Entrevista | Flavita Banana Humorista gráfica
«La gente de derechas no es muy capaz de practicar el autodesprecio, algo que hace bueno a un humorista»
La humorista gráfica catalana está en la ciudad olívica presentando su nuevo libro, Archivos Expiatorios

Flavita Banana en la Galería Maraca. / Pablo Hernández Gamarra
La viñetista Flavia Álvarez-Pedrosa, conocida popularmente como Flavita Banana (Oviedo, 1987), está en Vigo presentando su nuevo libro. Es un compendio de las piezas que elaboró en los últimos tiempos, todas ellas cargadas de un humor implicado en el mundo real. La autora, aunque no es ajena a lo que pasa, no pierde el ritmo de la comedia. Cree que es probable que el humor sea algo genético, pero también reconoce que tuvo una gran escuela.
Su familia materna francesa se aseguró de que estuviese en contacto con la tradición gala de las tiras cómicas en los periódicos, mucho más extendida que la española. Asegura que se dedicó a una recua de trabajos manuales durante años, en estos momentos es una de las cuatro viñetistas de El País, donde publica en días alternos. Con todo, no deja de editar y publicar sus obras. El que hoy presentó es el más reciente.
—No es su primera vez en Vigo, ¿qué relación tiene con Galicia? Aquí el humor es patrimonio inmaterial.
Me encanta. Es el único sitio de España donde voy y digo: “Aquí sí”. No sé por qué, porque soy muy mediterránea, me gusta la playa y el sol, pero creo que es el carácter, el humor. Es un humor inteligente, participativo: te toman el pelo dando por hecho que te vas a dar cuenta. Y es de los pocos sitios donde me toman el pelo y lo consiguen. Siempre digo que soy gallega no practicante.
—Presenta un nuevo volumen de viñetas, ¿hay un hilo conductor con los anteriores?
Sí, es el quinto. Seleccioné unas 200 viñetas de todo lo que he hecho desde el libro anterior. No tiene un hilo conductor. Sí evito las viñetas demasiado de actualidad, porque necesitan explicación.
—Nunca fue ajena al feminismo en tu obra, ¿cómo lo ve hoy?, ¿qué le preocupa?
Cambia, y todo lo que cambie es bueno. No es una religión, es una ciencia: probamos, funciona o no, y vamos corrigiendo. Hay pequeñas victorias y a veces pasos atrás. También te das cuenta de que pensabas de una forma y ahora no. Pero entiendes que pensaras de aquella forma. Yo, por ejemplo, soy bastante crítica con muchas cosas que rodean la maternidad y no soy madre. Entonces, no creo que por ello no deba hablar de ello, sino que debo dar voz a las que no lo son y no les interesa especialmente el tema, pero se lo tienen que comer diariamente. Quizá si algún día soy madre me tenga que comer mis palabras.
—¿El humor implica vulnerabilidad?
Antes era una armadura para mí; ahora es la evidencia de la inseguridad y del “no lo sé”. Es importante mostrarse vulnerable cuando lo sientes.
—Publica una viñeta en El País cada dos días. ¿No se agotan las ideas?
Vivo con el pánico a que se agoten. Hay días en los que haces tres dibujos y otros en los que no sale nada. Si algún día me secara del todo, supongo que el periódico entendería una pausa. Pero por ahora siempre se acaba solucionando. Cuando te bloqueas, te paras y dices: «No es tan importante. Haz algo sencillo».
—¿Se puede dibujar humor desde la tristeza?
Sí. No todas las viñetas hacen reír. Algunas son muy críticas o muy tristes. Cuando nos matan, por ejemplo, es un límite: ya no sé cómo poner más en evidencia algo. Ahí se nota el cabreo, el cansancio.
—¿El mundo de la viñeta es precario?, ¿cómo fue su travesía hasta donde está ahora?
Sí, es un mundo muy precario. En mi caso soy una mezcla de privilegiada, suertuda y curranta. He trabajado de todo: camarera en todos los formatos, call center, help desk, guía turística… Me pagué la carrera y el grado superior porque en casa no podían. También hay golpes de suerte: por ejemplo, la muerte de Forges coincidió con mi entrada en el periódico, pero yo ya estaba demostrando que era capaz. Mi puesto concreto lo ocupamos cuatro personas; no puedo animar a todo el mundo a lanzarse. Habrá que buscar nuevas formas, quizá en la prensa digital, que tiene todo el espacio del mundo. Aun así, creo que hay que estar atenta a los trenes, tejer red y ser maja: eso hace que la gente se acuerde de ti cuando surge una oportunidad.
—¿Las redes sociales ayudan a su profesión?
En mi caso sí, no me imagino cómo hubiera sido sin ellas. Pero hay que cuidarlas: coherencia en el tono, en cómo comunicas. No sé cómo se logra sin redes.
—¿Le afectan las críticas negativas?
La democratización ha hecho creer a la gente que la creación es bidireccional: yo hago algo y tú me tienes que decir lo que piensas. No siempre es así. Una chica me escribió porque su hermano se suicidó y en la portada de mi primer libro hay un colgado, un recurso típico del humor gráfico. Me dijo que le daba cosa verlo. Tenía razón, y me supo fatal. No puedes ponerte en la piel de todo el mundo, pero hay casos que te remueven.
—¿El humor tiene límites?
Sí: el cuándo y el dónde. Demasiado pronto no. Con el tiempo siempre se acaba haciendo humor de todo. Depende de a quién le haces la broma. El humor es un idioma.
—¿Se emplea como arma política?
Sí. Que se use como herramienta política está bien, pero es una asignatura en la que fallan muchos de nuestros políticos. Muy pocos encajan bien la broma o hacen bromas que son un asco. Hay grados de inteligencia dentro del humor. Y creo que hay muy pocos viñetistas de derechas porque requiere desmontar una rigidez originada en el patriarcado. Un buen humorista se ríe de sí mismo, y muy poca gente de derechas practica el autodesprecio.
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