El arte de la precisión: Manolo Olegario, el relojero que repara el tiempo desde Vigo y mantiene viva la tradición
El oficio milenario de la relojería tradicional está en peligro de extinción con la llegada de los relojes electrónicos. Manolo Olegario es uno de los pocos especialistas que queda en Vigo, advierte que no hay relevo generacional, pero confía en que el auge de lo vintage les devuelva su lugar.

Vídeo Pedro Fernández / Foto Marta G. Brea
El arte de la precisión. Como si de un cirujano se tratase, Manolo Olegario viste bata blanca, presta atención al detalle y necesita tener a mano pinzas, alicates, tornillos y una lupa. El latido de su enfermo se mide en TicTacs y su trabajo es ponerlo en funcionamiento. Olegario practica un oficio milenario: el de la relojería, en el que la destreza manual y un conocimiento profundo de la mecánica son esenciales.
Se formó en una escuela de Buenos Aires en 1971, en una época en la que los relojes mecánicos eran el estándar. Desde el 1973 repara todo tipo de relojes: de pared, de bolsillo, mecánicos o digitales. Pero su profesión ha cambiado tanto como el mismo producto, relojes que ya no solo controlan el tiempo, pasaron de marcar las horas a calcular tu calidad del sueño, pulsaciones y los pasos que diste en el día.

Manolo Olegario reparando un reloj antiguo en su taller de la calle Pizarro / Marta G. Brea
«Ahora la mayoría de lo que llega a mi taller son relojes de pilas», asume Olegario. Con la llegada de los digitales y modelos más accesible, la figura del artesano especializado escasea cada vez más. En Vigo, como en muchas otras ciudades, este oficio se encuentra en peligro de extinción. «No hay relevo generacional», lamenta el profesional. «La gente joven más bien sustituye máquinas, hace cambio de pilas, hace preparaciones sencillas, pero relojeros de los de antes no quedamos muchos», asegura. Este es el motivo por que que mantiene una buena clientela, alrededor de 10 personas al día, aún así, ha notado un descenso: «En los años 70 y 80 lo normal es que entrasen 15 o 20».Recuerda sus inicios: «Cuando acabé los estudios me dijeron que no sería relojero hasta que pasase 10 años ejerciendo». En ese momento no entendía la afirmación, cinco décadas después, asegura que es «real». Durante el proceso de aprendizaje gastaba más dinero comprando las piezas que había roto en la reparación, del que ganaba por su trabajo.
Modas
Antes un reloj costaba el sueldo de dos meses, pero «era un objeto que te iba a acompañar toda la vida», ahora es común tener más de cinco a un costo mucho menor. Se rige por modas: «Esta temporada se llevan circulares y grandes, pero en cualquier momento pueden volver los rectangulares».

El relojero Manolo Olegario, con acordeones que también repara en su taller de la calle Pizarro / Marta G. Brea
Olegario recuerda que «la moda es cíclica», con la esperanza de que en algún momento los relojes mecánicos vuelvan a popularizarse. No está desencaminado, cada vez son más los clientes que acuden a su tienda por el mismo motivo: recuperar la pieza que era de algún familiar. Muchos de esos relojes tienen más de 50 años. No siempre consigue los materiales necesarios para el arreglo, a veces cambia el mecanismo de los relojes a uno eléctrico, «no son lo mismo, pero sí funcionan y aparentemente se ve igual». Para Olegario no solo es técnica, hay un componente emocional en cada reloj que pasa por sus manos.
A nivel mundial, grandes marcas suizas como Patek Philippe, Rolex y Omega están apostando por la fabricación de relojes mecánicos de lujo. Estos modelos, muy alejados de la producción en masa de relojes de cuarzo, están destinados a una clientela que busca calidad, artesanía y exclusividad. Aunque no son accesibles para todos los bolsillos, este fenómeno demuestra que hay un nicho de mercado que valora el reloj como una pieza de arte, y no solo como una herramienta para medir el tiempo. Es ahí donde Olegario asume que el trabajo del relojero va a permanecer siempre.
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