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Arjeriz: un negocio centenario como los gran reserva

La tienda pasó a la familia Marcote en 1980, cuando Juan Antonio, el entonces encargado, hereda el local. Pero su historia comienza sesenta años antes como tienda de alimentación y distribución de quesos.

Un negocio con más de 100 años de historia

Malena Álvarez

En la década de 1920 en Vigo, aún sonaban orquestas en algunos cafés como el Universal. El transporte en automóvil y furgonetas comenzaba a generalizarse entre los residentes. Surgieron algunos de los primeros problemas de tráfico. Un Vigo de poco más de 50.000 habitantes que estaba viendo su industria expandirse. En esa época, se fundó la Panificadora y los astilleros Armada. Nacía el Real Club Celta y poco después, se construía el Estadio Balaídos. Los felices años 20 de la ciudad olívica se vivieron con la donación del Pazo Quiñones de León a los vigueses, también con la edificación del emblemático Teatro García Barbón. En una esquina de la calle Carral, hay un lugar que, aunque pequeño, ha sido testigo de todos estos cambios: Arjeriz, un negocio, ahora familiar, de vinos y alimentación. Un lugar que tras vivir la guerra civil, diferentes crisis y la cuarentena, puede presumir de solo haber cerrado 5 días.

Granjas Arjeriz había montado una distribución de quesos y manteca en la tienda. «La empresa creció y se convirtió en Larsa», explica Martín Marcote, uno de los dos hermanos que mantienen vivo el establecimiento. Su padre, Juan Antonio Marcote, comenzó a trabajar allí como encargado a los 20 años. «Los dueños eran gente mayor, él funcionaba muy bien, llevaba las cuentas», comenta su hijo. Cuando se jubilaron, en los años 80, querían que el negocio permaneciese y Juan Antonio era la persona ideal para conservarlo. Ya conocía cómo funcionaba, tenía ganas y trato con los clientes. Así llegó Arjeriz a las manos de la familia Marcote. Con ella, el local emprendió un nuevo camino hacia la venta de vinos. «Coincidió con la llegada de Alcampo, El Corte Inglés y los supermercados, las tiendas de alimentación dejaron de ser algo que diesen dinero en ese momento», recuerda Martín. Por suerte tuvieron poca competencia. Arjeriz fue uno de los primeros locales de la ciudad en vender vino. Comenzaban a crecer las denominaciones de origen en España, «empezaba el Rías Baixas y mi padre vio que el negocio iba por ahí». Las bodegas buscaban posicionar sus marcas y el local de Carral ofrecía algo singular. Dos escaparates históricos, instalados en 1936, traídos desde Chantada y encajados en el edificio con una estructura artesanal de madera y corcho. Son un sello que nunca se han planteado cambiar. «Es una obra de arte», concuerdan los dos hermanos. Saben que en algún momento tendrán que rehabilitarla, pero para eso necesitan cerrar unos días, un acontecimiento histórico en la trayectoria del local.

La clientela también cambió. Cuando aún se definían como tienda de alimentación hacían repartos a domicilio. Solían ser a vecinos del barrio. «Ahora ellos vienen a por frutos secos a granel», sostiene Martín. Sin embargo, siguen siendo los viguese sus principales compradores. Reconocen que abrir un comercio local hoy en día «es complicado». «Nosotros llevamos mucho rodaje, mucha inversión ya encima, no tenemos que hacerla. Estamos viviendo del trabajo de mi padre». Pero la competencia online les está afectando. Han intentado introducirse en terreno y les fue «imposible». Implicaría más gastos que ganancias. La estrategia para comercios como Arjeriz está en apostar por lo que no pueden ofrecer los gigantes digitales. Asesoramiento personalizado, conocimiento del producto y trato humano. Esa atención fue la que ayudó a muchos de los vecinos que vivían solos a sobrellevar la cuarentena. Durante el COVID-19 Marcos abrió religiosamente la tienda. Fue ahí cuando sintió que el comercio local volvía a ser el de antes. El de conocerse los nombres de los clientes y sus historias.

Martín y Marcos se criaron en Arjeriz. Estudiaban al lado y se pasaban las tardes en la trastienda, entre cajas de vino y sacos de frutos secos. Algunos de sus clientes los conocen desde que eran niños. Como suele suceder en estos casos, sus planes de futuro no eran continuar con el legado de su padre. Marcos estudió filología gallega y Martín trabajo social. En navidades y durante las vacaciones de verano, echaban una mano en el negocio familiar. Al final, se acabaron quedando. «En el fondo lo llevamos dentro», reconocen.

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