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ADIÓS A UN HISTÓRICO DEL PERIODISMO GALLEGO

Fernando y su misterioso manejo del tiempo

Fernando Franco.

Fernando Franco. / Ricardo Grobas

Ánxel Vence

Ánxel Vence

Navegó Fernando Franco por todas las islas de la moda de las que hablaba Sabina en su «Princesa»; y en ellas dejaba, ciertamente las flores de su ingenio y de su bonhomía.

Bromeábamos a veces sobre su parecido físico con el cantautor, que a él le hacía gracia y sospecho que secretamente le complacía. No podía ser de otro modo en un buen tipo -en todos los sentidos- que a su modo había rescatado para sí mismo la imagen del dandi de otros tiempos. Él, que era un moderno anterior incluso a la modernidad.

Tenía Fernando una cadencia distraída al hablar, como si estuviera pensando en su próximo artículo a la vez que contaba anécdotas de la noche o del día anterior. Era el suyo un despiste natural que en más de una ocasión le llevó a olvidar en qué remota o céntrica parte de Vigo había dejado el coche. Movilizaba entonces a su incontable red de amigos e invariablemente, el auto aparecía. Era una red social en sí mismo.

Recuperó también sin pretenderlo la figura del periodista bohemio capaz de fatigar la noche como si estuviera recreando el «NigtHawks» de Edward Hopper sin más que cambiar el escenario de Nueva York por el de Vigo. Conocía todos los rincones de la ciudad que tanto quiso; todos los lugares secretos o a la vista; todas las gentes de Vigo a las que retrató augustamente con un breve puñado de frases.

Fue cronista y protagonista de la Movida viguesa de los años ochenta: aquella explosión de vitalidad, música, moda y cultura popular a la que contribuiría activamente con publicaciones que él mismo recordaba no hace mucho como «moderneces de papel». En broma, naturalmente. A sus escritos de esa época deberán remitirse inevitablemente los sociólogos que pretendan indagar en lo que fue ese fenómeno estrictamente vigués.

Vivió Fer durante años entre la noche y el día sin solución de continuidad. Ofrecía una rara sensación de estar en todas partes. No era infrecuente que a horas inciertas de la madrugada le confesase a uno que tenía que levantarse a las ocho para escribir un artículo inaplazable. Lo decía siempre sin el menor átomo de angustia, para pasmo de quien le oía. De alguna manera le ayudaba a vivir tan intensamente su manejo algo misterioso de los cuadrantes del tiempo. Los días le duraban el doble que a quienes seguíamos, aturdidos, su imparcial e incansable afición al trabajo y al ocio.

A nadie sorprendió que, en estos dos últimos años, ignorase y hasta desdeñase con distante elegancia al cáncer que ha puesto fin a una vida tan vivida como la suya. Al conocer la sentencia aplazada, la comunicó a sus amigos, como sin darle importancia; y siguió a sus cosas. Ni en una sola ocasión dejó de publicar las varias secciones que mantenía en el Faro, trabajo al que añadió algún programa en la radio de la Universidad de Salamanca para gallegos transterrados.

Ha muerto con el ordenador encendido, como es fama que solían hacer los periodistas impenitentes. Con él se va una página de la historia reciente de Vigo y, sobre todo, un amigo para todas las estaciones. Incorregiblemente optimista hasta el final, le escribió a este cronista en uno de sus últimos mensajes: «Me dicen los médicos que habrá altibajos en la enfermedad, pero los esperaré emboscado a la vuelta de la esquina». Quedó pendiente la última copa, viejo y querido amigo.

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