Los martes el Colegio Apóstol se reúne contra la soledad
El centro organiza un voluntariado en el que alumnos de bachillerato conversan, juegan y acompañan a personas mayores del barrio de Teis y usuarios de la asociación Grandes Amigos.
Los profesores coordinadores , Jorge Lorenzo y Sara Gómez, aseguran que estos encuentros fomentan la empatía y el compromiso social entre los jóvenes.

Malena Álvarez
Son las seis de la tarde y Cristina Jiménez, junto a otras 6 compañeras, todas alumnas de 2º de bachillerato en el Colegio Apóstol, comienzan a prepararlo todo para dar inicio a otro de los encuentros con sus amigas intergeneracionales. Colocan las sillas en círculo, preparan las fichas de dominó y esperan su llegada. Irene es una de las primeras en aparecer, también la que más tiempo lleva participando en el proyecto. Se saludan, preguntan por la familia y los exámenes. Ya hay confianza. Al poco, el aula se llena. Alrededor de una mesa, siete estudiantes y cinco mayores, comienzan a compartir historias, risas y momentos. Una forma de combatir la soledad no deseada. Todas son vecinas de Teis, con estos encuentros han conseguido que el barrio sea un lugar más amable, donde la diferencia de edad no importe y las caras sean reconocidas por la calle, aunque a veces se olviden. Teresa García tiene 83 años y vive justo enfrente del colegio. Para ella, estas reuniones son una forma de salir de casa y cambiar la rutina. Hace poco falleció su hija y necesita mantener la cabeza ocupada, «si estoy sola me derrumbo», confiesa.
Estas «quedadas» forman parte de un voluntariado que propone el centro a toda la comunidad educativa: profesores, alumnado y familiares. Cada martes el grupo de voluntarios, voluntarias en su mayoría, juegan y conversan con algunos usuarios de la asociación Grandes Amigos. «Parece que son actividades menores, pero tiene un significado muy potente, el compartir, el conocer y el estar en contacto con otras generaciones», explica Belén Tombilla, responsable de Desarrollo Social de Grandes Amigos. Afirma que esta forma de socialización tiene beneficios «muy positivos» para la salud de los mayores. Pero no solo ellos disfrutan de la experiencia, los jóvenes se llevan lecciones que nunca aprenderían en las aulas. «Se vuelven más conscientes de la soledad no deseada. Muchos nos cuentan que desde que participan en la actividad se preocupan más por sus abuelos y notamos que se vuelven más empáticos y activos en actividades de la vida colegial», resaltan los profesores coordinadores de la actividad, Jorge Lorenzo y Sara Gómez. Este proyecto no es algo puntual. El voluntariado forma parte de la cultura del colegio desde hace años. «Nace de la necesidad de aportar algo más al alumnado del centro y también para colaborar con personas del barrio en situación de vulnerabilidad», detallan los profesores.
Cristina es una de las alumnas veteranas. Lleva participando en las reuniones desde que comenzaron, el curso pasado. Lo más importante de su papel es escuchar. «Necesitan desahogarse, y sentir que alguien está ahí para oirlo», puntualiza la joven. De su experiencia, además de las risas y la compañía, se queda con las historias de vida que les cuentan las mujeres. Cómo era tener pareja hace 50 años, cómo era el barrio en su juventud o los estudios en aquella época. Mateo Pinacho es el único chico que participa en la actividad. A diferencia de su compañera, él se anotó este curso. Quería «aportar algo a la sociedad». En este tiempo ha descubierto que quizás la sociedad le ha aportado más a él: «Me es sorprendente que en los mayores no existe la vergüenza y te cuentan todo».
A las siete y media la sesión termina. Las despedidas se alargan un rato más. La soledad no ha desaparecido de golpe. No se resuelve en hora y media ni se borra con una partida de bingo. Pero se hace más pequeña. Porque cuando alguien escucha, cuando alguien pregunta y se queda, el silencio pesa menos.
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