La vida de Josefina Blanco: de reconocida actriz teatral a pionera en el divorcio y defensora de la obra de Valle-Inclán
La investigación del profesor e investigador Joaquín del Valle-Inclán Alsina reivindica la figura de la artista, que destacó en el teatro español de principios del siglo XX, aunque su figura quedó relegada por la figura del padre del esperpento y la mentalidad de la época

El profesor e investigador Joaquín del Valle-Inclán Alsina, durante la presentación del monográfico sobre su abuela Josefina Blanco. / Pablo H. Gamarra
Fue una actriz brillante, aunque como les sucedió a tantas otras mujeres a lo largo de la historia, el nombre de Josefina Blanco (León, 1878-Cambados, 1957) quedó difuminado por el éxito de su marido, Ramón María del Valle-Inclán, con quien tuvo seis hijos, y por ser mujer. Pero más allá de haber sido la esposa del padre del esperpento, fue una artista destacada en la escena teatral española de la época -trabajó, entre otras, en la compañía de María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza-, con una trayectoria de casi veinte años en la que representó innumerables obras en España y Latinoamérica, y una mujer pionera en muchos aspectos. Por ejemplo, fue de las primeras mujeres en divorciarse en España, tras la aprobación de la ley en 1932. Además, tras la muerte de Valle-Inclán en 1936, se dedicó a difundir la obra del escritor.
«Josefina fue fundamental para que la obra de Valle-Inclán llegara hasta nosotros, aunque su papel apenas haya sido reconocido», reconoce su nieto Joaquín del Valle-Inclán Alsina. El profesor e investigador presentó ayer en la sede de la Sociedad Filarmónica de Vigo el tercer número de la revista «Publicación de Estudios sobre Valle-Inclán» de la asociación Foro Galicia y Valle Inclán, de la que es su director, un monográfico dedicado a la actriz. «Es una cuestión de justicia histórica», señala.
Josefina Blanco inició su carrera como actriz siendo apenas una niña, antes incluso de cumplir los seis años. «No se trataba de un caso excepcional en su época, pues otras niñas también se incorporaban tempranamente al mundo del teatro», comenta Del Valle-Inclán Alsina. Criada prácticamente entre bambalinas, pasó la mayor parte de su infancia y juventud acompañando a una tía suya con la que vivía y trabajaba. Cuando esta falleció, ya se había consolidado como una actriz reconocida por la profesión.
Con el paso del tiempo alcanzó una fama propia y una notable independencia económica: vivía exclusivamente de su trabajo y no dependía de los ingresos de nadie más. «Sin embargo, a pesar del reconocimiento del público y de la crítica, su baja estatura condicionó su trayectoria artística y la encasilló en papeles de ingenua que, aunque le proporcionaron enorme éxito, le impidieron desarrollar plenamente todo su potencial interpretativo y no le satisfacían como actriz. Ella quería hacer otros papeles dramáticos y de alta comedia», explica.
A estas limitaciones profesionales se sumaban las durísimas condiciones de la vida teatral: horarios interminables, funciones dobles que en Madrid podían prolongarse hasta las dos de la madrugada, y constantes giras por toda España -visitaba al año 24 capitales de provincia- en condiciones muy precarias. «En dos ocasiones fue incluso asaltada en los trenes en los que viajaba», rememora. Además, en 1908 es madre por primera vez y las largas giras la impiden estar con su hija y disfrutar de una vida familiar.
«Josefina fue fundamental para que la obra de Valle-Inclán llegara hasta nosotros, aunque su papel apenas haya sido reconocido»
Según el investigador, la acumulación de todos estos factores la condujo finalmente a abandonar el teatro. «Su retirada fue una decisión personal. Ella misma declaró en varias ocasiones que no deseaba exposición pública ni ser entrevistada. Se apartó por completo de la vida escénica y no regresó hasta muy tarde, en 1932, tras separarse de su marido. Ese regreso fue breve, pues poco después estalló la Guerra Civil», comenta.
