Reunidos por el acordeón
Medio centenar de acordeonistas se reúnen en Vigo para conmemorar el concierto de 1993 que impulsó la recuperación del instrumento en Galicia. El acto, organizado por Manuel Olegario, junta a varias generaciones formadas en el Centro Cultural de Bembrive para festejar tres décadas de actividad musical.

Jose Lores
En 1993, en un pequeño local de la antigua entidad vecinal de Bembrive, tres músicos —Manuel Olegario, su padre Manuel Rodríguez Soto y la acordeonista, Elena Menchero— ofrecieron un concierto que marcó un antes y un después en la historia del acordeón, por lo menos en la ciudad. Entonces, el instrumento estaba prácticamente desaparecido en Galicia: «No había nada, estaba olvidado», recuerda Olegario. Por eso, aquel primer recital, con apenas cuarenta personas, sorprendió tanto. «Al día siguiente los vecinos nos paraban para decirnos que les había hecho recordar la música que se escuchaba antes», explica .
El éxito llevó al Centro Cultural de Bembrive a proponerle dar clases, y así comenzó una etapa de dos décadas en las que el acordeón pasó de la ausencia total a convertirse en una referencia local. Organizaba festivales, traía orquestas de fuera y «poco a poco fueron saliendo nuevos acordeonistas», recuerda. A día de hoy, alguno de ellos trabaja como profesor de acordeón. Su pasión le viene de familia: su abuelo ya tocaba el instrumento en 1917, una foto suya cuelga hoy en el propio centro cultural.
Evento
Treinta años después, el bar O Rancheiro, se ha convertido en el escenario idóneo para recordar ese momento. Una reunión de unos 50 acordeonistas e invitados, muchos de ellos alumnos del propio Olegario, un homenaje a esa memoria colectiva en el que se recuperará el vídeo de aquel concierto fundacional de 1993. En la « xuntanza» había músicos de distintas generaciones. Algunos jóvenes acudían, como él, empujados por una historia familiar: «Le di clases al abuelo de un chico que también toca ahora», comenta Olegario.
En el evento se pudo disfrutar de un recital de sus alumnos más jóvenes, herederos del grupo nacido en el centro cultural, un repaso a piezas que se tocaban hace tres décadas, un pequeño bloque de música tradicional y una sesión final de baile con acordeón electrónico.
Hoy el instrumento vive un buen momento. «Es raro ver un grupo folk sin acordeón», dice. Él mismo toca con el grupo Abóbriga, en Baiona: once músicos, tres gaitas y su acordeón. Pero insiste en que ser acordeonista «de verdad» es saber tocar de todo. Tangos, vals francés, cumbias, boleros, muiñeiras, bandas sonoras… lo que pida el público. «El acordeonista antes lo tocaba todo», afirma. La diversidad es también la que acerca al público joven. «Si les tocas Despacito o temas de reggaeton, se enganchan». Recuerda cómo en una churrasquería de Alcabre, donde tocaba los domingos, ciclistas y familias se paraban solo para grabarlo tocando música actual.
Su experiencia traspasa fronteras: en Francia tocó en un festival internacional, una de las actuaciones era en la calle, le sorprendió el silencio respetuoso del público y personas pidiéndole autógrafos. «Allí la música es cultura. Y se nota», reflexiona.
Para Olegario, ver reunidas a tantas generaciones frente al acordeón confirma que aquel pequeño concierto de 1993 dejó una huella profunda.
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