Las carencias de los parques infantiles: ocupan espacios residuales, lejos de la naturaleza y desprotegidos ante la lluvia
Un trabajo fin de grado de la Escuela de Arquitectura de A Coruña detecta deficiencias comunes en 14 recintos de Vigo extrapolables al contexto nacional
Predominan los juegos dirigidos, la mayoría están encajados entre edificios y no facilitan la interacción intergeneracional

El parque infantil de la calle Pintor Colmeiro es un de los analizados en el estudio. / Pablo Hernández Gamarra
Los parques infantiles siguen siendo «grandes ausentes» en el diseño de las ciudades. Se ubican en espacios residuales, la mayoría encajados entre edificios y sin contacto con la naturaleza, carecen de protección frente a la lluvia y no facilitan la interacción intergeneracional. Un trabajo fin de grado realizado en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de A Coruña detecta deficiencias comunes en 14 recintos de la ciudad, extrapolables al contexto nacional, y lanza propuestas para que evolucionen hacia un modelo que realmente potencie el aprendizaje y la socialización.
La autora del estudio, Antía Núe Fernández, reivindica que los parques son mucho más que lugares de juego, ya que su diseño y ubicación determina cómo los niños «se relacionan, aprenden y se desarrollan en su entorno inmediato». Y aboga por «trascender» el actual enfoque normativo y asumir una «visión integral» que aúne arquitectura, pedagogía y naturaleza para construir «espacios inclusivos, creativos y resilientes».
Su trabajo analiza 14 parques de la ciudad –Bouzas, Florida, A Miñoca, Pintor Colmeiro e Independencia, entre otros– y compara diez parámetros clave: entorno colindante, tipo de juegos, franja de edad, pavimento, delimitación, profundidad (sensación de apertura o encierro), complejidad (equilibrio entre estímulos y relajación), punto focal y naturaleza.

Parque de Independencia. / Alba Villar
Respecto a su inserción en el tejido urbano, suelen ubicarse en espacios «sobrantes» en detrimento de los usos residenciales, lo que provoca que no se tengan en cuenta factores «esenciales» como el soleamiento, una accesibilidad peatonal segura, la cercanía a centros escolares o la integración en zonas verdes,.
Otra de las principales limitaciones detectadas es la falta de protección frente a inclemencias meteorológicas. Aunque algún parque cuenta con sombra parcial gracias a árboles o edificios colindantes, ninguno dispone de estructuras para resguardarse de la lluvia. A pesar de que Vigo, como indica la autora, tiene una media anual de 129 días de precipitación.
Además predomina el juego figurativo y dirigido a través de columpios, toboganes y balancines estándar, lo que limita la capacidad creativa de los niños. Aunque hay parques que rompen con esta tendencia como el de A Miñoca, que incluye elementos no figurativos y materiales naturales que promueven el juego libre y la exploración.
Límite de edad
La mayoría de los parques limitan su uso hasta los 12 o 14 años, lo que junto con la carencia de espacios complementarios excluye la participación y la interacción con cuidadores o personas de mayor edad.
Casi todos los pavimentos son de caucho o arena y predominan las vallas de colores que garantizan la seguridad del recinto, pero también «refuerzan la percepción de espacio cerrado y segregado». Carecen de profundidad visual, su complejidad se basa en colores llamativos y ruido de tráfico más que en diversidad natural, y los elementos naturales se reducen a pavimentos de arena o situados fuera del parque.
A la luz de estos resultados, la autora defiende nuevos modelos que formen parte de una «planificación urbana consciente» y que apuesten por «estructuras abiertas, materiales naturales» y entornos que faciliten a los niños crear sus propias formas de juego.
También defiende que se tengan en cuenta las condiciones climáticas locales y que se favorezca «la inclusión intergeneracional y la diversidad funcional con elementos accesibles y espacios para cuidadores y acompañantes».
Como reflexión final, señala que los parques son los lugares donde los niños «aprenden a relacionarse con el mundo» y solo un diseño que tenga en cuenta todos estos factores podrá convertirlos «en verdaderos catalizadores del bienestar infantil y en un reflejo de ciudades que ponen a la infancia en el centro de las prioridades».
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