El coro Aférrate, refugio contra el suicidio: un ensayo antes del concierto en el Teatro Afundación
Comparte escenario mañana con otros coros de la Fundación Coral Casablanca, mostrando el valor social de la música como herramienta terapéutica

R. V.

«Mi mente no para. Hay días que sigo sin dormir. Pero al menos, aquí dejo de pensar por un rato», confiesa ella. Con 36 años y dos hijos, prefiere mantenerse en el anonimato. Llegó al programa «Aférrate» de la Asociación Alborada de Vigo derivada por la Unidad Contra el Suicidio del Sergas. Las pastillas la mantenían dormida casi todo el día y la casa, el trabajo y los niños se le hicieron bola. Sin embargo, hoy en el club Náutico de Vigo, se aferra a algo distinto: un último ensayo antes del concierto en el Teatro Afundación. Son muchos en las gradas. Entonan: «Jugar al azar, nunca saber cuándo puedes terminar, o empezar...», versos de la canción Copenhague de Vetusta Morla.
«Cuando entro aquí vengo hecha polvo, pero salgo más ligera, como si por un rato alguien bajara el volumen de mi cabeza», añade, mientras mira de reojo al director de la Coral Casablanca, Óscar Villar, que marca entradas con las manos como si dirigiera también los nervios (a flor de piel) de los participantes. En unas horas, mañana a las 20.30 horas, cantará junto a sus compañeros sobre el escenario del Afundación, en un concierto compartido con otros coros de la Fundación Coral Casablanca.
Unas treinta personas del programa de prevención del suicidio y de Alborada se sumaron a un grupo de voluntarios. Desde marzo, este puñado de voces ensaya canciones que muchos conocen, pero que ahora significan otra cosa: rutina, refugio, excusa para salir de la cama. «A mí la música me encanta. Puedes venir de bajón, pero sales de aquí con otra energía. Mientras canto estoy bien», resume ella antes de colocarse en su fila.
A su lado, Santiago Rodríguez, 40 años, asiente. Llegó a Aférrate tras un intento de suicidio y por recomendación de su médica de cabecera. La muerte de su madre fue como un golpe seco: sin hermanos, con diabetes, artrosis de cadera y una soledad que ahora suena menos hueca. «Me hablaron del programa Aférrate, empecé en canto… y ahora estoy bien», explica. Del último episodio ha pasado un año. Hoy canta en dos coros: en el de Aférrate y en la Coral Casablanca. Nunca antes había hecho música. «Jamás pensé que yo iba a cantar así», admite, todavía sorprendido.
De todo el repertorio de esta noche —“Bailaré sobre tu tumba”, de Siniestro Total; “La chica de ayer”, de Antonio Vega; y “Copenhague”, de Vetusta Morla—, Santiago se queda con la segunda. «Cuando canto siento mucha paz, mucha tranquilidad. Te desahogas. Te desestresas», dice. El ensayo avanza entre risas tímidas y momentos de concentración absoluta. Óscar levanta las manos: «No es solo cantar afinado, es escucharse y darle movimiento», les recuerda.
El director explica qué hace un coro como Aférrate dentro de la Fundación Coral Casablanca: «Tenemos coros formativos, como los Peques Casablanca y el coro juvenil, donde se forman chavales. Y luego están los coros sociales, donde la labor social pesa tanto como la musical». Entre los últimos, están «Sonidos de la Memoria» —con usuarios de Afaga y otras personas con alzhéimer y demencias—, «Jepeto» —para mayores que ya no pueden seguir el ritmo de un coro convencional— y «Aférrate», el más reciente, nacido para acompañar a quienes conviven con conductas suicidas. «Aquí la prioridad es que se sientan parte de algo, que tengan una cita fija y un grupo que les espera», resume Inés Sancho González, coordinadora del programa.
Se obliga a ir aunque esté en uno de esos días en caída libre. «Puedes venir de bajón, pero sales nueva. Sales con alegría. Aunque luego vuelvas a caer, mientras estás aquí, estás bien».
Santiago acude tres días a la semana a las actividades del programa. Huerta, talleres de manualidades, coro. «Si no estuviera allí, estaría en casa, sin hacer nada», reconoce. Vive de una paga pequeña y no ve posible volver a trabajar por sus enfermedades, pero ha encontrado una rutina y un lugar al que ir. Hoy, además, tiene agenda de artista: ensayo general por la tarde y, por la noche, el foco del Afundación.
Cuando el director da por terminado el último repaso, las voces se quedan flotando un momento sobre el muelle tranquilo del Náutico. No hay grandes discursos ni abrazos de película, solo un murmullo de atriles que se cierran y bufandas que vuelven al cuello. Mañana quizá regresen el insomnio, los pensamientos negativos o la mente que no para. Pero esta noche, durante unas cuantas canciones, «Aférrate» sonará como la vida misma. Pura vida.
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