical».

Durante los últimos diez años he tenido el privilegio de ser el primero en leer sus «Mira Vigo», de corregirle alguna erratilla, de ajustar sus textos y sus fotos; en definitiva, de disfrutar de sus crónicas sociales, de su talento y hasta de sentir una sana envidia por su riquísima vida personal, casi como si también fuera un poco mía. En ese sentido, soy —y fui— un auténtico afortunado.

Para él yo soy Carner; y él, para mí, siempre será lo que es: maestro.

Este último año lo pasó mal, pero Fernando era de esas personas con tanta fortaleza física y, aún más, mental, que cuesta imaginarlas envejecer. Siempre parecía el mismo: con esa sonrisa pícara de actor veterano —cuando lo vi por primera vez, hace casi un cuarto de siglo, realmente pensé que era un galán de cine— y con esa labia inigualable que le abría todas las puertas, daba igual en Vigo que en Salamanca o en Nueva York. Era un divo, un ejemplo imposible de seguir; así que lo único que quedaba era disfrutarlo.

Hace unos meses, cuando me quejé de los achaques de la mediana edad, fue el primero en quitarle hierro al asunto y darme ánimos. Como también fue quien más me empujó a continuar con estos artículos de opinión cuando me asaltaron las dudas: «Carner, esa personificación que das a tus escritos, incluso recurriendo a tu intimidad para contar experiencias cotidianas, no solo les da calor, sino autenticidad; una sencillez que huye de retóricas y teorizaciones complejas que terminan alejando al lector de la letra».

Desde luego, mis mañanas ya no volverán a ser lo mismo. Ni las de muchos de ustedes, tan acostumbrados a esos minutos de calma que Fernando era capaz de regalarnos: esos retratos humanos que describían a la perfección el Vigo de verdad; el de las barras de bar, el de la cultura, el de quienes pelean cada día por mantener viva la autenticidad de una ciudad.

No, el hueco que deja es tan profundo que resulta impensable llenarlo.

Nos queda el consuelo de haberlo disfrutado, de saber que en setenta y cinco años fue capaz de vivir como si hubiese tenido cinco vidas; que su huella es imborrable y que su memoria seguirá caminando por las mismas calles que él supo contar como nadie.

«Carner, un minuto sin candado…» y sin ti.

Me quedo con la envidia sana de haber sido testigo de tu vida plena, de haber leído primero tus textos, de haber corregido tus comas y de haber aprendido de ti que el buen periodismo no explica: emociona. Vigo te llora, sí, pero sobre todo te agradece.

Y yo, simplemente, ya te echo de menos.

Hasta la próxima crónica, maestro.

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