Migración
Las fisuras de la regularización de migrantes: la historia de Ashley, una mujer trans que se queda fuera
La colombiana Ashley Julieth Soto, de 23 años, no se podrá regularizar por tener antecendentes penales: iba de pasajera en una mototaxi que desconocía que era robada y el conductor no fue penalizado porque era menor de edad

Marta G. Brea
Ashley Julieth no tiene papeles, su pasaporte no es acorde a su identidad y está fuera de la última medida del Gobierno para regularizar a miles de migrantes. Pero se ve fuerte. Aunque tenga que enfrentarse a un pedregoso camino burocrático para comenzar su nueva vida, y pese a tener que hacerlo con los sinsabores de la precariedad.
Desde muy joven -solo tiene 23 años- se convirtió en una superviviente experta y se presenta inquebrantable al recordar su travesía hasta la ciudad olívica. Llegó hace cerca de un año, con una historia de migración que diverge de otras. No solo salió de Colombia para buscar mejores condiciones, sino que lo hizo por necesidad. Allí corría peligro.
Nació en Pereira, una ciudad del Eje Cafetero próxima a Medellín. Había terminado el colegio y tenía pensado continuar sus estudios. Entonces empezó la odisea. Para ello necesitaba arreglar unos papeles en su centro educativo, lejano a su casa. «Para ir hasta allí cogí lo que llamamos mototaxi, le pagué a un chico para que me llevase. La policía nos paró y resultó que el vehículo era robado. Como el conductor era menor de edad (le faltaban dos meses para los 18) lo libraron de los cargos y me acusaron a mí de hurto, pese a que tenía pruebas de lo contrario», cuenta. En ese momento se la llevaron y tuvo que ingresar en un calabozo en el que estuvo incomunicada un mes, sin poder avisar a su familia. El proceso finalizó y a Ashley le sentenciaron antecedentes penales hasta 2028.

Ashley Julieth, ayer en Vigo lloviendo. / Marta G. Brea
Intentó presentar las pruebas, demostrar que ella no tenía que ver con el delito, pero la familia del conductor la amenazó de muerte. Al ver que estaba en un callejón sin salida, hizo las maletas y viajó hasta Bogotá. Allí contactó con una asociación LGTB que la ayudó para que pudiese finalizar sus estudios. Pudo cambiar su DNI para que dejase de aparecer su deadname (anglicismo que se usa para referirse al nombre de nacimiento que una persona trans ya no utiliza), pero no lo logró con el pasaporte. «Me pedían que iniciase el proceso una y otra vez, no me daban credibilidad. Me mandaban pedir citas por las que tenía que esperar de tres en tres meses», recuerda.
Sentía que en su país estaba en peligro por ser trans. Las autoridades se burlaban y ponían trabas. Buscó la forma de emigrar y se lo permitieron por motivos humanitarios, con la figura de protección internacional. En Vigo, ciudad a la que vino porque encontró una asociación -Nós Mesmas- que podía ayudarla, las cosas no son fáciles. Tiene varios frentes abiertos. Por un lado, debe reunir dinero para viajar a Madrid. Es necesario para solicitar al consulado el cambio de nombre en el pasaporte, además de en sus títulos académicos, para que puedan coincidir con su DNI. Por otro, sabe que no podrá acogerse a la regularización masiva por los antecedentes penales y tendrá que buscar la manera de lograr trabajar antes de su cita en el registro, que se la dieron para 2028.
En Accem le facilitaron un piso de acogida, donde tiene permitido permanecer hasta octubre, y en el Sergas pudo comenzar su hormonación. Tiene la posibilidad de ser considerada persona de extrema vulnerabilidad y, de esa forma, acceder antes a permisos como el de trabajo.

Ashley Julieth, migrante colombiana con muchos obstáculos para regularizar su situación. / Marta G. Brea
En Colombia, la burocracia y el requerimiento de numerosas pruebas también le impedían dar el paso a hormonarse. Lo intentó durante cuatro años. «La forma que nos quedaba era hacerlo por nuestra cuenta, con todos los peligros que eso entraña. No sabes muy bien lo que estás comprando, solo cuentas con los consejos de otras compañeras», indica.
Su sueño es ser auxiliar de enfermería, pero mientras no pueda estudiar tratará de conseguir el empleo que haya disponible. Es su principal motivo de agobio. «Una conocida aquí me ofreció entrar en la prostitución, en un piso. Sé que muchas chicas trans nos arriesgamos y accedemos porque no se nos ofrece nada más, pero dije que no. Preferiría tener que dormir en la calle que eso», afirma.
Ashley tiene 23 años y tuvo que salir adelante sola una y otra vez. Conserva relación con su madre, pero su padre no le habla porque es Testigo de Jehová y no acepta su identidad. Se reafirma superviviente y repite que, ahora, ya no se va a rendir.
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