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Las telefonistas de la calle Urzáiz, mujeres que conectaron Vigo con el resto del mundo

Marisa Méndez y Luchy Areán, que trabajaron en la telefónica de Urzáiz desde la década de los sesenta, relatan su experiencia, las exigencias del puesto, la importancia de tener independencia económica durante el franquismo, el compañerismo entre empleadas y el funcionamiento de las centralitas manuales.

(De izqd a Dcha) María del Carmen Méndez y Luchy Areán, antiguas operadoras de la telefónica con un micrófono y un cronómetro que usaban para trabajar.

(De izqd a Dcha) María del Carmen Méndez y Luchy Areán, antiguas operadoras de la telefónica con un micrófono y un cronómetro que usaban para trabajar. / Alba Villar

Vigo

La manos se mueven con rapidez y precisión. Una clavija entra, otra sale. La luz se enciende y al otro lado alguien espera. «¿Qué población desea?», durante décadas esa fue la pregunta más repetida en las centralitas. Las telefonistas empleaban esta fórmula para iniciar las comunicaciones. Las normas eran exigentes, había que seguir un guion. «No podías decir lo que te daba la gana», explica María Luisa Areán, más conocida entre sus compañeras como «Luchy». Cada tono, cada respuesta y cada minuto contaban, y su labor no solo dependía de la destreza manual, sino de una corrección absoluta en el trato. La vigilancia era constante. En la sala había observadoras encargadas de supervisar su trabajo, escuchaban las llamadas y calificaban la labor de las empleadas.«Recuerdo una vez que un señor me pedía explicaciones de un tema que yo desconocía, insistió tanto que acabé por responderle: Pero hijo mío ¿usted qué?, madre mía que bronca me cayó», recuerda Marisa Méndez.

Las dos entraron en la telefónica de la calle Urzáiz en la década de los 60 y su amistad perdura más de medio siglo después. «Nos llamábamos la Sagrada Familia», cuenta Marisa. El nombre lo pusieron en referencia al buen trato que tenían entre ellas.«Éramos todas jóvenes, muchas veces dábamos un paseo antes o después del trabajo», a Luchy, que entró en la compañía a los 16 años, le ayudó a ampliar su círculo social, ahora forma parte del grupo de mayores de la Telefónica que organiza reuniones cada cierto tiempo. Por su parte, Marisa lo que más valoró del trabajo fue «tener independencia». Ganar un sueldo propio le permitió no depender del dinero de su marido. Ella fue una de las primeras telefonistas en poder casarse en Vigo. El franquismo quitó a las mujeres los derechos que habían conseguido durante la Segunda República, desde 1938, bajo las medidas recogidas en el Fuero del Trabajo, las mujeres casadas o embarazadas quedaban fuera de la vida laboral. Fue en 1961 cuando se les abrió la puerta, aun así la conciliación era difícil. Sus turnos eran de tarde, de mañana y de noche, e iban rotando «Yo tenía que contratar a alguien para que se quedase con las niñas en casa», asegura Marisa, Luchy, por su parte, recurría a la familia.

Lo que más valoraba del trabajo era tener independencia económica

Marisa Méndez

— Extelefonista

Luchy vestida con su uniforme de telefonista.

Luchy vestida con su uniforme de telefonista. / FdV.

El trabajo de las telefonistas fue pionero en la historia laboral de las mujeres, porque ofreció , en una época de oportunidades muy limitadas, un empleo estable, remunerado y bien reconocido socialmente fuera del ámbito doméstico. «Nos daban acciones, las Matildes se llamaban, también organizaban excursiones o campamentos a los que podíamos llevar a nuestros hijos», relata Luchy. También quiere agradecer a los tranvías de Vigo por esperarlas de noche en la puerta de la Telefónica para que no tuviesen que estar solas en la calle. Sin embargo, a pesar de ser un trabajo que exigía formación, precisión y una gran responsabilidad, ellas no cobraban lo mismo que los hombres que estaban en la oficina.

¿Cómo llegar a ser telefonista?

Para ingresar como telefonistas, tenían que superar varias pruebas: un dictado, hacer diferentes operaciones matemáticas, leer un texto por teléfono y, la más curiosa, una prueba de longitud de brazos. El estudio de envergadura aseguraba que la mujer podría acceder a los extremos de su puesto. Para prepararse, Marisa acudió a una academia. A pesar de que describe sus 40 años de trabajo como «una experiencia muy positiva», admite que no fue una decisión suya, fueron sus padres los que se lo propusieron al ver que era buena estudiante. Recuerda su primer día: «Todo me sorprendía, era desconocido para mí». Rápido aprendió el oficio: La señal luminosa avisaba de una llamada entrante. En ese momento, la telefonista introducía la clavija en el punto indicado y activaba el sistema que permitía al abonado comunicarse con ella para indicar el destino de la llamada. Con esos datos, tomaba una segunda clavija y la conectaba en la posición correspondiente a la central o al número solicitado.«Si no era en línea tenías horas de demora, que es lo peor», comenta Luchy, muchas veces esta espera era de horas. «Unas tres horas para conectarse con Madrid», aclara. Anotaban al usuario en un ticket y lo llamaban después, cuando la línea estuviese libre. «Era por la madrugada cuando había mucha actividad en Vigo, por el Berbés», aseguran.

El usuario no podía estar hablando todo el tiempo que quería, ya que las líneas eran limitadas. Las telefonistas muchas veces se metían en su conversación para avisarles del tiempo que les restaba de llamada. «El fútbol era una excepción, estaba conectado toda la tarde», recuerda Marisa. En otras ocasiones era el propio abonado el que les pedía «tiempo», es decir que les avisasen cada tres minutos para controlar el costo de la comunicación. Entre sus servicios también estaba el de «despertador», quien quisiese podía solicitar que le llamasen a casa para que lo despertasen, era totalmente gratuito.

Al contrario de lo que muchas veces se dice no escuchaban todas las conversaciones. «Estaba prohibido», resalta Luchy. Por su parte, Marisa dice que tampoco tenían tiempo para eso, lo único que oían era cuando se tenían que conectar a la llamada para asegurarse de que estaba funcionando, «pero no le prestábamos atención».

Con la evolución tecnológica, aquellas salas donde resonaron las voces diligentes de las telefonistas, fueron quedando en silencio, sustituidas por máquinas que no requerían descanso, turno ni concentración, pero el oficio permanece en nuestra memoria.

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