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Adiós a un histórico del periodismo gallego

«Muy orgulloso de portar el estandarte del Cristo, ya llevaba silencioso su propia cruz por adentro»

Fernando Franco con el estandarte del Cristo de la Victoria el pasado agosto

Fernando Franco con el estandarte del Cristo de la Victoria el pasado agosto / Marta G. Brea

Monseñor Alberto Cuevas

Monseñor Alberto Cuevas

Vigo

Estos días pasados se me acumulaban las anécdotas con Fernando al fondo, porque sabía que el triste momento del adiós no iba a tardar: el ojo clínico de un amigo médico común, aunque nos dolió al oírlo, dio de pleno en la diana: «le queda muy poco».

Fuimos colegas y amigos por haber compartido vida universitaria en el campus de Navarra, entonces cuna de los estudios de periodismo más liberales y académicamente más compactos. El termina su quinquenio en 1976 y a mí aún me quedarían dos años más, hasta el 78. Luego volvimos a encontrarnos en Vigo en la vida diaria y profesional: en la Asociación de la Prensa, en el Pope de Víctor de las Heras y sus Meriendas, en la moda de los Gene Cabaleiro y compañía, en el FARO DE VIGO, en los estudios de sus hijos, con sus amigos y nuestros amigos, sus amores y nuestras conversas, sus interesantísimas dudas intelectuales y sus llamadas inesperadas como por ejemplo si era el caso: «oye páter ¿cómo se escribe en latín contra facta non valent argumenta»? Todo de lo más normal entre unos amigos que se aprecian, se ayudan y se admiran.

Nos reíamos mucho conociendo su buen humor y la retranca galaica que nos adorna a ambos, recordándole yo la asistencia a un congreso de comunicación en Pamplona, en mi viejo R-5, que hubo que detener inexcusablemente en Xinzo de Limia con tiempo para cargar bien de aguardiente blanca: «Alberto, ¡cómo voy a presentarme yo ante los profes de Navarra sin organizarles una queimada!» Luego, en contrapartida Fernando –«gesto que jamás sabrás valorar nunca del todo, páter, pues por ti me cerré yo a cualquier otra imaginaria posibilidad», él me cedió la otra cama libre de su habitación, pues para mí ya no había sitio en los hoteles del centro pamplonés.

Fernando era un tipo grande y sencillo, humilde y excelente profesional, atento interiormente a lo importante del vivir, pero dejándose arrastrar por lo inmediato, no vaya a ser que se nos pase el momento, pensaba. Como con la comida que gusta más cuando está en su punto.

Me duele mucho hoy la muerte del amigo: por su familia y por los muchos amigos que le vamos a echar tanto de menos. Hoy celebraré una misa de acción de gracias y de petición por él, como habíamos quedado cuando sucediese lo que ahora estamos contando. Y daré gracias por el Fernando que conocí y traté, a sinceridad plena: Fernando era conmigo no solo por su apellido muy FRANCO (RAE: adjetivo para describir a alguien sincero, directo y leal; también territorio libre y despejado). En su madurez él no fue religiosamente ni un meapilas, ni un ateo fanático, ni un agnóstico formal; ni de izquierdas, ni de derechas en lo político, ni siquiera un libertario; tampoco ni muy de ahora, ni muy retro en lo que a moda o al pensamiento se refiere.

Fernando era un artista muy ducho y un gran profesional que sabía vestirse de lo que iba el tema en cada momento, en cada pregón, en cada entrevista y en cada circunstancia. Nos dejó clara su mucha inteligencia y su saber estar. Yo, repito, en mi misa de hoy daré gracias por haberle conocido y tratado, por el amigo incondicional, pues eso y no otra cosa es la amistad. También daré gracias porque sé que Fernando era humildemente creyente; eso sí un creyente silencioso y un poco avergonzado, lo reconocía, por no ser el buen vecino que se merecía su cercano Cristo de la Victoria. Recientemente, tuvo el honor de ser el orgulloso portaestandarte en la procesión del Cristo de la Victoria de agosto de 2025; algunos ya sabíamos entonces el gozo que sentía por ese honor de cristiano y vecino, aunque sabíamos también nosotros y él, que la cruz ya le pesaba por dentro. Y esa gracia y regalo le ayudó a cargar y a sobrellevar la propia con dignidad y elegancia durante el tiempo que le quedó.

Esta tarde volveré a recitar que es una preciosa manera de rezar –y Salamanca me lo trae a la cabeza- los versos de Unamuno en su búsqueda de Dios y de ansiar la vida eterna, acerca de cuyas dudas y zozobras, y lo hemos comentado algunas veces, se parecieron mucho los dos:

«Agranda la puerta, Padre/ porque no puedo pasar;/

la hiciste para los niños,/ yo he crecido a mi pesar.

Si no me agrandas la puerta,/ achícame por piedad;/

vuélveme a la edad bendita/ en que vivir es soñar./

Y finalmente, amigo Fernando, tú ¡MIRA (por) VIGO!

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