Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Javier, curador de Pipo: «Es lo mejor que me pasó en la vida»

¿Es un hermano adoptivo? Javier y «Pipo» son una familia improbable que se construyó hace tres años. Cuando su pareja falleció, el podólogo Javier Fernández eligió seguir al lado del hermanastro de la persona con la que había compartido 14 años. Fiscalía le dio la razón y la curatela de Pipo, con síndrome de Down y solo 5 años más joven que él. El principio llegó cuando otros solo verían un fin

Javier es curador de Pipo, el hermanastro de su difunta pareja: «Es lo mejor que me pasó  en la vida»

Jose Lores

Elena Ocampo

Elena Ocampo

Vigo

A Pipo le cuesta esperar a que el día empiece del todo. Antes de abrir los ojos, ya sonríe. Es su manera de anunciarse. De decirle al mundo que, por difícil que se ponga, sigue siendo un lugar habitable. Luego sí, los abre y busca con la mirada a Javier Fernández, «mi Javier». Es un podólogo vigués solo cinco años mayor que él, que se ha convertido en padre o hermano adoptivo; en referente. Hogar. El ritual de cada mañana llega como otros piden café: «Hola, precioso mío. ¿Me das un besito?». Javier se ríe, protesta por la exageración cariñosa —«qué pesado eres»— y termina cediendo. Pipo, a veces, ordena todo ese universo en una frase tímida: «Ay, soy tan feliz».

No es una pose. Es una forma de estar. Y, en esa insistencia luminosa, Javier ha aprendido algo que no sabía que necesitaba: vivir a otra velocidad. Pipo se llama Marcos. Tiene 50 años y síndrome de Down. Llegó a casa de Javier que tiene la curatela (es el «curador») y que lo llama «mi hijo adoptivo» hace tres años. Pero el barrio ya saluda a Pipo por su apodo. Era el hermanastro de la pareja de Javier, que falleció en solo 7 meses en 2022 tras el diagnóstico de un cáncer. Lo cuenta todavía con una mezcla de incredulidad y cansancio: «Yo aún no aterricé». Lejos de entender aquel fin como una despedida, por extensión, de su familia, Javier se quedó. Pipo, huérfano criado en Madrid. Y Javier, viudo y roto por una despedida a destiempo. La vida les mostró otro camino y ellos abrazaron la oportunidad de una reconstrucción.

Durante la pandemia, Pipo estaba en Madrid. Javier lo dice con prudencia, sin recrearse, pero con cierto malestar. Una vida reducida al mínimo: televisión, aislamiento… Cuando Pipo llega a Vigo, trae encima un aprendizaje raro. «Me pedía permiso hasta para hacer pis», recuerda. No sabía usar llaves. No sabía ir solo por la calle. Hablaba poco. Y, en ese silencio, intuían un vacío pasado. Javier, que hasta entonces llevaba una vida centrada en su clínica de podología, se encontró con un cambio abrupto. «De repente, padre», resume. Trabajo, una casa que reorganizar, responsabilidades nuevas y un adulto de 50 años neurodivergente. Con una intuición emocional finísima, eso sí.

Pipo, Antonia y Javier.

Pipo, Antonia y Javier. / Jose Lores

En Vigo, Pipo empezó a ir a un centro con otras personas con discapacidad intelectual (Fundación Integra). Allí encontró un espacio donde no lo miran desde la etiqueta. Habla a diario de la profesora Lorena, de las clases de cocina con «Gandía» —como rebautiza a Antía—, de gimnasia con Fran y de la directora, Bea.

Y poco a poco sucedió lo que pasa cuando alguien se siente seguro: el mundo crece. Aprendió a ir solo al centro. A comprar el pan. A abrir una puerta con llave. A moverse con autonomía. «Viene súper orgulloso», cuenta Javier. «Quiero que aprenda a hacer más cosas. Para él, todo es la leche».

Luego está la música. Pipo tiene una memoria musical que sorprende a quien convive con él. «Le pones una canción y al segundo sabe quién es. Desde los 80 hasta ahora», dice Javier. No lee ni escribe, pero identifica melodías como quien reconoce caras.

Cuando la pareja de Javier, que tenía la curatela de Pipo, enfermó, se abrió una grieta y la muerte terminó de desencadenar la fractura familiar por el futuro del chico. Tras el fallecimiento, reclamaron la curatela para llevárselo a una residencia en la ciudad olívica. Javier evita nombres y se ciñe a lo imprescindible. En ese proceso hubo escenas duras. El juez, según su relato, cortó la situación de raíz. Pipo declaró primero, sin interferencias. Y lo que dijo dejó una marca en la sala: «Yo entré y estaban mirándome. Y Pipo vino directo: ‘mi Javier’… y se me abrazó». Al final, el juzgado le otorgó la curatela a él, que lo explica sin épica: eligió quedarse.

Un mes después, Pipo le hizo una pregunta que Javier aún recuerda como si hubiera ocurrido ayer. «Me dijo: ¿Te puedo hacer una pregunta?». Y me dice: «Yo tengo una discapacidad, ¿verdad?». Javier contestó con sinceridad. «Sí». Pipo insistió: «¿Y por qué?». «Porque naciste así, Pipo».

Pipo tocando la batería.

Pipo tocando la batería. / Jose Lores

Lo que vino después fue el golpe: «Pues yo no quería tenerla». Y lloró. Había entendido que hay puertas solo medio abiertas. «Es que yo quería saber leer», le confesó. «Le dije: si necesitas leer algo, te lo leo yo. Y además, tienes una súper capacidad que muy pocas personas tienen: hacer feliz a la gente». A Pipo le gustó esa idea. Tanto, que la convirtió en personaje. «¿Soy un superhéroe?», preguntó. «Sí —le respondió Javier—, pero no vuelas».

Del mismo modo, Pipo sigue creyendo en «Sus Majestades». No como una ingenuidad ridícula, sino como un territorio propio donde todavía cabe la ilusión. Este año, los Reyes le regalaron una batería, que le trajo una felicidad que desbordaba el salón. «Si vieras la cara que puso…», reconoce su curador. Porque la batería no es solo un objeto. Es un proyecto. Una promesa de futuro. Y Pipo, cuando imagina el futuro, lo imagina a lo grande: «Mira, me voy de gira con Dua Lipa», suelta, y Javier se «mea de risa», porque entiende lo que hay detrás: ganas de estar en el escenario mundial, aunque sea solo en la imaginación. En esa frase hay ambición, juego y autoestima. Algo que antes, no tenía.

La convivencia, cuenta Javier, no está hecha de heroicidades, sino de un flujo constante de afecto. Al principio, tuvo miedo del cambio total de vida. «Clínica, casa, la perrita, Pipo… todo». Pero el temor se fue convirtiendo en rutina, y la rutina en algo parecido a la certeza. «Ahora hasta me sobra media hora al día». Reflexivo, reconoce: «Soy feliz gracias a Pipo», insiste. «Pon un Pipo en tu vida, son alucinantes». Y ese nombre está ya —también— tatuado en su muñeca.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents