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Entrevista | Jesús Cancelo Presidente de Alborada

«La generación Z consume menos alcohol porque encontró una droga nueva: la tecnología»

La asociación Alborada, que trata a más de 1.500 pacientes en Vigo, advierte de que el incremento de financiación aprobado por la Xunta es insuficiente para mejorar recursos

Jesus Cancelo, presidente de Alborada.

Jesus Cancelo, presidente de Alborada. / MARTA G. BREA

Vigo

El Consello de la Xunta autorizó el pasado lunes un convenio de colaboración entre el Sergas y cinco entidades sin ánimo de lucro, entre ellas Alborada, con sede en Vigo. La subvención que recibió la organización viguesa fue de 1.880.000 millones de euros, un 2% más que el año anterior. Ese dinero es necesario para mantener la actividad, para ofrecer un servicio que salvaguarde la salud de las personas que sufren una adicción. En este centro tratan a 1.500 personas al año, de forma ambulatoria y también residencial. Y en ambos casos hay lista de espera.

—¿En qué se va a destinar la subvención aprobada por la Xunta?

Se destinará fundamentalmente a cubrir los gastos de personal y de mantenimiento de las instalaciones de la unidad asistencial de drogodependencias de Vigo. Es un recurso ambulatorio en el que, a lo largo de nuestra historia, hemos atendido a unas 14.000 personas. En este momento tenemos alrededor de 1.550 pacientes en tratamiento. También tenemos programas de reducción de daños para prevenir enfermedades como el VIH o la hepatitis, programas de desintoxicación y de prevención de recaídas, atención a las nuevas adicciones vinculadas a las tecnologías o a las apuestas online, y también orientación laboral. Además realizamos controles como urinoanálisis para seguir la evolución de los pacientes, colaboramos con centros penitenciarios y ofrecemos apoyo social o residencial cuando es necesario.

—¿La subida del 2% en la financiación es suficiente?

No. Es una subida que apenas permite mantener la actividad. No nos permite contratar más personal ni mejorar instalaciones. Los salarios y los gastos corrientes han subido por encima de ese porcentaje, por lo que el incremento es claramente insuficiente.

—¿Qué papel juegan entidades como Alborada dentro del sistema?

Las organizaciones sociales estamos atendiendo alrededor del 60% de las adicciones en Galicia. El Sergas deposita en nosotros una gran confianza porque ofrecemos tratamientos accesibles y gratuitos. Además, hacerlo a través de estas entidades resulta más económico que si toda la atención la asumiera directamente la administración pública.

—¿Por qué es importante destinar dinero público a tratar adicciones?

Hoy sabemos que una adicción es un problema de salud mental, igual que la depresión o la esquizofrenia. Además de dignificar a los pacientes, tratar estas enfermedades evita costes sociales y sanitarios mayores en el futuro y mejora la convivencia. También hay que tener en cuenta el impacto que estas situaciones tienen en las familias, que suelen ser las grandes sufridoras.

—Algunos estudios señalan que la generación Z bebe y fuma menos. Ser abstemio es cada vez más normal. ¿Lo están notando?

Es posible que haya una reducción en algunas sustancias, pero creemos que en parte se debe a que han aparecido otras adicciones, especialmente relacionadas con las tecnologías. Las redes sociales, las pantallas o el juego online generan conductas adictivas que también estamos viendo. En todo caso es pronto para sacar conclusiones definitivas. Habrá que ver si es una tendencia estable.

—No es imposible conseguir recetas para comprar medicamentos como el Rubifen, que contiene metilfenidato, un estimulante similar a las anfetaminas. ¿Es un fenómeno que se puede detectar en centros como Alborada o estamos ante un grupo de consumidores funcionales?

Hemos tenido algunos casos, incluso relacionados con falsificación de recetas o con consumos muy elevados de ese tipo de medicamentos, que se utilizan normalmente para tratar el TDAH. Pero en comparación con otras sustancias como el cannabis, el alcohol, la heroína o la cocaína, su presencia en los tratamientos es muy minoritaria. No tenemos una masa significativa de pacientes con ese problema. Probablemente en muchos casos, cuando se corta el acceso a la receta o se detecta el uso indebido, el consumo desaparece y esas personas no llegan a acudir a centros especializados como los nuestros.

—¿Qué sustancias preocupan ahora mismo?

La cocaína sigue siendo un problema muy importante y está creciendo el consumo de crack, que es cocaína fumada y tiene un potencial adictivo enorme. En algunas ciudades europeas está generando situaciones muy complicadas y hay que estar atentos para que no ocurra lo mismo aquí. Pero cuando hablamos de adicciones también hay que ampliar el foco: estamos viendo otros consumos que preocupan, especialmente entre jóvenes, como el uso excesivo de tecnologías o el consumo de bebidas energéticas, que cada vez aparece con más frecuencia asociado a hábitos de riesgo.

—¿Las bebidas energéticas son una droga?

Son sustancias estimulantes y hay que tener cuidado, especialmente cuando se consumen a edades tempranas o mezcladas con otras sustancias. Quizá no se consideren una droga como tal, pero sí pueden generar dependencia y riesgos para la salud. Por eso es importante tenerlas en cuenta dentro del debate sobre las conductas adictivas, especialmente entre la población más joven.

—¿Influyen situaciones sociales como la crisis de la vivienda o la incertidumbre económica en el consumo de drogas o en las adicciones?

Sí, el contexto social influye. Cuando las personas perciben que su futuro es incierto o que no tienen capacidad para controlar su propia vida —por ejemplo, porque ven muy difícil acceder a una vivienda o desarrollar un proyecto vital— puede aparecer lo que en psicología se llama “indefensión aprendida”. Es decir, la sensación de que hagas lo que hagas no vas a poder cambiar tu situación. En algunos casos eso puede favorecer conductas de evasión, entre ellas el consumo de sustancias. No es el único factor, porque las adicciones son fenómenos complejos y multifactoriales, pero sin duda el contexto social y las expectativas de futuro influyen.

—¿Y acontecimientos más lejanos geográficamente, como conflictos internacionales o situaciones de tensión global, también pueden tener algún efecto?

Sí, en cierto modo pueden influir, sobre todo a través del estrés social. La gente está expuesta constantemente a noticias sobre guerras, crisis internacionales, cambio climático o catástrofes, y todo eso genera preocupación o miedo en algunas personas. Ese estrés puede acabar reflejándose en problemas de salud mental y, en algunos casos, en el consumo de sustancias para intentar aliviar el malestar o desconectar de esa realidad. No es una relación directa ni automática, pero el contexto global también forma parte del clima emocional en el que vive la sociedad.

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