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«Grité '¡Ayuda!' y '¡Socorro!' y nadie llamó a la Policía»: denuncia una agresión en Vigo ante la pasividad de los viandantes

Alba Roldán, trabajadora de Vialia, relata cómo una mujer la agarró y trató de morderla a primera hora de la mañana de este pasado miércoles mientras varias personas «miraban, pero no ayudaban»

Alba Roldán, junto a su gato Mushu en su casa, donde se recupera del agresivo y aterrador episodio que vivió este pasado miércoles.

Alba Roldán, junto a su gato Mushu en su casa, donde se recupera del agresivo y aterrador episodio que vivió este pasado miércoles. / Cedida

Marta Clavero

Marta Clavero

El mismísimo Manel Loureiro firmaría el surrealista y aterrador episodio que sufrió esta semana una granadina afincada en Vigo cuando se dirigía a su puesto de trabajo en la ciudad olívica.

«Era como una película de zombis», bromea a toro pasado Alba Roldán, aún dolorida en su casa, mientras relata a FARO lo que le ocurrió el pasado miércoles.

Y es que su historia coincide en varios elementos con la obra del escritor pontevedrés llevada al cine, bajo el título 'Apocalipsis Z. El principio del fin' y estrenada en Amazon Prime hace un año como la ubicación de los hechos, la valentía de su protagonista, la insistencia de su agresora de intentar morderle (cual muerta viviente), y hasta un gato como actor secundario: Lúculo, en el caso de la ficción, y Mushu en la vida real, la de Alba, felino que ahora la cuida, junto a otros dos, mientras se recupera de sus contusiones.

El ataque

Eran sobre las 05.50 horas de la mañana cuando la víctima salió de su casa de Vigo, en Teis, rumbo a su puesto de trabajo en el macrocomplejo de Vialia. Había cambiado su ruta habitual porque la pasarela hacia la vía verde está cortada por obras. En plena madrugada, con unos ocho grados de temperatura y cuando caminaba por la calle García Barbón, en dirección al ascensor Halo, afirma que una mujer en manga corta y con un cinturón en la mano se cruzó en su camino y comenzó a perseguirla.

Según relata a FARO, la desconocida decía huir «de un ente invisible que la quería atrapar y matar». A los pocos metros, la mujer la alcanzó, le agarró el brazo e intentó morderla. «Intenté sacudirme, tirar para que me soltara, pero solo conseguí que se agarrara con más violencia hasta abrirme la chaqueta y romperme la camisa», explica.

La mujer que le agredió le rasgó la camisa.

La mujer que le agredió le rasgó la camisa como se observa en la foto. / Cedida

Alba describe una escena angustiosa en una de las avenidas principales de la ciudad: «La mujer trataba de subirse por mi brazo, rodeaba mi pierna como una lapa, yo gritaba “¡Ayuda!”; “¡Yo voy a trabajar, no la conozco!”; “¡Socorro!” mientras arrastraba ese bulto encima de mí». Asegura que, a pocos metros, había entre ocho y diez personas esperando el autobús, viendo lo que ocurría. Después de unos 50 metros de arrastre, desde la rotonda de las palmeras hasta la altura de la subida al Halo, ambas acabaron en medio de la calzada, enganchadas.

«A lo lejos, la gente apartaba la mirada»

Lo que más le duele, cuenta, no es solo el episodio violento sino la reacción del entorno: «Busqué a alguien, un alma empática que solo se quedase a mi lado llamando a la Policía, haciéndome ver que no estaba sola, pero nada. A lo lejos, la gente apartaba la mirada». Incluso, sostiene, el autobús llegó, los pasajeros subieron y el conductor arrancó mientras ella seguía forcejeando en mitad de la calzada.

En medio de esa lucha, Alba consiguió llamar desde su móvil: «Solo quería que viniera la Policía. Hablé como pude, a gritos, balbuceando». Desde un edificio cercano alguien comenzó a gritar «¡Suéltala, que la sueltes ya!», pero nadie bajó a la calle hasta que llegaron los agentes. «Ver a la Policía fue como ver a la Virgen. Bajaron corriendo y me la quitaron de encima», recuerda.

Tramo de calle que Alba recorrió con la mujer que le atacó enganchada a su cuerpo.

Tramo de calle que Alba recorrió con la mujer que le atacó enganchada a su cuerpo. / Google Maps

Cuando llegó la ambulancia, trataron a la mujer que le atacó y «a mí me dejaron ahí tirada, en una esquina, bastante dolorida». Un agente reconoció a su agresora y le comentó que, probablemente había ingerido estupefacientes que le habían provocado esa reacción. Alba acudió a la mutua de su empresa, y allí le trataron por los múltiples traumatismos que sufrió. También presentaba marcas de uñas de agarre en su piel y varias contracturas musculares, según consta en el informe médico.

Horas después, ya en casa y «con una inyección, diazepam y varios analgésicos», esta vecina de Vigo de 39 años asegura que el dolor físico es solo una parte: «Me duele el cuerpo, sí, pero me duele dentro también. Me duele esa gente, me duele no entender qué se le puede pasar por la cabeza a esas personas, viendo una estampa más cerca de Amanecer de los muertos que de la realidad… para no ayudar».

Alba lleva tres años viviendo en Vigo, ciudad a la que se trasladó desde su Granada natal por trabajo.

Alba lleva tres años viviendo en Vigo, ciudad a la que se trasladó desde su Granada natal por trabajo. / Cedida

Su mensaje, insiste, no busca que nadie se convierta en héroe, sino apelar a un gesto mínimo: «No hay que intervenir si hay miedo, es normal, pero todos llevamos un teléfono encima para llamar cuanto antes y minimizar los riesgos». Entre tanta indiferencia, guarda un agradecimiento «a la señora que bajó en bata cuando yo estaba tirada en el suelo en shock y me trajo agua, gracias de corazón».

Alba también denuncia el peaje burocrático de lo ocurrido. Explica que, al informarse de cómo justificar su ausencia al trabajo, le indicaron que podía solicitar un informe policial al Concello de Vigo: «Pero, ¡oh, sorpresa!, vale 52,60 euros. El día solo podía mejorar, ¿no?», comenta con ironía. Aunque acudió a la Policía Nacional a interponer una denuncia, le recomendaron que lo hiciera en la Local, adonde acudirá este viernes, «porque no me queda más remedio, si quiero tener ese informe que me exige la mutua».

Llamada de atención a la sociedad

«Solo quería desahogarme e intentar que esto salga (publicamente), porque empezamos a tener un grave problema en esta sociedad», concluye. Su petición es clara: que quienes presencien una situación similar «no miren hacia otro lado» y al menos marquen el número de emergencias para que nadie se sienta tan sola como ella se sintió aquella madrugada.

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