Una odontóloga venezolana y su marido ingeniero hacen cola en el comedor social de Vigo al no poder convalidar sus títulos
La familia se instaló hace un año en la ciudad y sobrevive con pequeños trabajos temporales

Marta G. Brea
Los tres comedores sociales de Vigo reparten cada día 400 raciones de comida. Son casi 100 más que hace un año. En la cola se encuentran historias diversas, algunas protagonizadas por pensionistas, otras por personas sin hogar y, un gran número, por extranjeros que llegan y no pueden empezar a trabajar porque aún no cuentan con los permisos. Otros son profesionales que deben esperar años antes de poder convalidar sus títulos.
Y.A. esperaba ayer en Urzáiz con una bolsa y varios tuppers a que le diesen su ración familiar diaria. Es una de esas historias de migración: tuvo que reinventarse y aparcar los logros del pasado. Ella y su marido vinieron con sus dos hijos hace un año, pero una agotadora burocracia todavía no les permite tener convalidados sus títulos. En Venezuela estudiaron y ganaron experiencia como odontóloga (ella) e ingeniero civil (él). Cansados de la falta de oportunidades, emigraron. «Cuando llegamos mi marido hizo algunas entrevistas pero no daban los tiempos para tener listo su permiso de trabajo. Nos quedamos en un limbo y los ahorros se esfumaron rápido», indica.

Los comedores sociales de Vigo dan de comer a más de 400 personas cada día / Marta G. Brea
En este momento sobreviven con lo que gana él repartiendo paquetes de vez en cuando o dando algunas clases particulares de matemáticas, ella también hace pequeños trabajos temporales.
La vivienda, misión imposible
El primer apartamento que tuvieron les costaba 700 euros. Compartían una cocina y un baño con otras cuatro familias. Era más bien una habitación. Se mudaron a O Porriño buscando algo más viable, pero se veían obligados a ir y venir dependiendo del transporte público. Ahora pagan alrededor de 800 en Vigo, gracias a que una conocida les dejó quedarse en su casa. Todo el dinero va para pagar la estancia y eso hace que cada día Yuve haga la incesante cola. Sus hijos lo saben y aunque lo tienen normalizado no entienden la burocracia: «Mi hija siempre me dice, ‘si sabes arreglar dientes por qué paseas perros’», cuenta.
Ahora viven resistiendo, esperando a que llegue una oportunidad o a que los papeles avancen y puedan iniciar una vida normal.
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