Adiós a un histórico del periodismo gallego
«Piki, aquí estoy para lo que necesites»

Fernando Franco (c.) y Amaia Mauleón (5ª d.) durante el acto del 170º aniversario de FARO en octubre de 2023 / Alba Villar

El verano de 1998 llegué a Faro para hacer mis primeras prácticas en un periódico. Cargada de ilusión, pero con un miedo tremendo. Miedo por no saber hacerlo. Miedo por estar en una ciudad que no era la mía, con un idioma que a veces no entendía y sin conocer a nadie.
Nada más entrar en el edificio de Chapela, la primera cara sonriente que vi fue la de Fernando. «Piki, aquí estoy para lo que necesites». Y vaya si le necesité. Fue Fernando, con su inmensa generosidad, el que me enseñó aquellos primeros meses a convertirme en una verdadera periodista. Me dio el mejor consejo profesional, ese que en la facultad nadie te cuenta: «Lo más importante es saber a quién llamar, localizar a la persona que te puede ayudar en cada tema». Y Fernando no tuvo ningún reparo en abrirme de par en par su valiosa agenda y ofrecerme todos los contactos que necesitaba, los contactos que él atesoraba tras años de trabajo y de cuidar a sus fuentes, que es la mayor riqueza de un periodista.
Pero el abrazo de Fernando no solo fue profesional. Fernando me presentó a sus amigos, a su familia, me mostró sus lugares preferidos de Vigo, me enseñó a amar la ciudad que, unos años después, sería la mía. Y se convirtió en uno de mis mejores amigos.
Fernando tenía cientos de amigos, pero a todos lograba hacernos sentir especiales. Ese era uno de sus grandes dones, abrazar como nadie, mirar a los ojos cuando te hablaba y escuchar tus pequeñas o grandes inquietudes. Quién no adoraba a Fernando. Aunque a veces no le saliera nuestro nombre y nos llamara «baby», «rubita», «chiqui», «chavalita», «flor de invernadero» o «cariñín», haciéndonos reír de nuevo.
Me quedo con la canción del «Lobito bueno» que cantaba a mi barriga dos veces embarazada, con su contagiosa alegría de vivir, su manera única de disfrutar cada momento, con sus anécdotas del mundo de la noche y sus divertidos despistes que nadie le teníamos en cuenta.
Y cuando le tocó esta mierda de enfermedad me volvió a dar una lección de optimismo y fortaleza. Qué vacío tan grande sentimos ahora mismo tantas personas, amigo.
Uno de los últimos consejos que más me repitió en los últimos meses fue sobre la pareja: «Hay que tener detalles siempre, decir que la queremos, arreglarte por la noche para cenar con ella». Él lo hacía con su Lupita, que daba gusto verlos. Y ella con él.
Y te haremos caso, mi Fer, allá donde estés, que seguro que sigues ofreciendo amor a raudales.
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