ADIÓS A UN HISTÓRICO DEL PERIODISMO GALLEGO
Hasta la próxima crónica, maestro

Fernando Franco, en una imagen de archivo / FdV
— «Carner, un minuto sin candado»
Sí, Fernando Franco y yo hablábamos en clave.
— «Hoy F2 izda., retrato vertical».
Durante los últimos diez años he tenido el privilegio de ser el primero en leer sus «Mira Vigo», de corregirle alguna erratilla, de ajustar sus textos y sus fotos; en definitiva, de disfrutar de sus crónicas sociales, de su talento y hasta de sentir una sana envidia por su riquísima vida personal, casi como si también fuera un poco mía. En ese sentido, soy —y fui— un auténtico afortunado.
Para él yo soy Carner; y él, para mí, siempre será lo que es: maestro.
Este último año lo pasó mal, pero Fernando era de esas personas con tanta fortaleza física y, aún más, mental, que cuesta imaginarlas envejecer. Siempre parecía el mismo: con esa sonrisa pícara de actor veterano —cuando lo vi por primera vez, hace casi un cuarto de siglo, realmente pensé que era un galán de cine— y con esa labia inigualable que le abría todas las puertas, daba igual en Vigo que en Salamanca o en Nueva York. Era un divo, un ejemplo imposible de seguir; así que lo único que quedaba era disfrutarlo.
Hace unos meses, cuando me quejé de los achaques de la mediana edad, fue el primero en quitarle hierro al asunto y darme ánimos. Como también fue quien más me empujó a continuar con estos artículos de opinión cuando me asaltaron las dudas: «Carner, esa personificación que das a tus escritos, incluso recurriendo a tu intimidad para contar experiencias cotidianas, no solo les da calor, sino autenticidad; una sencillez que huye de retóricas y teorizaciones complejas que terminan alejando al lector de la letra».
Desde luego, mis mañanas ya no volverán a ser lo mismo. Ni las de muchos de ustedes, tan acostumbrados a esos minutos de calma que Fernando era capaz de regalarnos: esos retratos humanos que describían a la perfección el Vigo de verdad; el de las barras de bar, el de la cultura, el de quienes pelean cada día por mantener viva la autenticidad de una ciudad.
No, el hueco que deja es tan profundo que resulta impensable llenarlo.
Nos queda el consuelo de haberlo disfrutado, de saber que en setenta y cinco años fue capaz de vivir como si hubiese tenido cinco vidas; que su huella es imborrable y que su memoria seguirá caminando por las mismas calles que él supo contar como nadie.
«Carner, un minuto sin candado…» y sin ti.
Me quedo con la envidia sana de haber sido testigo de tu vida plena, de haber leído primero tus textos, de haber corregido tus comas y de haber aprendido de ti que el buen periodismo no explica: emociona. Vigo te llora, sí, pero sobre todo te agradece.
Y yo, simplemente, ya te echo de menos.
Hasta la próxima crónica, maestro.
Suscríbete para seguir leyendo
- China navega en un mundo aparte: pesca 20 toneladas más por cada una que pierde la flota española
- El día en que A Cañiza pasará a llamarse a A Caniza y Cangas incorpora «apellido»: entra en vigor el nuevo Nomenclátor de Galicia
- Herida grave una niña de 10 años tras precipitarse desde el balcón de su casa en Vigo
- «En liquidación»: cierra la cadena de moda Emilio Iglesias, con cuatro tiendas en Vigo
- Indra contratará a 170 personas en Galicia y centrará en Vigo su centro de ingeniería para guerra electrónica
- Desbloquean las cesáreas humanizadas en el hospital Álvaro Cunqueiro tras un año paralizadas y prevén retomarlas en mayo
- Papá y mamá te acompañan: Carla Lago se estrena en la Vig-Bay tras perder a sus padres en dos años por inesperadas enfermedades
- Iturmendi, una ferretería con más de 80 años que vendió las primeras lavadoras de Vigo
