Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Fernando Franco, en Comala

Un cuento de realismo mágico con el portador del estandarte del Cristo de la Victoria como protagonista

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google
Francisco García

Francisco García

La abuela Amalia, en la cocina, removiendo el puchero con un ramo de laurel, se pregunta qué demonios hace Fernandín, el nieto de Vigo, paseando el estandarte del Cristo de la Victoria por las callejas de la ciudad olívica. “Si ese zagal vive en un sin dios y es un descreído…”, delibera la mujer, de regreso de marear un caldo que lleva siglos cocinándose en la misma pota. “¿Recuerdas que lo probaste en sueños cuando tenías fiebre?”, relata Amalia al nieto periodista, al tiempo que el tío Toribio, que huyó a hacer las Américas tras los pasos del tío Francisco, considera un hecho evidente que nadie más señalado para portar el estandarte que un muchacho “al que desde joven ha movido el viento como un pendón”. Un Cristo vencedor de los franceses merecía este año que la enseña principal la sujetara un guerrillero de la palabra, un tipo que eludió las trincheras para hacer batalla del periodismo cuerpo a cuerpo: Fernando Franco, el decano del Decano.

“Te has hecho de ciudad, pero sigues teniendo pies de barro”, inquirió el tío Magín, que se acercó al pariente vigués en vísperas de la procesión, en inesperado aquelarre, a lomos de una mula con alforjas cargadas de niebla y cachivaches de arriero. En la plaza, el reloj del campanario da las horas solo cuando canta el cuco, como si el tiempo estuviera también de vacaciones. Aquel pueblo cercano a Astorga estaba lleno de accidentes geográficos que no aparecían en los mapas: pozos que hablaban con voz hueca y gallinas que adivinaban las tormentas. El tío Magín hablaba poco, pero cuando lo hacía, parecía que temblaba el suelo. No era como el abuelo Gómez, cuyas palabras brotaban de la garganta con la quietud serena del cauce de un riachuelo en perfil de estiaje.

Desde el territorio abrupto donde dibuja curvas onduladas el río Nansa arribó a Vigo, a presenciar el paso de la procesión del Cristo agosteño, la abuela Nati, que tejía en su mecedora con la trascendencia de una diosa helénica hábil en enhebrar destinos. Matriarcal como todas las mujeres del norte, cuya entereza condujo a la mayoría de sus hijos con carrera a adelantar orgullosos el apellido de ellas al paterno, Nati regalaba refranes y consejas con la generosidad de quien ofrece rebanadas de una hogaza de pan caliente. “Fernando ¿podrás con esa carga? Mira que siempre fuiste un niño delgaducho. ¿Quieres que avise a Polín para que te haga el relevo?”, dijo la mujer, que se desvaneció de inmediato, como un eco que no hace ruido.

Fernando, rodeado de espectros familiares, acabó comprendiendo que los veranos no se repiten, se custodian. Que las tardes del estío, en el yermo suelo maragato o en la encrespada geografía cántabra, no almacenan recuerdos en el desván, sino encantamientos. Y mientras en el pueblo los vivos envejecen, los muertos rejuvenecen en la memoria de quien retorna a los escenarios de la infancia, del brazo de la remembranza.

P.D. Este relato imaginario no es más que la recreación ensoñada de un artículo de Fernando Franco publicado en Faro de Vigo bajo el título de “Aquellos veranos de vuelta al pueblo”.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents