Entrevista | David Eyo, «el hombre del bosque» Divulgador científico e influencer: «En unos años Vigo se va a convertir en un referente por su otoño»
«En unos años Vigo se va a convertir en un referente por su otoño»
Mientras camina por la ciudad, el estradense Eyo puede saber si la calidad del aire es buena tan solo mirando los muros o algunas baldosas dañadas. Lo sabe por la evolución de los líquenes. No es biólogo de profesión, pero lleva trabajando con plantas toda su vida y estudiándolas desde que aprendió a leer. Cree que Vigo, donde reside, es una ciudad cargada de especies emocionantes. Sobre ello habla en sus vídeos de redes sociales, donde acumula casi 50.000 seguidores

Marta G. Brea
David Eyo (A Estrada) es lo que podría llamarse un «influencer de la naturaleza». Cada día publica vídeos en Instagram y Tik Tok en los que habla de la flora que se cruza, aportando datos curiosos la mayoría de las veces. Procura ir todos los días a caminar para poder incrementar su conocimiento.
Observa, fotografía, busca en internet y corrobora con enciclopedias. Un trabajo de hormiga que hoy le permite tener un amplio abanico de conocimientos naturales.
—¿Cómo comenzó su relación con el mundo de las plantas?, ¿estudió algo relacionado con ellas?
A los 18 años me trasladé a Santiago por trabajo y empecé a trabajar en un vivero de plantas, donde estuve durante 14 años. Posteriormente, en la época de la pandemia, por motivos personales, me vine a vivir a Vigo con mi pareja actual. En la ciudad estuve trabajando en Casa Planta hasta noviembre del año pasado, momento en el que decidí dejarlo. Pero aunque llevo 17 años ejerciendo profesionalmente con flora, mi interés viene de mucho antes. Desde niño, leía libros sobre ellas. Siempre me interesó ir más allá del nombre común: buscar el científico, conocer los cuidados y llegar a entenderlas en profundidad.
—¿Cómo es su proceso de aprendizaje?
Primero veía las plantas en mi entorno natural. Siempre he sido muy observador. Cuando encontraba una planta que me llamaba la atención, la buscaba en los libros hasta identificarla. Después estudiaba sus características y observaba cómo cambiaba a lo largo del año. Eso lo he hecho toda la vida y lo sigo haciendo. Desde que aprendí a leer, creo que estudio todos los días. Además, saliendo se aprende muchísimo, se ve por qué una planta crece en un sitio, por qué otra se ha secado, si han aparecido insectos, cuándo florece una y otra no… Todo está en la observación, en no ver el paisaje como una masa verde sin más.
—¿Con internet basta para ser autodidacta?
Es más fácil y más difícil a la vez. Las aplicaciones de identificación de plantas funcionan bien con especies muy conocidas, pero cuando quiere ir un paso más allá, por ejemplo distinguir entre hojas de gramíneas, suelen fallar. Por eso hay que recurrir todavía a métodos más tradicionales y, sobre todo, contrastar siempre la información. Nunca fiarse de una sola fuente y leer al menos en dos o tres sitios fiables.
—Tiene varios vídeos en los que habla de indicadores ambientales naturales, como los líquenes. ¿Qué podemos aprender sobre la ciudad?
Vigo tiene un clima muy suave y húmedo, con influencia directa del mar. Eso crea un ambiente casi subtropical. Gracias a ello, aquí crecen al exterior plantas que en otras zonas serían de interior, como monsteras o helechos arbóreos. Además, la calidad del aire es bastante buena en general, porque el aire marino renueva constantemente la atmósfera. Esto se ve claramente en los líquenes. Muchos son muy sensibles a la contaminación. Los que tienen formas más grandes, foliosas y abultadas, solo sobreviven en ambientes con aire limpio. Si hay azufre, metales pesados u óxidos contaminantes, se acumulan en ellos y mueren rápidamente. Por eso, la presencia de los que son grandes y viejos indica que esos contaminantes están ausentes o en niveles muy bajos.
—¿Qué trato reciben la flora urbana y los árboles en Vigo?
Tengo sentimientos encontrados. Por un lado, hay árboles grandes, como los castaños de Indias de Gran Vía, que reciben podas fuera de época. Eso los debilita, les hace perder savia y los vuelve más vulnerables a enfermedades que, muchas veces, son consecuencia directa de esas malas prácticas. Por otro lado, me parece muy interesante la apuesta por especies como el ginkgo biloba o el liquidámbar, aunque no sean autóctonas. Se están plantando mucho en obras nuevas y, cuando crezcan, Vigo tendrá una coloración otoñal espectacular.

Eyo enseña las ramas de un álamo negro. / Marta G. Brea
—¿Y por qué se hace así? ¿Por qué cree que apuestan por esas especies?
Porque es una apuesta muy pensada a medio y largo plazo. El ginkgo biloba y el liquidámbar son árboles que tienen una coloración otoñal espectacular. Cuando llega el otoño, el ginkgo se vuelve de un amarillo dorado muy intenso y el liquidámbar pasa por rojos, naranjas y púrpuras muy llamativos. Al haberse plantado tantos ejemplares en distintos puntos de la ciudad —en obras nuevas, avenidas y zonas como la bajada del Castro o los alrededores de Balaídos—, cuando estos árboles crezcan un poco más, Vigo va a convertirse en un referente en cuanto a paisaje otoñal. Además, no solo se han plantado estos árboles: también hay muchos prunus, que en otoño y en otras estaciones aportan floraciones y colores muy interesantes. Todo eso va a hacer que, dentro de unos años, el otoño en Vigo sea especialmente bonito y muy reconocible visualmente.
—¿Hay alguna zona verde o planta que le interese especialmente de la ciudad?
El parque de Castrelos tiene una colección de camelias impresionante. Hay ejemplares de camelia amarilla, que es una auténtica rareza botánica, y otras camelias de colección que normalmente solo se ven en ferias especializadas. Mucha gente no es consciente del valor botánico que hay allí.
—¿Vigo necesita potenciar más sus zonas verdes?
Sí, especialmente el paseo del Lagares. Tiene tramos con una biodiversidad fascinante. Aquí se pueden ver nutrias, garzas, cormoranes, peces y aves propias de bosques de ribera, a escasos metros de zonas muy urbanizadas como Balaídos. Es un río muy intervenido por el ser humano, pero está recuperándose claramente. Debería protegerse más y ponerse en valor, porque es un auténtico lujo que pocas ciudades tienen.
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