Para el investigador gallego, rescatar figuras como la de Josefina Blanco —y tantas otras mujeres de su tiempo— resulta fundamental para la divulgación cultural. «Muchas de ellas han sido borradas de la memoria colectiva. Hoy se recuerda a algunas actrices célebres, como María Guerrero, pero apenas se menciona a intérpretes de enorme talento como María Tubau o Rosario Pino. Basta consultar cualquier diccionario de teatro español para comprobar que aparecen muchos más actores que actrices, a pesar de que numerosas mujeres alcanzaron un éxito extraordinario en su momento. Esa es, en realidad, la verdadera tragedia: el olvido», afirma.
Este olvido responde a la mentalidad machista de la época, en la que hombres y mujeres no tienen, ni de lejos, los mismos derechos. «En una época en el asesinato de la esposa en caso de adulterio flagrante se castigaba únicamente con el destierro, no es extraño, no resulta extraño comprender por qué actrices, pintoras o músicas acabaran relegadas al olvido», afirma.

Retrato de Josefina Blanco, perteneciente al archivo de la Fundación Valle-Inclán. / Adolfo Enriquez
Josefina Blanco fue una de las primeras mujeres en divorciarse en España. «Aunque desconocemos hasta qué punto esta experiencia la marcó, es fácil imaginar que no fue un proceso sencillo, especialmente teniendo hijos. Su abogada fue Clara Campoamor, pero ni siquiera eso debió de aliviar la dureza de una separación pública en aquella época», afirma.
La Guerra Civil truncó la vida de innumerables españoles. En el caso de Josefina Blanco, la situación fue especialmente dramática: su exmarido, que le pasaba una pensión de alimentos, falleció en enero de 1936, dejándola sin ese ingreso. Se quedó a cargo de dos de sus hijos, mientras que el mayor, Carlos, fue reclutado al producirse el golpe de Estado. Una cuarta hija logró ser acogida por unos familiares. «Josefina pasó la guerra en Madrid casi sin recursos y con dos niños a su cargo. Tras enormes esfuerzos, consiguió embarcar a dos de ellos hacia Sudamérica, concretamente a Chile, pasando por Navarra y Francia. Ella permaneció en España, primero en Madrid y después en Barcelona, sobreviviendo en condiciones económicas extremadamente precarias», señala.
Tras la guerra, comenzó a publicar la obra de su marido, a la que profesaba un respeto casi sagrado, según Del Valle-Inclán Alsina. «En una carta, afirma que se consideraba sobradamente recompensada por haber sido la madre de sus hijos y por haber sabido conservar una austeridad que él habría aplaudido. También expresa el respeto casi religioso que siente por su obra. Gracias a ella, Valle-Inclán sobrevivió editorialmente, algo que no sucedió con otros autores importantes. En pleno franquismo, alrededor de 1944, esta labor implicaba enfrentarse a la censura, conseguir financiación y lograr distribuir las ediciones. Gracias a ese esfuerzo constante, la obra de Valle-Inclán logró mantenerse viva editorialmente, algo que no ocurrió con otros autores de gran relevancia cuyas obras hoy resultan difíciles de encontrar», destaca.
Foro Galicia y Valle-Inclán tiene como objetivo dar a conocer aspectos poco conocidos del literato gallego a partir de investigaciones nuevas, evitando la repetición de datos ya divulgados. «Se publica poco, pero todo el contenido es inédito», explica. En números anteriores de su publicación se han abordado temas como Valle-Inclán como sindicalista, la edición de su obra en Rusia y su amistad con Rubén Darío. «El propósito es abrir nuevas líneas de investigación y animar a generaciones más jóvenes a continuar este trabajo», señala el director de la publicación.
Por la mañana, el nieto del escritor y de la actriz, tuvo un encuentro con el alumnado de la Escuela Superior de Arte Dramático de Galicia (ESAg), en Vigo, en el que habó de "La dramaturgia de Valle-Inclán. Estructura y matemática"
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